De esta manera condensa la poeta, aforista, narradora, guionista de televisión y licenciada en Derecho Itziar Mínguez (Baracaldo, 1972), en una nota final, los poemas de su nuevo libro, subrayando que se tratan de “una guía de cómo se vivía y se amaba cuando las pelis nos cambiaban la vida”. Próximamente (Los libros del Mississippi, 2026) es justamente una celebración, un homenaje al cine de barrio, recogido en cincuenta y cuatro poemas que vienen a condensar una existencia en versión original, partiendo de la memoria del mítico Cine Rontegui en Barakaldo, para construir una reflexión íntima sobre el paso del tiempo, los recuerdos y la transformación de la manera de amar y de vivir. Propone, también, un diálogo entre la educación sentimental de una generación y las ficciones que aprendimos a sentir y recrear en la oscuridad de un cine.
Próximamente prolonga la poética de Itziar, con un giro más elegíaco y melancólico, como muestran estos compases de su primer poema: Han derribado / los cines de nuestra infancia / con todo lo que fuimos dentro, pero sin dejar de mostrar su escritura clara, cercana y muy atenta a cómo lo cotidiano, ya sea un gesto compartido, una sala de barrio o una memoria generacional, es motivo suficiente para convertirse en experiencia emocional. En este poemario el tono apunta menos al chispazo irónico y más a la evocación lúcida de lo perdido, bajo una atmósfera de nostalgia activa, de melancolía iluminada por la memoria y sus márgenes. Así queda resaltado en estos versos del poema La edad de la inocencia: ahora me doy cuenta / sí / de todo lo que dejamos / en la oscuridad / de aquella sala.
La idea central del libro es que aquello que desaparece ante nuestros ojos y queda guardado en la memoria puede seguir iluminando nuestra manera de mirar y entender el mundo. Hay, a su vez, una exploración de cómo las ficciones moldean el deseo, las amistades, la familia y el sentido de la vida, un ritual luminoso de mirar e interpretar el mundo que el cine acrecienta: se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas / cuántos finales felices / supimos escribir. Todo el conjunto encaja con la voz poética de su autora, que no solemniza la nostalgia, sino que la entresaca y rememora desde la intimidad de lo vivido en común en la pantalla. Frente a la ironía de otros libros suyos anteriores, aquí predomina una cadencia poética evocadora y una respiración más sostenida y emocional.
Próximamente reconstruye un espacio de penumbra afectiva: salas, asientos, espectadores, pantalla, sueños, silencios compartidos y la sensación vívida de que las ficciones moldean nuestra vida real. También aparece una idea muy propia de su autora, en el sentido de que las historias no son evasión, sino que responden, sobre todo, a forjar una educación sentimental: lo que vimos y vivimos en pantallas, cine, cintas de vídeos o televisión, que acabaron fijando nuestra manera de entender el mundo y sus entresijos: se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas / cuántos finales felices / supimos escribir.
En sus libros previos los lectores pudimos constatar que ya estaban presentes el tiempo, el azar, las vivencias y la ironía como motores de una poesía cotidiana depurada, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. Me estoy acordando de sus poemarios Que viene el lobo (2016) y QWERTY (2017), convertidos en ventanas que asoman al mundo para descifrarlo, enfocados en una dirección clara, breve, urbana y, a menudo, con toques humorísticos. En otro de ellos, Lo que pudo haber sido (2019), profundizaba la poeta en el balance vital, en lo que se descartó o no llegó a ser. La novedad de Próximamente no hay que verla bajo estos parámetros, ni en un cambio de poética, sino bajo su punto de mira.

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