martes, 19 de diciembre de 2017

El curso de la vida

Hay que hacerse mayor, haber vivido bastante tiempo, para darse cuenta de lo corta que es la vida. Desde el punto de vista de la juventud, la vida se presenta como un largo e interminable futuro; contemplada desde la edad tardía, no parece sino un trayecto demasiado corto y efímero. Debido a esa aceleración del tiempo, el curso de la vida parece que nos atropella a partir de una cierta edad. La vida del hombre, el transcurrir de cada individuo, viene a decir Schopenhauer, tiene unidad, coherencia y verdadero significado a medida que avanzan sus años, y hay que verlo como una enseñanza con su sentido moral.

El poeta, aforista y pintor José Mateos (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1963), que también ha escrito libros de ensayos, como La razón y otras dudas (2007), y ha publicado el libro de relatos Historias de un Dios menguante (2011), regresa de nuevo a esa prosa cuidada y fragmentaria en la que mezcla reflexión y asombro, filosofía y visión poética de la vida, como en Un año en la otra vida (2015) o Silencios escogidos (2013) con su último libro, Un mundo en miniatura (Renacimiento, 2017), ilustrado con portada y dibujos del artista murciano Pedro Serna, para hablarnos de esa tarea común que supone vivir, de su incurable impulso, y de su azaroso destino.

Viene a decirnos el poeta en un texto ligero en su estructura, pero profundo en ideas, que la vida corre y vuela, con sus contrariedades pequeñas, medianas y realmente grandes, las que suceden cada hora, cada día, cada semana, cada año, con sus esperanzas e incidentes que rompen cualquier planificación. “Venimos a esta vida –escribe– para realizar un sacrificio: del de nuestra vida”. La vida está ahí para ser vivida con agradecimiento, porque, a pesar de todo, el hombre existe para ser feliz. Y “porque las cosas son siempre más de lo que son cuando son sólo lo que son”. Mateos responde a ese trasiego del vivir que fluye incesante entre el querer y el alcanzar, porque dice que “vivir esperando no es vivir”.

Todo en este libro es un pretexto para hablar de la vida, del paso del tiempo y de su huella. Todo parece observado con un ojo clínico y detallista sobre ese devenir desde el presente que hace que suceda. No hay grito en sus divagaciones, ni desconsuelo, sólo serenidad y aceptación de un yo que aspira a manejar el paso del tiempo. “Las heridas –dice– pueden mentir. Pero enseñando la verdad”.

Al escritor de verdad solo le interesa la revelación, y a lo largo de las piezas que conforman este emocionante libro hay mucha epifanía nacida del recuerdo y del asombro. Para Mateos “la vida es una música sin sonido de la que somos notas privilegiadas” que, de pronto, aflora de la realidad y siempre ha estado en ella, esperando el momento de revelarse. La vida, viene a contarnos, es tiempo robado a la muerte y al paso del tiempo. Como diría el poeta Roberto Juarroz: vivir es la dimensión definitiva del hombre. Y en ese organismo vivo, Un mundo en miniatura se conjura y crece, se lamenta, a veces, y reflexiona siempre sobre las cosas que importan.

El poeta, digan lo que digan, siempre pretende ser otro, apropiarse como un dios de su mundo inventándolo, como revelación y parte de sus contradicciones, mediante la alteridad. Mateos propicia, desde la plenitud de esa alteridad, que el lector se sumerja en lo que delata su alma: el transcurrir del tiempo, de la vida, pero con él combatiendo. “Porque la muerte en el hombre no concluye nada ni culmina nada. Porque la muerte en el hombre siempre interrumpe una vida sin que esta haya agotado completamente todas sus posibilidades.”

Este es un libro filosófico poblado de sorprendentes divagaciones, quizás el más perspicaz de toda su obra, un texto misceláneo donde su autor reúne microensayos, aforismos, pensamientos, diarios y paradojas en los que no faltan destellos de lucidez y emoción. El lector es convocado con sutileza, no sólo a la lectura del libro, sino al subrayado. Cuando un libro nos conjura con su presencia a que su voz nos encauce, nos asedie, o simplemente nos gratifique, su goce es incontenible.

La escritura es una trampa mortal para todo escritor, y eso lo sabe bien el poeta, consciente de escribir con la vida en contra. La literatura se lo exige todo, le exige la vida, inmisericordemente. El dolor, la angustia y también la muerte se añade inexorablemente a su experiencia. El libro de José Mateos encara igualmente esa adversidad como algo fecundo y parte del aprendizaje de la vida, y lo hace con admirable finura.

Pero qué cierto es que un escritor, cuando escribe con verdad y belleza, alumbra y delata su alma como pocos. Qué hermoso resulta para el lector acabar un libro sintiendo su música. Aquí hay muchos destellos filosóficos y sentido moral al son de la palabra y de la vida. Más de lo que parece.