La poética narrativa de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) encarna de forma admirable todo este sentido de contar historias. Para el autor de Juegos de la edad tardía (1989), de Lluvia fina (2019) o El huerto de Emerson (2021), entre otras obras suyas destacables, contar no es solo construir una trama, sino recrear el acto mismo de vivir a través de la palabra. En Landero, narrar significa precisamente dar forma a la experiencia humana, insuflarle sentido y belleza. Su obra publicada confirma esa convicción de que la narración auténtica persuade no tanto por su lógica como por su capacidad de hechizar al lector, de transportarlo del terreno del juicio racional al del sentir. Sus personajes suelen estar fascinados por las palabras, por las historias que se inventan o escuchan; y, en ese juego, el propio lector queda atrapado en la magia del relato.
En su nuevo libro, Coloquio de invierno (Tusquets, 2026), queda asentado, más si cabe, esa visión de Landero sobre el narrador, como encantador y mediador entre la vida y la ficción, entre la memoria y el deseo de conocer y conservar lo humano a través del poder transformador de la palabra. Con esta novela regresa a su territorio propio: la conversación como modus vivendi. Regresa, igualmente, a la oralidad narrativa como fuente del imaginario literario, en la que está muy presente la memoria, la ficción y ese humor melancólico tan característico de su escritura. La novela se sitúa durante la borrasca Filomena, en 2021, cuando siete desconocidos quedan atrapados en un hotel rural de montaña, incomunicados y sin cobertura, junto a los dueños del establecimiento.
Allí, durante varias noches, con víveres y sin el amparo de ninguna distracción tecnológica, deciden pasar el tiempo contándose historias y compartiendo episodios íntimos y cercanos que nunca antes habían confesado. Esto convierte al hotel en un laboratorio narrativo improvisado por las circunstancias, de manera que la convivencia forzada se transforma en un coloquio donde cada vida expuesta se vuelve materia de relato, de reflexión y de debate. Para tal fin, Landero reúne a personajes diversos en sus procedencias y oficios, pero todos pintan canas. Por aquí transitan un empleado de ferrocarriles jubilado, un profesor, un médico, un periodista con vocación de escritor, un comandante de Caballería, y dos amigas: una librera y la otra, profesora de Filosofía. Esta galería variopinta le permite desplegar un abanico de tonos y registros amplios. La ironía, la confesión casi trágica y la impronta de cada interlocutor conforma un cartel asombroso de vivencias.
En Coloquio de invierno, cada narrador aporta su memorial de oportunidades fallidas, decisiones truncadas, afectos compartidos y mal de amores. Todos, a su manera, intentan alzarse por encima de sí mismos tirando de fantasía. Narradores y oyentes, interactúan, interrumpen y comentan lo que va aconteciendo en cada relato. La idea del coloquio la propone el médico Santos León, que es quien abre la sesión con la historia del triste don Claudio, Valeria y el charlatán Monroy, hasta llegar el turno de Adela y Nuria, las dos amigas que cuentan al alimón lo ocurrido a don Leandro en el verano en que el hombre pisó la Luna. Las historias de todos ellos albergan sentimientos universales reconocibles, como el miedo al compromiso del amor o los celos. Desde luego, la historia del celoso es memorable y una de las más destacadas.
Landero nos entrega otra delicia narrativa de su imaginario, una novela de aparente sencillez, en la que se forja la grandeza de la palabra y de la conversación como forma de conocimiento y exposición de la literatura de siempre. Su pericia, una vez más, y el gusto de contar historias, llenas de matices, cadencias y de humor sutil, tan reconocibles en su obra, dan cuenta de esa manera suya de narrar que muy pocos alcanzan a hacerlo con la sabia maestría que le es propia.


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