viernes, 7 de febrero de 2014

Una novela discreta


El resultado que me ha producido la lectura de El héroe discreto, de Vargas-Llosa, ha sido el de un pasatiempo discreto y una decepción mayúscula. Ya con su anterior novela, El sueño del celta, tuve un encontronazo gordo, y lo que la editorial calificaba de novela mayor, para mi fue la desventura de haber leído una novela malograda, aunque ambiciosa. Yo me pregunto si el Nobel peruano sigue gustando por lo que escribe o, más bien, por lo que escribió. El escritor de sus brillantes inicios no aparece en esta ocasión, como tampoco lo hace en sus últimos libros. Y esto no quiere decir que El héroe discreto (Editorial Alfaguara, 2013) no sea una novela hija de la maestría de un coloso que domina la construcción narrativa como nadie y despliega un lenguaje de orfebrería como pocos. Pero los que fuimos atrapados por la impronta juvenil de La ciudad y los perros y después absorbidos por la memorable Conversación en la catedral hasta conmovernos con La fiesta del chivo, que hizo historia, no queremos ser cómplices de una narrativa que transcure por el sendero del entretenimiento, más que por el de la excelencia.

Centrándonos en El héroe discreto, el novelista acude al mundo de lo cotidiano para extraer unos personajes que se baten en la lucha diaria de sus vidas y mostrarnos que el heroismo surge, más allá de los grandes momentos del pasado y de combates gloriosos, de la propia conciencia del ser humano que se resiste a la adversidad con dignidad. Un tema jugoso que en manos de un maestro consagrado como Vargas-Llosa debería alcanzar la gloria. Eso es lo que mi subconsciente intuía en los inicios de la historia, ávido de asistir a un aquelarre literario más que, a la postre, ser un espectador de un ejercicio puro de onanismo.

La propuesta del autor de Los cachorros es una historia ambientada en el Perú contemporáneo, a través de una estructura en dos planos narrativos que se van alternando en capítulos sucesivos, hasta que convergen al final por medio de una trama de corte costumbrista y trasfondo policiaco. El primero de sus protagonistas, Felícito Yanaqué es un empresario del transporte, un hombre recto, hecho a sí mismo que lucha denodadamente por no sucumbir al chantaje a que se ve sometido. El segundo de los protagonistas de la historia lo representa Rigoberto, un personaje familiar para los lectores de El elogio de la madrasta y Los cuadernos de don Rigoberto, que anda pendiente de su jubilación de gerente de la empresa de seguros, cuyo propietario octogenario, Ismael Carrera, jefe y amigo, le pide que sea testigo de su boda: una solicitud que le acarreará serios problemas. El relato transita por el pasado y presente de cada personaje, aliñado con detalles de la vida cotidiana en Lima y Piura, que son los dos enclaves donde se desarrolla la acción.

El héroe discreto presume de perfección técnica, eso es indiscutible, con un léxico preciso, una sintaxis impecable y unos diálogos vivísimos, investidos de gracia cervantina. La novela rehuye de episodios épicos porque la intencionalidad del autor, como dije anteriormente, es elevar lo cotidiano a lo diferente y excepcional por medio del arrojo de la gente común y anónima. Sin embargo, es difícil esperar de Vargas-Llosa una novela que alcance la cima de sus obras maestras, porque aquí, en esta nueva entrega, lo que ofrece es sencillamente un divertimento, sin más pretensiones y con final feliz, para sus incondicionales.



Desde luego para los que admiramos la obra de uno de los grandes de la literatura universal, lo que ofrece El héroe discreto es una realidad y una evidencia bien distinta a la que nos tiene acostumbrado el insigne escritor sudamericano. Los fundamentos de la gran literarura que Vargas-Llosa lleva por bandera, se echa en falta en esta novela tan discreta y banal que deseamos no derive en una rendición de este mago de las letras.