martes, 31 de marzo de 2026

Cartelera entrañable


Ya no se ama ni se vive como se amaba o se vivía cuando el cine era lo que el cine era. Había una forma de entrar en la sala, elegir el asiento o acompañante que quedaba ligada para siempre a la película que habíamos elegido ver. Había algo también en la elección de la peli que tenía que ver con elecciones vitales. Y pasaban cosas, pasaban muchas cosas en una sala de cine que nos hacían salir muchas veces siendo otras personas diferentes a las que habían entrado”.

De esta manera condensa la poeta, aforista, narradora, guionista de televisión y licenciada en Derecho Itziar Mínguez (Barakaldo, 1972), en una nota final, los poemas de su nuevo libro, subrayando que se trata de “una guía de cómo se vivía y se amaba cuando las pelis nos cambiaban la vida”. Próximamente (Los libros del Mississippi, 2026) es justamente una celebración, un homenaje al cine de barrio, recogido en cincuenta y cuatro poemas que vienen a condensar una existencia en versión original, partiendo de la memoria del mítico Cine Rontegui en Barakaldo, para construir una reflexión íntima sobre el paso del tiempo, los recuerdos y la transformación de la manera de amar y de vivir. Propone, también, un diálogo entre la educación sentimental de una generación y las ficciones que aprendimos a sentir y recrear en la oscuridad de un cine.

La poética de Itziar se prolonga en Próximamente, con un giro más elegíaco y melancólico, como muestran estos compases de su primer poema: Han derribado / los cines de nuestra infancia / con todo lo que fuimos dentro, pero sin dejar de mostrar su escritura clara, cercana y muy atenta a cómo lo cotidiano, ya sea un gesto compartido, una sala de barrio o una memoria generacional, es motivo suficiente para convertirse en experiencia emocional. En este poemario el tono apunta menos al chispazo irónico y más a la evocación lúcida de lo perdido, bajo una atmósfera de nostalgia activa, de melancolía iluminada por la memoria y sus márgenes. Así queda resaltado en estos versos del poema La edad de la inocencia: ahora me doy cuenta / sí / de todo lo que dejamos / en la oscuridad / de aquella sala.

La idea central del libro es que aquello que desaparece ante nuestros ojos y queda guardado en la memoria puede seguir iluminando nuestra manera de mirar y entender el mundo. Hay, a su vez, una exploración de cómo las ficciones moldean el deseo, las amistades, la familia y el sentido de la vida, un ritual luminoso de mirar e interpretar el mundo que el cine acrecienta: se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas / cuántos finales felices / supimos escribir. Todo el conjunto encaja con la voz poética de su autora, que no solemniza la nostalgia, sino que la entresaca y rememora desde la intimidad de lo vivido en común ante la pantalla. Frente a la ironía de otros libros suyos anteriores, aquí predomina una cadencia poética evocadora y una respiración más sostenida y emocional.

Próximamente reconstruye un espacio de penumbra afectiva: salas, asientos, espectadores, pantalla, sueños, silencios compartidos y la sensación vívida de que las ficciones moldean nuestra vida real. También aparece una idea muy propia de su autora, en el sentido de que las historias no son evasión, sino que responden, sobre todo, a forjar una educación sentimental: lo que vimos y vivimos en pantallas, cine, cintas de vídeos o televisión, que acabaron fijando nuestra manera de entender el mundo y sus entresijos: se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas / cuántos finales felices / supimos escribir.

En sus libros previos los lectores pudimos constatar que ya estaban presentes el tiempo, el azar, las vivencias y la ironía como motores de una poesía cotidiana depurada, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. Me estoy acordando de sus poemarios Que viene el lobo (2016) y QWERTY (2017), convertidos en ventanas que asoman al mundo para descifrarlo, enfocados en una dirección clara, breve, urbana y, a menudo, con toques humorísticos. En otro de ellos, Lo que pudo haber sido (2019), profundizaba la poeta en el balance vital, en lo que se descartó o no llegó a ser. La novedad de Próximamente no hay que verla bajo estos parámetros, ni en un cambio de poética, sino bajo su punto de mira.


Itziar Mínguez percute y examina de nuevo lo cotidiano y biográfico como sello propio, pero ahora lo hace con un pálpito más entrañable, a través de un medio cultural compartido: el cine de barrio, que actúa como cámara de la memoria colectiva. Dicho de otra forma, si antes la autora acudía a convertir su experiencia inmediata en poema, ahora convierte una experiencia común generacional en una cartelera poética que recoge todo lo que dejábamos en aquellas salas de cine: nuestros deseos, avatares, primeros escarceos amorosos y silencios. 

domingo, 29 de marzo de 2026

En compañía de John Berger


En ciertos escritores hallamos una sintonía particular: sus voces despiertan una emoción ética y sentimental que dan verdadera densidad a sus palabras. No buscan el reconocimiento académico, sino el gesto íntimo de quien escribe desde la soledad, tratando de preservar parte del tiempo que huye y de su entorno más inmediato. Son autores que entienden que la literatura, nutrida tanto de referencias cultas como de resonancias populares, se convierte en un espacio en el que aflora lo más secreto del escritor: aquello que piensa, siente o le decepciona, incluso cuando le resulta difícil expresarlo. No siempre el arte de escribir consigue traducir lo inefable, pero en ese intento radica su sentido más hondo y verdadero. Por eso, escribir implica un compromiso: el de ampliar la mirada del lector, de animar su curiosidad, de explorar los matices del mundo y seguir la huella de otros autores cuya obra perdura como enseñanza moral y estética.

