lunes, 21 de diciembre de 2015

La medida de la vida

En la escritura sobre uno mismo, esa en la que el sujeto es la propia materia del libro, hay un poso personal en el que la memoria acude para conjugar el archivo de la realidad vivida, una tarea propicia a la que acuden muchos escritores para extraer vivencias y hechos del pasado que conformaron su vida sentimental. Muchos han experimentado con este género, como colofón a una dilatada vida al servicio de las letras. La escritura sobre uno mismo, podríamos decir, es inseparable de la constitución y del desarrollo privado y social de quien se dispone a hacerlo. La identidad propia no hay que buscarla, por tanto, en la revelación de una historia oculta, sino en las consecuencias intermitentes que hay en todo ese camino vital, único e irrepetible que cada uno emprende y rememora. A esto se añadiría lo que advertía García Márquez en el arranque de su libro de memorias Vivir para contarla (2002): “la vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

El escritor, poeta, narrador, crítico literario y periodista Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) acaba de entregarnos el primer tomo del proyecto de sus memorias bajo el título de El fin de los palacios de invierno, publicado en octubre de este año por la editorial Pre-Textos, que abarca los recuerdos de infancia y juventud hasta el año 1973, una inmersión narrativa sobre la vida que tuvo, cómo la recuerda, sus anhelos, sus límites y la realidad de asumirla por completo, a pesar de lo que no se pudo, ni se supo vivir. En nada se aleja de lo que decía el nobel colombiano, sino que el libro refuerza, aún más, esa idea del valor de la memoria en la vida de todo ser humano con una cita certera y hermosa de Walter Benjamin: “La auténtica medida de la vida es el recuerdo”. Confiesa el poeta y ensayista madrileño, en una reciente entrevista, que las biografías y las memorias siempre le gustaron como lector y que sabía que algún día acometería la idea de escribir sobre su familia, una tarea iniciada no hace mucho y concluída poco después del fallecimiento de su madre.

Para Villena los inicios de la vida no son solo un periodo más de nuestra existencia, sino un periplo determinante para el futuro. Muchos de los tormentos y origen de nuestras desdichas –subraya–, vienen de atrás, del principio, hasta el punto de que la infancia la recuerda el autor como bastante poco feliz, cargada por la sombra del padre que se marchó de casa y luego murió enfermo. Cuando sucede este fatal desenlace apenas contaba con once años. De aquella remota infancia feliz “archiprotegida” y mimada, antes de la muerte de su progenitor, le siguieron otra infancia y primera adolescencia más dolorosas en las que no faltó el acoso escolar, la incapacidad para tener amigos y la represión sexual.

Con este nuevo reto literario, Villena trasciende a sus primeros años y a sus recuerdos familiares, especialmente aquellos que su madre le confió y le sirvieron para la confección de algunos episodios del libro, en un periodo convulso del franquismo tardío, donde muchos jóvenes de clase media, como él, aspiraban a conquistar una individualidad más acorde con los aires que se respiraban más allá de nuestras fronteras. En esta primera parte de las memorias hay una cita de Proust, muy bien escogida, que resume lo que significa para el autor esa época tan emotiva de la infancia y la adolescencia. Decía el novelista francés que “el tiempo que vivimos no es solo nuestra vida, sino que de algún modo tocamos también (hacia detrás) los años vividos por quienes hemos conocido, que los vivieron antes de nacer nosotros”, (pág. 39).

Por El fin de los palacios de invierno desfilan personajes familiares, pasajes y secretos de la sexualidad tardía de su autor, las primeras influencias poéticas provenientes de Ezra Pound, ídolo del momento, “leído y releído con fruición”, sus amistades literarias, como las que mantuvo con Luis Alberto de Cuenca, Javier Lostalé y, especialmente, con Vicente Aleixandre, maestro y consejero particular, así como sucesos y poses que desvelan la esencia hedonista que Villena encarnó, correspondiendo así a su admiración ferviente por el dandismo representado por Óscar Wilde, que todavía pervive en él y del que presume.

El autor de Sublime solarium fue un muchacho raro, que apostó por la literatura y por el rasgo singular de su homosexualidad retraída, un camino experimental y nada exento de dificultades, como muestran las páginas de esta última obra suya, un libro pleno de literatura, que lleva intrínseco el mapa existencial de sus primeros veinte años bajo la tutela de la persona más importante de su vida, Ángela, su madre, a la que dedica por entero el volumen.

El fin de los palacios de invierno recoge las simientes líricas de lo que ha deparado la vocación literaria de este extravagante artista, un letraherido entusiasta y apasionado, cuya vida azarosa le inoculó el virus de la poesía. Estas memorias vivas dan testimonio de ello, las siguientes, aún inéditas, prometen más. Habrá que esperar. [Reseña núm. 258]