martes, 26 de mayo de 2026

Aislamiento y fatalidad


Escribimos lo que deciden las palabras, decía Carlos Pujol. Los que amamos la literatura, confiesa Pedro Ugarte, hacemos de las palabras nuestra casa. Por eso, añade, “cuando salimos de ellas y regresamos al increíble mundo de los seres humanos, nos sentimos forasteros… Hacemos como si todo tuviera sentido, pero solo es una excusa para refugiarnos cuanto antes en el reino de las palabras y relatar con ellas, otra vez, las alucinaciones que hemos visto al otro lado. Las palabras no son la realidad, pero lo intentan, siempre lo intentan”. Y, en verdad, son ellas para el lector las que determinan la validez de lo escrito, su trascendencia. En la literatura las buenas ideas, y por ende los buenos relatos, se reconocen enseguida. Los relatos tienen ese hálito trazado, ese cauce de palabras que sorprenden y nos despiertan de nuestro letargo.

Los lectores, al fin y al cabo, somos el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido. No importa el género literario que represente este. Eso sí, centrándonos en la lectura de relatos, nos predisponemos a obtener una buena dosis de emoción concentrada en pocas páginas. Incluso, nos obliga a releer o imaginar nuestra propia experiencia, ver un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Si algo sé de la escritura de Elvira Navarro (Huelva, 1978), de sus relatos, concretamente, es que nacen de la tensión entre lo que está dentro de su imaginario y lo que está fuera, en la realidad cotidiana. En los nueve relatos reunidos en La sangre está cayendo al patio (Random House, 2025), nos encontramos con esa continuidad afilada en la línea de extrañamiento que la autora trazó previamente en su anterior volumen de cuentos La isla de los conejos (2019), pero en esta ocasión bajo un escenario más precario y postpandémico.

Por aquí transitan seres que abordan un mundo de empleos precarios, pueblos aislados, urbanizaciones casi vacías o ciudades reducidas a bloques de cemento y muros agrietados. Todas sus historias conforman un entorno reconocible, cuyos contornos aparecen deformados con sutileza, convirtiendo lo cotidiano en algo raro, casi de pesadilla. Lo inquietante transcurre de manera casi imperceptible a través del aislamiento, de vínculos rotos, casi sin posibilidad de reparación. La sensación de abandono a los acontecimientos es la nota predominante de los personajes de estos cuentos. No son ellos quienes dirigen sus vidas, sino que son arrastrados por sus circunstancias económicas, laborales, afectivas o familiares, como nos puede ocurrir a todos, pero aquí con más estridencia y fatalidad.

El libro de Navarro compendia todas estas inquietudes. Diría que adopta un tono existencialista en su conjunto, con la idea de desnudar el misterio de unos cuentos escurridizos y ásperos, de historias sin salida que tienen mucho que ver con las experiencias cambiantes de la vida de sus personajes. Los amores idiotas es el relato más denso de todos. El resto son cuentos breves, cuyos temas centrales abordan la precariedad material, el desgaste afectivo, la periferia urbana, los agobios psicológicos o la imposibilidad de proteger a los seres más vulnerables. El primero de ellos, La lavadora, gira en torno a un suceso anómalo y extraño en casa de una pareja que queda estupefacta al comprobar que de la lavadora sale sangre a borbotones, cayendo al patio de vecinos. Algo tan descabellado origina un malestar en el vecindario, que pone en riesgo la estabilidad del hogar de la pareja afanada en buscar los motivos y la solución del suceso, quizá pensando que “lo más descabellado era, a menudo, lo único cierto”.

En el siguiente cuento, El proyecto, una pareja con su crío conviven en una casa en construcción. Luego, al cabo de un tiempo, todo estalla, y rompen perturbados sin mediar palabras, con sensaciones angustiosas de misterio. Uno de los relatos más humano, con un final descorazonador y terrible es El recogedor de animales, protagonizado por un trabajador del mantenimiento de carreteras convertido en rescatador de animales heridos o accidentados que va encontrando mientras trabaja. Destaca también La ciudad del miedo, un texto magistral que completa lo atisbado en El miedo a la ciudad. Dos cuentos conectados que rastrean las propias sombras e inseguridades de los habitantes de la ciudad. En todos ellos hay atmósferas cargadas de inquietud, de sombras que acechan o de ruidos, como el que sufre el protagonista de El vigilante, que le provocan unas alucinaciones acústicas, provenientes de una promoción de viviendas vacías.


Ciertamente, el libro al completo está atravesado por una atmósfera de un gótico evanescente, muy en la línea de la mejor Elvira Navarro, autora que no cultiva el terror ni recurre a lo sobrenatural, pero que se desplaza hacia el borde de la pesadilla, sin atravesarla del todo. En su escritura sí parece latir una secreta fascinación por la presencia de seres extraños y fantasmas que acechan, agazapados en los pliegues oscuros de la ciudad, así como en objetos y espacios abandonados.