A esa cadena de lecturas y relecturas, en la que la literatura reafirma su poder de comunión y de vínculo esencial con la vida, Javier Morales (Plasencia, 1968) nos convoca en Mientras quede una rosa (Cuatro lunas, 2026), un libro híbrido de no-ficción, centrado en la figura y la herencia ética y estética de John Berger (Londres, 1926 - París, 2017) a partir de sus vínculos y de sus estancias por España. Bien lo deja dicho Manuel Rivas en el prólogo del mismo: «La ventana que abre Mientras quede una rosa permite mirar a la vez hacia dentro y hacia fuera, ver el antes y el ahora... Textos sorprendentes y a la vez hospitalarios para quien lee, porque con Berger tenemos la sensación de acompañar en el descubrimiento, de que formamos parte de un camino de luciérnagas... Y Berger ejerció esa capacidad en lo oculto».

El propio Javier Morales indica en el subtítulo de su obra que se trata de Miradas de John Berger, que no es un ensayo sobre su obra, y mucho menos una biografía: “solo el relato de un viaje a lo largo de los años en compañía de un autor que ha sido fundamental en mi vida y en la de muchos lectores españoles”. Podemos afirmar que, con esta declaración, el punto de mira del libro es el impacto del pensamiento y la obra de Berger un siglo después de su nacimiento y cómo sigue vigente e influyendo en miles de lectores, así sucede con Javier Morales, que, a lo largo del libro, sigue su pista por España, brújula en mano, para reflexionar también por el presente marcado por la crisis climática y la hegemonía neoliberal de una economía poco propensa al cuidado del planeta.

Pero la esencia del texto se presenta similar a un viaje literario, cultural y paisajístico siguiendo la estela del pensamiento de John Berger, en el que se intercalan biografía, ensayo y cuaderno de viajes, sin olvidarse de la memoria personal compartida, en lo que viene a ser un ensayo narrativo, entresacando subrayados de la obra del británico, a quien siempre le importó mucho los silencios en la escritura. Lo destaca el libro con esta cita suya: «El silencio es absolutamente esencial: el arte de la narración depende de lo que se deja fuera de la misma. De otro modo no existiría una historia, porque simplemente el mundo se saturaría de palabras». El lector descubre no solo estos matices creativos sino, además, que lo importante para el autor londinense siempre eran las vidas de los otros, más que la suya, en el sentido literario. Por eso mismo, sostenía que, para ser un buen narrador, había que ponerse los zapatos del otro.

A lo largo del libro, Morales visita y conversa con personas que tuvieron relación artística, vital o afectiva con Berger, como el citado Manuel Rivas, Marisa Camino o Isabel Coixet, entre otros, para desentrañar los entresijos de su herencia literaria y cultural. Destaca la mirada del artista y nos traslada a la importancia de la vista poniendo de relieve cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar las cosas. Berger lo dejó bien contado en uno de sus libros más icónicos, Modos de ver (1972), en el que deja dicho que «lo que sabemos o lo que creemos afecta a cómo vemos las cosas», y, sobre todo, que «Nunca miramos solo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos».


El libro, cuyo título procede de una anécdota de Berger que corta una rosa de un jardín y se la ofrece a su amiga Marisa Camino, y que Morales sintetiza e interpreta a modo de emblema de una esperanza ante el pesimismo reinante en el mundo, pone su énfasis también en realzar la importancia imaginativa en una obra, incidiendo en que cuanto más profunda e imaginativa se muestre esta, mejor para compartir la experiencia que tuvo el artista de lo visible, como sostenía el propio Berger. También, la pintura de Goya y Velázquez está aquí muy presente, al igual que la figura de la traductora al castellano de la obra de John Berger, Pilar Vázquez, a quien va dedicado el libro, que se suma al conjunto de un texto que aborda igualmente la comprensión de la naturaleza, su sentido de pertenencia y esencia vital, siempre vista bajo una estética y ética compatible con el medio ambiente.

