domingo, 5 de julio de 2015

Obsesiones rezagadas

Diría que el cuento es el género literario que siempre me ha cautivado, en cualquier época de mi vida. Desde niño me sedujeron los cuentos de los hermanos Grimm. Ellos me abrieron el mundo alucinante del relato breve y ya no dejé de leer sus cuentos completos. Más tarde aparecieron los grandes del género: Poe, Flaubert, Maupassant, Chejov, Kakfa, Hemingway, Cortazar, Borges... Con ellos descubrí nuevas probabilidades y goces en el cuento; la lógica del absurdo, la habilidad técnica, el arte de lo no dicho, el asombro, la eficacia del diálogo, la paradoja y la fantasía. Estas lecturas y muchas otras me hicieron tomar al cuento como espejo de vida, reflejo del mundo en que vivo y una forma envolvente de amar la literatura.

En esta búsqueda permanente de nuevas voces que transitan por esta senda, el último feliz hallazgo lo descubrí en la pasada Feria del Libro de Madrid en la caseta del FNAC. Mientras hojeaba las novedades expuestas, pegué la oreja a la conversación emotiva entre una visitante y la empleada de la librería sobre el pequeño ejemplar que sostenía entre sus manos, escrito por un peruano escasamente conocido, su primera publicación en nuestro país. Adquirí La mujer ajena (Candaya, 2015) llevado por la curiosidad del diálogo entusiasta que presencié entre aquellas jóvenes a las que calificaría de lectoras consumadas.

Ramón Bueno Tizón (Lima, 1973) reúne en La mujer ajena once historias cotidianas que hablan de las obsesiones rezagadas e inalcanzables de unos personajes dispares que tienen en común sentirse incompletos, son hombres deseosos de acercar sus vidas efímeras a mujeres que parecen distantes. El escritor limeño nos ofrece un variado panel de seres, mayormente varones perdedores, carentes de calor humano, que sustituyen sus carencias amorosas y su marginalidad con escaso éxito en el sexo contrario, tan huidizo como ajeno a sus verdaderos deseos. El libro arranca con Nacimiento, un relato conmovedor, triste y pálido que recrea el montaje de un nacimiento navideño llevado a cabo por un niño y una adolescente expuestos al derrumbe familiar y al deterioro de un país azotado por atentados, apagones y miedos. En El almuerzo asistimos al relato más breve de la colección, una historia de pesadillas provenientes de las infidelidades de un hombre promiscuo. Después viene Philippe y los náufragos, un mundo de perdedores en donde la música y la bebida se aúnan para paliar las derrotas. En el cuarto relato, Los duros, el narrador nos traslada a un municipio de Colombia cercano a Medellín para asistir a los ambientes marginales donde la violencia, el sexo y la muerte están a distancias similares. El relato número siete, Weininger y yo, es un pequeño homenaje al filósofo y escritor rumano Cioran al que otorga el descubrimiento de los burdeles y las putas como liberación de la atadura insufrible de la mujer. La princesa china y María Ozawa son también dos excelentes narraciones, la primera transita por los deseos carnales de hombres inseguros y vulnerables afanados en los encantos de las entrepiernas de las incitantes jóvenes, y en la otra historia, el autor se adentra en el conflicto de los inmigrantes latinos, cuyos miedos y zozobras se reflejarán a través del personaje de una actriz porno japonesa, como contrapunto a sus amarguras y deseos.

Todos estos relatos tienen un final, pero no todos se concretan en una resolución cerrada. Bueno Tizón acude a esta técnica de finales abiertos que, a mi juicio, son más potentes, precisamente cuando el final es un verdadero misterio, un secreto repartido a partes iguales entre el autor y el lector, en vez de presentarnos un resultado concluyente. En cualquier caso, no estaría de más tener en consideración la observación del escritor argentino Ricardo Piglia al respecto: “los finales son formas de hallarle sentido a la experiencia”. Bueno Tizón, con un estilo íntimo y afinado, crea la sensación en el lector de que el narrador es un confidente que aguarda su complicidad, pero también, utiliza y gestiona su narrativa breve bajo ese ángulo vital de la cotidianidad y la experiencia de su entorno con dos procedimientos decisivos en la poética del cuento: la elipsis y la síntesis. Por eso se esmera en trazar las sugerencias necesarias en cada una de sus historias para fortalecer la parte visible del texto.


En definitiva, La mujer ajena es un libro recomendable, que no deja indiferente al lector ante la perplejidad de lo que acontece ante sus ojos: el enfoque de la sexualidad de muchas personas incapaces de entablar una relación de pareja gratificante y plena. Ramón Bueno Tizón se adentra en ese conflicto y explora con maestría narrativa esa otra sexualidad, cargada de obsesiones y resentimientos, tan desbocada por instintos amargos.