sábado, 22 de febrero de 2014

Existencias insignificantes


Mientras regresaba del paseo escuchando el cante exultante de Enrique Morente en el Ipod, meditaba sobre el epílogo de La cabeza en llamas (Galaxia Gutenberg, 2012), una lectura fresca que había concluído momentos antes de iniciar la caminata. Unas páginas magistrales en las que Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) hace su particular recuento del libro y confiesa, en un memorable párrafo final, cómo vive en la novela lo que la vida ya no le reclama y cómo escribir es lo único que le interesa para que la vida no decaiga, porque en la escritura, concluye, está el único aliciente para acabar de resolverla.

La fuente de la edad (1986) supuso el inicio de mi relación lectora con la narrativa del leonés, coincidiendo con su consagración como novelista, ya que con este libro tan vitalista y divertido, sobre las aventuras peregrinas de una cofradía compuesta por cinco amigos, Mateo Díez obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. Después me zambullí en la tinta de Los males menores (1993), donde el escritor castellano se presta a condensar su narrativa en los límites del microrrelato. Luego vino El paraíso de los mortales, una novela misteriosa en la que el joven Mino Mera protagoniza la recuperación del tiempo perdido de una vida llena de inciertos presagios. Libro tras libro, Luis Mateo Díez ha ido ensanchando el territorio de sus ficciones gracias a ese cultivo del realismo que despliega con tanta maestría y naturalidad en la novela corta, el cuento y el microrrelato. En La cabeza en llamas reúne cuatro historias de diferentes tramas y personajes, pero fiel a su idea de contar la vida como un asunto a resolver, en ese milagro de funambulismo entre los sucesos evocados y la efervescencia de la imaginación. Un compendio de cuatro novelas cortas, con una hondura humanista conmovedora y una prosa impecable, que cautiva y encandila al lector.

El relato inicial que da título al volumen, La cabeza en llamas, cuenta la vida del joven Camil, un tipo descarado e insolente, con una labia incendiaria, que arrastra un historial destructivo marcado por el sino de su nacimiento.

En el relato Luz de amberes, Mateo Díez se empeña en destacar la atmósfera y el ambiente de un restaurante lujoso alrededor de una mesa, donde los comensales, un tío y dos sobrinos huérfanos, repasan tristes pasajes de sus vidas.

El tercer relato, titulado Contemplación de la desgracia, transita por el escenario de la infelicidad de unas vidas ensimismadas que acaban reconfortándose.

Por último, en Vidas de insecto, el escritor de Villablino presenta unas memorias de un colegio de curas fabuladas en un tono surrealista, donde las larvas, representadas por los internos, se rebelan contra los castigos y vejaciones de algunos educadores del centro.


Una vez más, constatamos, que la extraordinaria trayectoria narrativa de Luis Mateo Diéz se sustancia en el empeño por inventar historias y personajes, impregnados de misterio y de vida anónima, que podemos encontrar a la vuelta de la esquina.

Concluyendo: La cabeza en llamas es un libro que posee una magia literaria insólita y el mejor repertorio narrativo que identifica a este fabulador excepcional que es Mateo Díez, capaz de dar el pálpito de vida milagroso a seres inadaptados, inconformistas y antihéroes que se baten en una lucha de huídas, búsquedas y dudas, en pos de encontrar sentido a sus existencias insignificantes.