Para terminar, diría que Mientras quede una rosa es una autobiografía indirecta de Javier Morales, lector apasionado de la obra de Berger, y escritor de prosa reflexiva, punzante y emocional, acorde con el propio espíritu bergeriano, que promueve un compromiso activo con la naturaleza, los animales y esa otra manera de mirar y enfocar la vida con respeto a la biodiversidad. Un libro, en definitiva, convertido en un acto de justicia poética que seduce y entusiasma.

jueves, 12 de marzo de 2026

La consciencia del paso de los años


Las despedidas son un tema recurrente y central en la literatura, abordadas no solo como un final, sino como un punto de inflexión, de transformación, de amor, de dolor, de esperanza, o de cierre de trayectoria. Algunos autores lo han explorado como una mezcla melancólica de sabiduría. Y así, por ejemplo, en Romeo y Julieta, Shakespeare capta la paradoja de la despedida con esta luminosa frase: «La despedida es una pena tan dulce, que diré buenas noches hasta que sea mañana». La poeta Emily Dickinson se ciñó a resaltar que las despedidas conforman un sumatorio de la experiencia humana sobre la eternidad. El autor uruguayo Mario Benedetti enfoca la despedida a menudo como un acto necesario para el crecimiento emocional. De alguna manera, como apunta Clara Obligado, todos los seres estamos hechos de despedidas.

Julian Barnes (Leicester, 1946) aborda en su nuevo libro Despedidas (Anagrama, 2026) esta ceremonia del adiós a su trayectoria literaria tras cumplir ochenta años, y más de cuarenta como escritor, mediante una novela ensayo con aires de memorias, en la que el británico la presenta a sus lectores como su última obra. Celebra, por tanto, el final de un periplo creativo y vital, sintiendo, con elegancia y serenidad, que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Barnes acude a su memoria con soplo filosófico, partiendo de una historia de largo recorrido sentimental entre dos amigos suyos universitarios, Jean y Stephen, una pareja que vuelve a reencontrarse cuarenta años después, reanudando su relación hasta conformar un matrimonio tardío.

Barnes se sitúa en escena como personaje, narrador y como un depositario de las confidencias de Jean y Stephen, algo parecido a una caja de resonancia moral y emocional de ambos. Este reencuentro amistoso permite al lector asistir a un ir y venir entre escenas de la vida de la pareja, reflexiones del narrador sobre lo que recuerda o rectifica, y digresiones ensayísticas sobre la memoria como identidad, el paso del tiempo, las decepciones y su toma de conciencia, las verdades de la vida y, por supuesto, las despedidas. La novela trata, también, de la identidad construida por uno mismo y de cómo la mirada de los demás influye, sin olvidarse el autor de desplegar, a su vez, sus ideas y convicciones sobre el arte de la literatura: “Podemos y debemos confiar en los novelistas –subraya– cuando nos cuentan las hermosas mentiras de su ficción, pero tenemos permiso para ser cordialmente escépticos cuando nos hablan de sus métodos de trabajo... y desvelan «de dónde sacan sus ideas»”.

Despedidas revela verdades cristalinas de la vida, contadas desde la experiencia y la propia ficción, con todas sus ambigüedades, sus ambivalencias, sus paradojas imposibles de resolver. Parte, por tanto, de una situación autobiográfica. Barnes se mira en este trayecto final de su vida, diagnosticado de cáncer, y se pregunta cómo narrarse con honestidad cuando se es consciente de la proximidad definitiva de un final y se es consciente de que los recuerdos son frágiles y contradictorios. Igualmente, explora el deterioro físico, el duelo, las segundas oportunidades amorosas y cómo el pasado se reescribe cada vez que lo recordamos. Más que una línea argumental, el libro está estructurado en varios capítulos en los que abundan las disquisiciones sobre la memoria, el discurrir del tiempo, el cerebro y el propio acto de narrar.

Destaca su tono coloquial y elegante. No es un libro solemne, sino de una melancolía ligera y cercana en el que no falta el humor seco británico y una aceptación sobria del declive físico y la proximidad de la muerte. sin tener que acudir al resorte de ninguna épica, consciente de que “la cabeza y el corazón rigen mientras el cuerpo declina. Pero mejor así que al revés”, añade. Barnes repite en Despedidas muchas de las obsesiones de su anterior libro El sentido de un final (2012), casi un laboratorio sobre la memoria como construcción, pero llevándolo a un terreno más abiertamente crepuscular y autobiográfico, desde la meditación, preguntándose qué versión de uno mismo debería quedar como definitiva.


Diría, para finalizar, que pocas veces el lector se va a encontrar con un título más explícito como este. Barnes lo afronta con un tono de despedida cortés, insistiendo que este será su último libro, dirigiéndose directa y finalmente al lector con tintes afectuosos, como rúbrica entrañable de una vida de escritura: “espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años... no, no dejes de mirar y después me esfumaré. No, no dejes de mirar”, más próxima a una carta personal que a un desenlace propio de una novela de misterio. No es un libro triste, ni mucho menos, es un texto encomiable que destila la alegría de quien, por derecho propio, ha decidido el momento de decir adiós con una lucidez literaria admirable.