Los buenos aforismos resisten al paso del tiempo, perduran y se hacen valer, pero sin son muy buenos –como subraya Eder– ya son de todo el mundo. Son muchos de su autoría los que reúnen estas características, irresistibles por su astucia y gracia, más preocupados en aludir que en explicar, y eso agranda su alcance. Si hay algo especialmente genuino en sus aforismos es esa melodía humana y cáustica que los atraviesa. En los casi mil aforismos recogidos en Nuevas ironías (Renaciemiento, 2026), encontramos un formidable vivero de su creación. Ricardo Álamo nos presenta en este jugoso volumen una amplia antología de los últimos siete libros publicados por el escritor navarro, destacando de este en el prólogo que, «como buen aforista que es tiene la facultad de hacer de lo inmediato materia cósmica sin enmascararla de falsa humildad».
A lo largo de su compendio descubrimos la constante ironía que pone Eder en lo particular, así como matices y particularidades acerca de la esencia del aforismo: “No todas las frases buenas son aforismos, el aforismo tiene que tener algo autónomo y desconcertante”. Para él, la condensación que exige el género supone su esencia formal, que tiene, incluso, las mejores consecuencias: “Leer aforismos enseña a leer entre líneas”. Y desde luego, siempre está dispuesto a hacerle un guiño y divertir al lector, como ocurre con estas dos frases felices: “Hay aforismos que no dicen una verdad pero que son muy buenos porque desenmascaran una mentira”; “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”.
En ese sentir y empeño, hay un propósito en sus lances aforísticos que no es otro que hacer participar al lector en el espíritu de sus piezas, teniéndolo siempre muy en cuenta. Su credo literario aspira a eso, y, para tal menester, a esa forma de entenderse con las palabras más sencillas, sin artificio retórico, sin adornos lingüísticos que valgan. Le importa fijar su atención en lo contemplado con cierta chispa y descreimiento. Ese es su estilo, apartado de cualquier solemnidad, del que se vale con gracia y naturalidad para incitarnos al entendimiento, como se cierne en estos tres aforismos llenos de sagacidad y simpatía: “A los pestillos de las puertas les debemos muchos ratos de felicidad”; “A veces nos enfadamos tanto que nos quedamos sin palabrotas”; “Todos los días son el día menos pensado”.
En cada libro suyo publicado empeña su palabra en ese menester de escribir sin pedantería y hacernos pensar o poner en entredicho algo, y, de camino, proveernos de una mueca risueña. Y así, por ejemplo, dice con cierta retranca, en el brevísimo prólogo de Aforismos y serendipias (2021), uno de los libros que compone esta antología: “... el aforismo más valorado hoy en día por el lector libre y experimentado es el que consiste en una breve frase inteligente que le haga prensar provocándole la sonrisa”. El término serendipia, bien traído al título, viene a poner énfasis al matiz etimológico de la propia palabra, igual que a imprimir carácter al sentido práctico y genuino del aforismo en cuanto resulta ser un hallazgo afortunado, como ocurre con este guiño granuja: “Las farmacias son los bares de los enfermos”.
Eder se mueve entre lo convincente y lo extraordinario para hablarnos, precisamente, del mundo, con aforismos como abrelatas del pensamiento ampliable a nuestras vidas, a nuestro presente conciso y llano: “De lo que no se puede callar hay que hablar”; “Nadie nos hace llorar más que los seres queridos”; “No hay peor crimen que morirse sin haber vivido”; “Los mejores libros son los que nos dibujan mientras leemos una sonrisa en el rostro”. Y muchos más, porque lo que le gusta de verdad es provocar la sonrisa y el desconcierto en el lector que sabe leer entre líneas, al que, además, le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que en esa verdad se oculta, importándole más la discreción que la elocuencia, la sencillez que el artificio, como denotan estos otros dos aforismos escogidos a vuela pluma: “El mes más cruel es el último”; “Lo que se dice en la cama se queda en la cama”.

