Los lectores, al fin y al cabo, somos el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido. No importa el género literario que represente este. Eso sí, centrándonos en la lectura de relatos, nos predisponemos a obtener una buena dosis de emoción concentrada en pocas páginas. Incluso, nos obliga a releer o imaginar nuestra propia experiencia, ver un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Si algo sé de la escritura de Elvira Navarro (Huelva, 1978), de sus relatos, concretamente, es que nacen de la tensión entre lo que está dentro de su imaginario y lo que está fuera, en la realidad cotidiana. En los nueve relatos reunidos en La sangre está cayendo al patio (Random House, 2025), nos encontramos con esa continuidad afilada en la línea de extrañamiento que la autora trazó previamente en su anterior volumen de cuentos La isla de los conejos (2019), pero en esta ocasión bajo un escenario más precario y postpandémico.
Por aquí transitan seres que abordan un mundo de empleos precarios, pueblos aislados, urbanizaciones casi vacías o ciudades reducidas a bloques de cemento y muros agrietados. Todas sus historias conforman un entorno reconocible, cuyos contornos aparecen deformados con sutileza, convirtiendo lo cotidiano en algo raro, casi de pesadilla. Lo inquietante transcurre de manera casi imperceptible a través del aislamiento, de vínculos rotos, casi sin posibilidad de reparación. La sensación de abandono a los acontecimientos es la nota predominante de los personajes de estos cuentos. No son ellos quienes dirigen sus vidas, sino que son arrastrados por sus circunstancias económicas, laborales, afectivas o familiares, como nos puede ocurrir a todos, pero aquí con más estridencia y fatalidad.
El libro de Navarro compendia todas estas inquietudes. Diría que adopta un tono existencialista en su conjunto, con la idea de desnudar el misterio de unos cuentos escurridizos y ásperos, de historias sin salida que tienen mucho que ver con las experiencias cambiantes de la vida de sus personajes. Los amores idiotas es el relato más denso de todos. El resto son cuentos breves, cuyos temas centrales abordan la precariedad material, el desgaste afectivo, la periferia urbana, los agobios psicológicos o la imposibilidad de proteger a los seres más vulnerables. El primero de ellos, La lavadora, gira en torno a un suceso anómalo y extraño en casa de una pareja que queda estupefacta al comprobar que de la lavadora sale sangre a borbotones, cayendo al patio de vecinos. Algo tan descabellado origina un malestar en el vecindario, que pone en riesgo la estabilidad del hogar de la pareja afanada en buscar los motivos y la solución del suceso, quizá pensando que “lo más descabellado era, a menudo, lo único cierto”.
En el siguiente cuento, El proyecto, una pareja con su crío conviven en una casa en construcción. Luego, al cabo de un tiempo, todo estalla, y rompen perturbados sin mediar palabras, con sensaciones angustiosas de misterio. Uno de los relatos más humano, con un final descorazonador y terrible es El recogedor de animales, protagonizado por un trabajador del mantenimiento de carreteras convertido en rescatador de animales heridos o accidentados que va encontrando mientras trabaja. Destaca también La ciudad del miedo, un texto magistral que completa lo atisbado en El miedo a la ciudad. Dos cuentos conectados que rastrean las propias sombras e inseguridades de los habitantes de la ciudad. En todos ellos hay atmósferas cargadas de inquietud, de sombras que acechan o de ruidos, como el que sufre el protagonista de El vigilante, que le provocan unas alucinaciones acústicas, provenientes de una promoción de viviendas vacías.
Por todas estas razones, diría que su literatura se mezcla con la vida y con las grietas de la realidad, con el aislamiento y la fatalidad. Y me gusta ese tipo de literatura que me empapa, esa narrativa que me mantiene despierto y asombrado. Es todo lo que aquí encuentro en este estupendo libro de relatos, literatura que se mancha de la vida, que nos pellizca y que hurga en la conciencia del lector.


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