domingo, 12 de julio de 2015

Un hombre improbable

Todos los escritores llevan por bandera la misión de ensanchar el mundo que van creando. La mitad de ellos opta por mantenerse fiel al principio de hacerlo crecer hacia dentro, explorando la conexión entre las relaciones humanas y la memoria, ampliándolas al ámbito de las pasiones, los hechos y la sensibilidad del espíritu de una época. La otra mitad, en cambio, tiende a expandirse hacia afuera, aumentando el número de circunstancias que lo habitan o produciendo, incluso, nuevos mundos de la nada. En suma, dos maneras literarias de escribir para llegar al final de su proyecto y ponerlo en las manos del lector.

El escritor y crítico literario Francisco Solano (La Aguilera, Burgos, 1952) es consciente de esa paradoja y nos entrega una extraordinaria narración desde la exploración de la memoria, que arranca con la muerte del padre del narrador, y que transita por el recuerdo vibrante del camino recorrido a lo largo de su existencia.

El autor de Lo que escucha la lluvia (Periférica, 2015) se aparta de la sensiblería pacata que deparan tantos otros testimonios que hablan de recuerdos familiares vagos y de ausencias queridas. Es consciente de que su discurso narrativo no debe pisar esa senda tan consabida, sino que la voz que surge desde ese silencio interior tiene que ir cargada de una exigencia más elevada para con el lector, a base de palabras, y en especial por el influjo de la palabra “improbable”, un término ambiguo y dislocado que se repite y va a ser determinante en el devenir de la novela. Solano asume el compromiso de otros libros suyos con la naturaleza de su literatura que consiste en perfilar y desentrañar con palabras lo que muchas veces aquellas no explican, pero que insinúan. Desde el inicio de la novela, la voz narrativa agarra al lector para interpelarle como escuchante del monólogo interior y convocarle al lugar abandonado de su pasado en el que se intuyen historias veladas y hasta inconclusas.

A pesar del dramatismo del relato, el escritor rehúye del tono elegíaco y, sobre todo, del sentimentalismo al que pudiera abocar una historia personal y fragmentaria que ronda sobre la muerte de un ser querido, el extravío de la memoria y el recelo existencial. Lo que escucha la lluvia es un itinerario narrativo estructurado en seis capítulos en los que el narrador deambula por sus orígenes para dejarnos ver, a pesar de que intencionadamente nos lo arrope desde la ambigüedad, su pasado oculto. La identidad del ser se rige por el nombre, y el protagonista de esta novela revela que vio su nombre de niño en el grito desgarrador de su madre anunciándole el infortunio de la muerte del padre. Ese niño es el hilo conductor del desarrrollo narrativo que, en definitiva, va destapando una identidad irreconocible, hasta concluir en un personaje aceptable para el lector, aunque extrañamente improbable para sí mismo, a causa de su resistencia a no aceptarse.

Lo que escucha la lluvia es un libro de prosa reposada y potente, una novela que se fundamenta en los desdoblamientos inciertos que propician el vivir y la memoria. Digamos que Francisco Solano se sirve de la estrategia de confrontar la memoria, no para aliviar la desesperación del narrador, sino para avivarla por medio de un puntillismo intencionado de idas y venidas al pasado.

Leer novela, ensayo o poesía, no parece una tarea que brota de una decisión espontánea del lector, sino algo que hay que considerar en el contexto de su formación intelectual. No lo digo yo, lo dicen otros, pero lo suscribo. En cualquier caso, los libros te llevan y empujan imperiosamente a otros libros inesperados y no menos sorprendentes, como me ocurrió a mí al tropezarme con esta novela de aromas autobiográficos sobre un hombre calificado de ser improbable, al que le sirve de muy poco ocultarse tras la máscara del paso del tiempo.