Por todas estas razones, diría que su literatura se mezcla con la vida y con las grietas de la realidad, con el aislamiento y la fatalidad. Y me gusta ese tipo de literatura que me empapa, esa narrativa que me mantiene despierto y asombrado. Es todo lo que aquí encuentro en este estupendo libro de relatos, literatura que se mancha de la vida, que nos pellizca y que hurga en la conciencia del lector.

sábado, 9 de mayo de 2026

Una novela polifónica


Cuánto celebramos los lectores las voces múltiples en una buena novela de estructura coral. Nos gustan cómo enriquecen enormemente el desarrollo de la trama al ofrecernos perspectivas diversas que desembocan en una narrativa ágil y polifónica. Esta técnica narrativa permite que cada voz autónoma contribuya a un todo interconectado, reflejando no solo la pluralidad humana sino también los rumores, identidades y versiones enfrentadas a lo acaecido en el relato que acompañan a la historia que se cuenta. Añadamos, además, que estas voces revelan, generalmente, conflictos y suspicacias internas, relaciones y motivaciones únicas, lo que genera una trama más diversa y dinámica. Cada voz aporta su arco de transformación, intercalándose para mantener el equilibrio o lo contrario, confundirnos intencionadamente para que tomemos parte activa en la lectura de la novela.

Todo esto ocurre en Majareta (Seix Barral, 2026), la más reciente novela de Juan Manuel Gil (Almería, 1979), en la que las múltiples voces que se dan cita entrecruzan sus perspectivas, controversias y dimes y diretes sobre el personaje conocido como ‘El conserje’, y llevarnos en volandas por atajos contradictorios para saber lo que realmente ocurrió o dejó de ocurrir en su vida. Por eso mismo la lectura de este libro es tan divertida y emocionante, por su ritmo narrativo trepidante, pero también, y sobre todo, por la intervención de personajes tan variopintos que van conformando un mural continuado y descriptivo de las peripecias vitales y del quehacer de sus lugareños. Cada verdad expuesta por aquí parece estar apoyada en otras no dichas, sustentadas, matizadas o modificadas por otras posteriores, según su interlocutor.

Juan Manuel Gil confirma en esta obra su singularidad como narrador dejando paso a los vaivenes sin filtros de sus personajes, con humor manifiesto, humanidad, curiosidad y detallismo, mediante una prosa diáfana y aguda que hacen de su lectura una amena experiencia, sin menoscabo de deambular sobre una oscura realidad: la caída en desgracia del conserje, debido a un delito no del todo claro. Entre todos, bajo el caleidoscopio de miradas y voces que pueblan la novela, destaca la voz de ‘El amigo necesario del autor’ que trata de poner cordura a lo acaecido con Leo Aldama, el conserje, y lo que dicen de él sus paisanos: “Yo creo que la historia de ese hombre habla más de la gente del barrio que de él mismo. Y añade: “Me da la sensación de que para que todos entendamos lo ocurrido es necesario que cada uno cuente su parte. [...] Cada uno su cristal, y entre todos, una vidriera”.

Y como suele suceder con los enigmas bien narrados, casi toda la luz queda prescrita para el final. Así lo viene a decir el personaje amigo del autor que entiende que la literatura para el escritor esté concebida “para rellenar vacíos, para conectar lo disperso, para invocar lo olvidado”. El relato, por tanto, se erige en una suma de voces, prejuicios, testimonios y chismes que van de un lado a otro, deformando y, a la vez, alumbrando aspectos del personaje principal: el Majareta, o sea el conserje. En el fondo de toda la novela lo que importa no es solo lo que pasó, sino cómo se fabrica la reputación colectiva sobre alguien. Aquí en Majareta, el protagonista queda en el centro de la historia, sin controlar lo que se va dilucidando en el ambiente sobre su propia persona. Son los demás quienes hablan por él, cada uno a su aire.


La verdad de los vecinos, desde el conductor del autobús, el farmacéutico, el periodista, la amiga de la madre de Leo Almada o el inmigrante chino, dejan sus versiones escurridizas, como si estas se trasladaran al lector para que este tome partido, o no, y arme su propia versión de los hechos. No faltan escenas vívidas repletas de humor, como el diálogo protagonizado entre el cura y la limpiadora que se hace llamar la sacristana. En fin, cada uno, a su manera, relata o describe los infundios y desmentidos de la compleja personalidad del conserje, una figura que siempre tuvo un comportamiento raro, cuyas consecuencias se van deslizando en la novela, capítulo tras capítulo, por diferentes cauces, suposiciones y motivos.

Majareta es la sexta novela de Juan Manuel Gil, y a mi parecer la mejor de su repertorio narrativo, con una estructura jugosamente viva. Destaca su humor, su oralidad y su estructura, tal vez esto último sea lo que hace al libro tan chispeante, vertiginoso y audaz. Diría, para acabar, que esta novela refrenda esa idea genuina con la que nos sentimos identificados muchos lectores: los libros son personas, o no son nada. Y eso aquí se halla reflejado con nitidez y mucho oficio.


