domingo, 18 de noviembre de 2018

La consciencia del tiempo


Durante mucho tiempo fui de los que piensan que la poesía está en las cosas y que el poeta es quien la alumbra. Hoy prefiero pensar que la poesía está en el propio poeta y, justamente, son las mismas cosas las que se la provocan. Creo también que la poesía es como un órgano añadido al cuerpo del poeta, instalado en su vida secreta, a donde van a parar ideas y experiencias que, de forma espontánea, o al cabo del tiempo, dejarán de ser inefables.

Leer poesía es un pasadizo, un trayecto, un camino que hay que recorrer en solitario, sin mapa, ni lazarillo. Cada uno lo cruza con su secreto equipaje de sombras e inquietudes. En cada lectura, en ese diálogo con el poeta, nos convertimos en confidentes de su verdad más íntima, de su razón estética o revelación dada. Cada poeta lo hace a su manera, con su tono y cadencia particulares. Y el misterio de sus poemas, esto es, su biografía emocional, estará en lo que proponga, precisamente, su tono y su cadencia, más que en sus motivos.

La poesía de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954), catedrático de Literatura Románicas en la Universidad de Málaga, conduce al lector a una manera de interpretar su quehacer poético desde la biografía, la propia consciencia y la memoria, desde el diálogo de un hombre con su tiempo. Su obra es amplia y destaca entre sus libros La mirada infiel. Antología 1975-1985, publicada en 1987, Ventanas sobre el bosque, en el mismo año que la anterior, Casa invadida (1995), Inventario del desorden (2003) y Clandestinidad (2011). Es autor de estudios literarios y ensayos sobre la poesía de Rafael Alberti (1984) y sobre la de Joan Margarit (2005), y fue comisario de una estupenda exposición sobre Antonio Machado en 2009, un evento muy celebrado organizado por el Centro Andaluz de Las Letras.

El paso del tiempo, la memoria remota y reciente, cada vez más susceptible por su fragilidad, son claves de su nuevo libro. En Biología, historia (Visor, 2018) está más presente que nunca su mundo vivido y evocado, al que acude como reconocimiento del sujeto ético propio, aún comprometido con la historia, pero sumido en un presente melancólico e inconformista. Constituye su obra poética más densa y en ella reúne cincuenta y dos poemas en los que mantiene un tono íntimo y confesional por donde discurre la vida de un hombre escéptico y metido en años, ya alejado de los sueños de juventud y de muchas de sus esperanzas, pero comprometido con la palabra y el sentido poético de añadir dosis de humanidad al hecho de vivir.

El volumen está estructurado en ocho partes con una sucesión de poemas, mayormente narrativos, por donde transitan vivencias, desilusiones, hastío y dolor, pero también gratitud a gente admirada y querida. En la primera de ellas, Partituras, hay un paseo por la juventud, la música y la ciudad de Granada: “Leer una ciudad es seguir una vida,/ recorrer lentamente las imágenes/ que el tiempo fue dejando de nosotros”. En La memoria y los días, un compendio poético de diez piezas, encontramos recuerdos, presentimientos, estancias y objetos que rastrean su memoria y nostalgia: “para esquivar el tiempo, su celada invisible”. En Desilusión sobresale el ámbito de lo político con su lenguaje envenenado, la batalla de las banderas y el descrédito de alguna gente de orden. En Homenajes conmemora la efusión sentimental de Gil de Biedma, la soledad de Kafka, el exilio de Antonio Machado, la muerte en los versos de Miguel Hernández: “No había que tomarse en serio la vida. /Y a uno mismo, tampoco”. En Carnets recopila unos textos en prosa para detenerse en la memoria, el olvido, el resentimiento, la identidad y las casualidades. En Pantalla son los ecos del cine, la pintura o las inscripciones del tiempo en la ciudad francesa de Aix-En-Provence los que se hacen visibles. En Rehabilitación, lo más presente del poeta: la enfermedad, el dolor, el hastío y la celebración de seguir vivo, aferrado a la vida. Y por último, Biología, historia, título y colofón del libro, una hermosa y sentida semblanza sobre su amigo y maestro Juan Carlos Rodríguez, fallecido hace dos años, y máximo exponente del movimiento poético la Otra Sentimentalidad, una corriente defensora de la utilidad social de la creación literaria, de la que se erigió la llamada Poesía de la Experiencia.

Biologia, historia es un hondo canto al hecho de vivir desde la dignidad de un poeta urbano, sin imposturas, un libro lleno de vibraciones morales que contiene la respiración íntima de lo vivido, con ese postulado claro de que el poeta debe dar testimonio del tiempo que le ha tocado vivir, atento a la experiencia y a la ligereza de la realidad.


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