jueves, 3 de diciembre de 2015

Historia de un desafío

En Memorias de un librero (Anaya & Mario Muchnik, 1994), del argentino Héctor Yánover, un libro hermoso y sorprendente, hay pasajes ilustrativos sobre la tarea tan absorbente que conlleva ser librero. Ya en sus primeros párrafos se planta ante el lector con una especie de decálogo para enunciarle lo que significa este oficio y dice: “Un librero casi es un libro. La mercancía que vende se ha metido tanto en su vida que le es difícil separarlas. Crecido entre libros, respiro polvo de libros, veo libros en todos los horizontes. La librería no está donde está, sino dentro de mí. Es un hombre que cuando descansa lee; cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se detiene frente a las vidrieras de las otras librerías; cuando va a otra ciudad, otro país, visita libreros y editores”.

Han transcurrido ya dos décadas desde la aparición de estas curiosas memorias cuando acaba de publicarse un libro que discurre por esos mismos derroteros, pero en este caso bajo la pericia de una librera incipiente que toma, casi por asalto, en una subasta por internet, la compra de una pequeña librería en Viena. Para Petra Hartlieb (Múnich, 1967) su apuesta cambiará por completo su vida y la conducirá a una aventura temeraria y repleta de incertidumbres. Dejar su domicilio de Hamburgo y su trabajo de crítica literaria, arrastrar al nuevo proyecto a su marido, un ejecutivo de una importante editorial, dos hijos, sin casa establecida, sin experiencia sobre los entresijos de una librería, y, encima, con un préstamo oneroso que asumir, ahuyentaría a cualquiera, pero Petra no se amedrará porque está convencida de su acertada elección.

Mi maravillosa librería (Periférica, 2015) es la historia de una ilusión, del desafío y del empeño de una mujer tenaz y apasionada por realizar un sueño: tener una librería. Por la cabeza de esta mujer pragmática, tan vinculada al mundo de los libros, también había sitio para la locura, de manera que no iba a dejar pasar la oportunidad de regentar un local repleto de estantes de libros hasta el techo, con un público ferviente por todos los pasillos, como siempre había soñado. Los libros serán testigos de sus vicisitudes y contratiempos, compartirán sus momentos de gloria y otros menos buenos debido a esos caprichos informáticos cuando dejan de funcionar los ordenadores e interfieren en el mostrador de los pedidos.

Decía Claude Roy en El amante de las librerías, un delicioso texto sobre el amor a los libros y a las librerías que “el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprar libros”. En el caso de Hartlieb, sus amigos y el banco prestaron el dinero necesario para otorgarle la felicidad al poner en marcha su anhelada apuesta: la librería soñada.

Cada librería condensa un mundo, no solo para el curioso que se adentre por sus puertas, sino para el mismo propietario del recinto, el único capaz de entender de antemano que aquel sitio es un centro cultural en el que su mercancía propicia la conversación y el debate, la amistad e incluso los escarceos románticos. Petra Hartlieb cuenta todo este hechizo y todo lo que acontece más allá de su horario de trabajo, con la naturalidad de quien confiesa una intimidad a un amigo. La historia de Petra y su librería es una narración que muestra su experiencia personal, un trayecto vital y empresarial cargado de entusiasmo y confianza, un testimonio literario fresco y honesto, sincero y sin alardes, escrito en un tono cercano y divertido.

Lo conseguido por esta insólita y emprendedora mujer está recogido en este estupendo libro. Creer en los sueños es perseguirlos, aunque nada es de color de rosa, como se palpa en sus páginas. Tener un sueño logrado, una familia unida, un perro y una librería no es nada baladí, más bien es un lindo logro que a muchos amantes de los libros nos habría gustado y no nos hemos atrevido a llevarlo a cabo. Iniciar una empresa así no es misión para timoratos. El desafío que se le presenta al librero en este siglo XXI es un trabajo duro y de mucho sacrificio, porque en realidad pintan bastos, y a los hechos me remito: no transcurre una semana en la que algunos de estos maravillosos locales cierren sus puertas estrangulados por las manos virtuales de Amazon y otros gigantes de internet.

Mi maravillosa librería no es solo un testimonio de una librera aguerrida y entusiasta, sino que también es, sin habérselo propuesto su autora, un homenaje a los lectores y amantes de las librerías, a los libros y a todo un gremio de supervivientes que siguen trabajando a destajo para que estos sagrarios cargados de libros continúen reconfortándonos. [Reseña núm. 255]