 

lunes, 4 de mayo de 2026

La vida y sus misterios


En la narrativa de Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), la vida y sus misterios suelen aparecer como una adhesión sólida y movediza, como una fuerza ambivalente: liga a los personajes con la familia, la memoria y los relatos heredados, pero también los expone al valor de esas lealtades. Sus ficciones se mueven en un universo coherente donde la mirada se posa en lo cotidiano, en las relaciones interpersonales y en la vida interior, con una presencia muy fuerte de historias familiares y personales, de amistades y reencuentros con sus vaivenes sentimentales. En el pulso narrativo de sus historias pesa mucho la memoria: lo que se recuerda, lo que se oye en casa, lo que se respira en el ambiente familiar, con la idea de recuperar y entender lo cotidiano de la existencia, el ritmo de la vida presente y los secretos que la sostienen.

En el camping (Anagrama, 2026), su nuevo libro de relatos, están muy anclados todos esos elementos suyos que le permiten concentrar vínculos, objetos y escenas cargadas de memoria. La trama coral de esta colección de cuentos es una vuelta a la amistad, a los reencuentros imposibles y, también, al amor clandestino. Puértolas descorre diez relatos de su imaginario alrededor de historias familiares encadenadas, del paso del tiempo y de los lazos afectivos que actúan como núcleo del pasado y sostén de pertenencia. En el contexto de su estructura muestra, a su vez, que el escenario no es solo geográfico o de ambientación social, sino que son historias marcadamente narrativas, es decir, un relato llama a otro, y la identidad se sostiene en esa cadena de evocaciones de observar y contar la vida.

Son relatos que funcionan como pequeñas excavaciones afectivas que reconstruyen fragmentos de experiencia, voces y climas familiares. Pero, en Puértolas el arraigo nunca es del todo reconciliador. En Amistad, un hermoso y conmovedor relato, el primero del libro, asistimos a la constatación de cómo el paso del tiempo, tras una fatídica pandemia, trunca la amistad inquebrantable de dos mujeres que nunca pensaron que se quebraría por nada del mundo. En otros, como Un día de playa o en el último de ellos que pone título al libro, en ambos, los acontecimientos narrados aparecen como una forma de dependencia respecto a la familia, las convenciones o el lugar asignado a las mujeres y de ahí surge una tensión entre pertenencia y liberación.

Incluso cuando las historias familiares son recuperadas con afecto, como ocurre en Secretos, otro relato maravilloso que podría resumirse en esta frase proverbial del mismo: “La vida no es un juego, pero si no juegas no vives”. Hay en otras historias, como en Teléfonos o Un pariente lejano, una presencia tangible de culpa, distancia e incomodidad, como si el pasado ofreciera refugio y a la vez encierro. Esa ambivalencia es central en muchos de sus relatos: sus personajes buscan alguna forma de anclaje, pero ese anclaje suele ser frágil, parcial y atravesado por la disonancia de caracteres de sus personajes. Muy interesante y revelador resulta el relato Escritores que hablan de sus vidas, en el que el narrador postula “¿Cómo se las arreglan para resultar interesantes los escritores que hablan de sus vidas?”

Esto, y una ráfaga de impulso lírico que trasciende en su escritura, nos da pie a entender que en la narrativa de Puértolas predomina la intencionalidad de una construcción poética del vínculo: personas, objetos, recuerdos y relatos sostienen la identidad precaria de sus personajes, siempre en riesgo de dispersión. La autora misma insiste en que escribe desde su relación cambiante con el mundo, no desde temas cerrados, lo que refuerza esa idea suya de una literatura atenta a los lazos móviles entre sujeto, memoria y destino. En ese sentido, sus relatos están arraigados a tal fin, volviendo una y otra vez a lo familiar, pero también mostrando que toda pertenencia es, en sí misma, una forma de interrogación.


Este libro de Puértolas es una buena oportunidad para adentrarse en su terreno literario del cuento, un género tan exigente y mágico, que tan bien domina, capaz de recoger el espíritu oscilante del tiempo y de los sentimientos que conlleva el vivir con la impresión de que todo tiene un punto final. Muchas de las historias reunidas en este conjunto de cuentos evidencian las inquietudes de sus personajes, sobre todo, mujeres que destapan sus incertidumbres y las consecuencias valientes de seguir vivas.

En el camping confirma que el género que mejor ha dominado la escritora aragonesa a lo largo de su prolífica carrera literaria es el cuento, como fogonazo moral y linterna emocional de su escritura. Este es un libro admirable de historias que viven en lo sencillo, de madurez y sutileza narrativa certera. Su lectura es un placer de resonancia duradera, que es lo que distingue a la mejor literatura.