jueves, 10 de diciembre de 2015

Subirse al tren

El tren ha dado siempre mucho juego a la literatura y al cine. Por ejemplo, muchos pasajes escritos por Azorín transcurren entre raíles castellanos. El amor y la tragedia en Ana Karenina tienen mucho que ver con la fuerza arrolladora de una locomotora. En la intrigante novela Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, el vértigo narrativo se acopla a la misma velocidad del tren. En la película Doctor Zivago nadie olvida esa trepidante travesía ferroviaria por las estepas rusas cargada de revolución bolchevique... Las historias que han nacido sobre los raíles de este estirado y enigmático vehículo son casi infinitas. El tren permite que los viajeros coloquen su alma entre el equipaje y la conversación. A bordo, además, los pasajeros cruzan sus miradas, propician encuentros y hasta puede que salten entre ellos extrañas aventuras.

El joven escritor chileno Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) vive en Holanda y viaja con frecuencia a Bélgica. Ese trasiego de un país a otro, entre la ciudad de Nimega y Lovaina lo ha hecho cientos de veces, de manera que en ese vaivén viajero ha querido establecer un material literario, a modo de dietario, de lo que va surgiendo en sus repetidos trayectos o lo que le pasa por su cabeza entre una estación y otra. Viene a decirnos que el tren también invita a la pausa y al diálogo interior.

Material rodante (Minúscula, 2015) es un librito fragmentario, ameno y reflexivo que condensa, en apenas cien páginas, la experiencia de un viajero de tren de cercanías. Maier no necesita fingir en lo que nos cuenta porque habla de sí mismo, de su condición de viajero y afirma: “En los viajes, por más que los haya repetido mil veces, uno siempre esconde la fantasía de que no solo el paisaje será nuevo, sino la gente y en una de esas uno mismo”, (pág. 11). Y en un par de páginas más adelante cita al poeta Joseph Brodsky que decía que “el mimetismo es la moneda más preciada de todo viajero”, para, de esta manera, acentuar ese carácter tan propio de quien viaja con frecuencia en tren.

Gonzalo Maier se rebela contra los tiempos muertos que se repiten en los andenes y en los trayectos, y nos dice que, para hacer frente a esa burla insoportable, lo mejor es responder con el caudal de la vida, con toda esa cantidad de aventuras mínimas a nuestro alcance, capaz de desafiar la rutina y el tedio. Por las páginas de Material rodante irán apareciendo pasajes fragmentarios en los que el escritor sudamericano nos hablará de asuntos literarios, de usos y costumbres de los holandeses y de los belgas, de las manías de los revisores, de la equidistancia entre las experiencias vividas y las sentidas con la lectura de los libros, de una araucaria perdida en Holanda procedente de Chile, de la desesperación ante la espera imprevista, del síndrome de Stendhal, de no dormir en el tren, de Agatha Christie, de Paul Auster, de Georges Perec... “El aburrimiento –subraya– merece más luces. Al menos en estos apuntes en donde cada espacio en blanco vale como un bostezo”.

Maier confiesa que toda rutina tiene un reverso al alcance de aquellos que no se conforman con lo irrelevante de toda repetición y aspiran a darle la vuelta al asunto abriendo sus mentes y jugando, a modo de pasatiempo, a despertar el ingenio y desbaratar la anodina repetición del día a día. Todo lo que discurre por este dietario rodante es lo más parecido a una guía de viaje interior, una especie de kit de supervivencia, escrito con humor e ironía, indagando en el verdadero valor del silencio para combatir los tiempos muertos de las esperas.

Material rodante es una especie de propuesta literaria en tránsito, en ruta, una crónica viajera ininterrumpida, por donde transcurren las inquietudes, vicisitudes y contradicciones del pensamiento y el modus vivendi de su creador.

Gonzalo Maier ha firmado una miniatura literaria verdaderamente hermosa, un texto autobiográfico sobre su experiencia de viajar en tren, provista del detalle de la observación, la anécdota minúscula y la pausa reflexiva.

De vez en cuando necesitamos libros diferentes y curiosos, como este, un librito de prosa cuidada, divertido, amable y con alma viajera que se lee en una respiración, un tiempo mínimo en el que cabe preguntarse qué habría sido de nosotros si hubiéramos dejado pasar este tren. [Reseña núm. 256]