martes, 28 de julio de 2015

Todos enfermamos

Sin duda, la enfermedad es una catástrofe y un infortunio, peor aún, si no tienes a tu alcance unas manos compasivas en las que acogerte. Sobrevivir o no a un cáncer depende de multitud de factores, incluso responde a un algoritmo complejo en el que la acción humana resulta ser solo una variable más entre otras muchas. El cáncer coloca al enfermo en un territorio frágil y desconocido, sin mapa ni brújula que, según testimonio de algunos de ellos, les abre las puertas a la insensatez y a la necedad de sentirse injustamente excepcionales: ¿por qué yo?

De esto y de mucho más trata Mi cuerpo también, de la catalana Raquel Taranilla (Barcelona, 1981), licenciada en Derecho y doctora en Filología Hispánica, un libro en el que, de entrada, conviene destacar la extrema concisión de su prosa, tan valiente y penetrante, con la que sugiere al lector el valor extraordinario de la literatura, sobre todo, cuando esta se funde con el testimonio verdadero del escritor que no precisa acudir a los artificios sentimentales para conmovernos. Lo que se dice en ese relato y lo que queda latente, se conjuga, de tal manera, que los miedos, las incertidumbres y las dudas existenciales narradas en esta historia personal, nada le resta a la lucha emprendida por su protagonista, desde la conciencia y la serenidad de sentirse vulnerable ante un maleficio inesperado y amargo al que deberá combatir con dignidad. En ese sentido, el silencio del paciente se libera para hacer valer su voz en medio de todo ese protocolo médico puesto en marcha, y al que se somete al enfermo, de manera implacable, sine die. De ahí que el sentido profundo del título escogido transite, además del lado del tratamiento médico establecido en la clínica, por un derrotero poco común como es reivindicar que ese cuerpo protocolizado también le pertenece al enfermo y que su voz, por tanto, es tan legítima, como la de los expertos sanitarios. Una voz enferma, pero lúcida, que anhela ser curada, sin épica, y que quiere participar en la gestión de su enfermedad y de su liberación.

Mi cuerpo también (Los libros del lince, 2105) no es un texto de autoayuda, ni un relato de superación sobre el cáncer, sino una propuesta, lejos de toda moraleja al uso, que se propone ser un trabajo veraz y riguroso, equiparable al del historial clínico, una especie de manifiesto político, en el sentido más amplio del término, donde se cuenta un recorrido vital que deambula por el espinoso camino del diagnóstico de la enfermedad, su terapia y los mitos que envuelven la maldición de esta palabra áspera y negra que es el cáncer. “Es evidente –subraya la autora en una extensa conversación con Fernando Clemont en la revista Quimera– que mi texto bebe de otros textos sobre el cáncer, como el de Susan Sontag (La enfermedad y sus metáforas) y el de Audre Lorde (Los diarios del cáncer), entre algunos otros...”

Desde la experiencia del dolor, Raquel Taranilla conforma este relato de su historia personal, evocando a poetas, filósofos y escritores, empujada a desmitificar la enfermedad y, especialmente, el culto exacerbado al cuerpo, acentuando que la salud es solo una pura presunción. Nadie está protegido contra cualquier accidente genético y, mucho menos, puede sentirse extraño ante una inesperada enfermedad. Lo mismo que surgen los conflictos, la violencia social o las dudas existenciales, todos enfermamos de un modo imprevisto. Nadie se libra de ello y, por eso, conviene dejar claro que “lo que le pasa a uno –insiste la joven escritora– no es excepcional”, sino un episodio más de esa fragilidad que supone vivir rodeados de peligros invisibles que nos acechan cada día.

Nada coarta la voluntad de Taranilla, ni siquiera haber sorteado una grave enfermedad, para que se implique hasta la extenuación, escribiendo un relato tan potente y crudo como este, al que también podríamos calificarlo de crónica adversa, testimonio íntimo o ensayo riguroso; en definitiva, una reflexión crítica y profunda sobre la enfermedad desde diferentes ámbitos: los profesionales sanitarios, los medicamentos, la ciencia, la sociedad, la enfermedad y, por supuesto, el enfermo.

Resumiendo, Mi cuerpo también es un texto singular que posee las claves necesarias para entender el discurso actual y verdadero sobre el cáncer, un libro inteligente y nada piadoso que, además, está muy bien escrito.