sábado, 15 de abril de 2017

Los artistas y sus criaturas

Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas, decía Azorín. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos. Este libro del poeta, novelista y artista plástico Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968), tiene ese magnetismo fecundo y gozoso que insinuaba el escritor alicantino, un pequeño tratado sobre la particularidad artística de la creación y la imposibilidad de concluir la obra ideada, un ensayo sobre la concepción de la obra artística, bajo un despliegue de citas y entradas ante las que el lector ávido y atento no sucumbirá. Diría que el lector se activa ante la perplejidad de lo que revelan tantas voces reunidas, y hábilmente condensadas, en torno a un libro nacido de otros libros previos que lo hicieron posible.

En Variaciones sobre el naufragio (Fórcola, 2017) encontramos una poética acerca de la creación y de la dificultad de concluir la obra de todo artista. El escritor, el pintor, el artista, viene a decirnos Ortiz Albero a lo largo de las ciento treinta y ocho entradas que conforman el volumen, reduce la realidad cuando crea. Los lectores la reducimos igualmente cuando leemos. Hasta el mismo cerebro está concebido para esa tarea común: reducir, reemplazar, entender algo como símbolo, como metáfora, como necesidad o anhelo. La verosimilitud total no solo es una entelequia sino, sobre todo, una imposibilidad. Así que el escritor, el artista, el lector, el espectador, cada uno ha de reducir lo que hace: lo que escribe, lo que pinta, lo que lee, lo que ve. Y hacerlo no es ninguna simpleza. Es así como captamos el mundo. Es así, a pesar del sentido inacabado de las cosas, como funcionamos los seres humanos. Mediante la reducción y el extracto generamos sentido a lo que nos rodea y encontramos explicación a la obra escrita o creada.

Por este cauce incesante de reflexiones y evocaciones, aparecen escritores y artistas que sueñan y aspiran a completar y culminar su obra inacabada como Balzac, Baudelaire, Benjamin, Cézanne, Giacometti, Kafka, Mann, Quignard, Steiner, Valéry o Vila-Matas. A través de sus testimonios, de sus inquietudes y de sus observaciones, Ortiz Albero va haciendo hueco en el discurrir de su libro para llevar al lector el sentir de lo que dicen sus autores sobre la creación artística y sus ataduras, sobre sus logros inalcanzables, poniendo el acento y la pasión en sus comienzos como fuerza y justificación de toda obra artística. Ejemplos como el de la lucidez de Giacometti, un artista apto no solo para percibir cómo es el cuadro que va a pintar, sino también cómo podría llegar a ser, o la impresión literaria, como dice Vila-Matas, de surgir de lo escrito como la serpiente surge de la piel que deja, necesariamente, atrás, son dos claros exponentes de esa persistente duda alrededor de la obra creada y de su proyección.

Los libros nos permiten ciertas libertades. Podemos mantenernos mentalmente activos mientras leemos. Podemos participar plenamente y acrecentar la elaboración del mismo con nuestra propia lectura del mismo. Podemos reducir su compendio mediante el subrayado de lo que nos llama la atención. En Variaciones sobre el naufragio hay mucho para ejercitarse en todas estas tareas. “El autor se atribuirá lo dicho, escrito o pintado pero–como se dice en el libro por boca de Méndez Baiges–, no es ya más ni su propietario ni su mejor intérprete”. Nos corresponde a los lectores una vez que la lectura está en marcha interpretar la obra, su tono, su melodía, su composición.

Este es un libro imposible de concebir sin las lecturas que lo conforman. Miguel Ángel Ortiz Albero, artista experimentado en diferentes disciplinas, ha escrito un compendio hermoso y sabio de sus lecturas sobre la tarea del artista, sobre la génesis de la obra y sobre la incertidumbre de su conclusión de la que parece no resarcirse nunca. Esa incertidumbre que recae sobre toda obra acabada o abandonada, esa posibilidad de naufragar, también puede conducir al artista a la salvación inesperada, concluye. “Hundirse” es el verbo, dice en los prolegómenos del libro por boca de Bertolt Brecht. En el fondo, sostiene, hundiéndose, le espera a uno la enseñanza y la posibilidad de emerger a la superficie.

Necesitamos libros no solo para que nos entretengan o nos cuenten una buena historia. El lector necesita también reflexión, visiones, perspectivas, vida intelectual, complejidades morales y estéticas. Esta obra de Ortiz Albero posee material y rescoldo necesarios para prender nuestra curiosidad y alumbrarnos.


Variaciones sobre el naufragio es un libro ameno y fecundo en ideas, en reflexiones y en sabiduría, un pequeño tratado acerca de la poética de lo inacabado, una invitación amable y lúcida para que el lector comparta las agudezas escritas por los propios moradores que lo habitan: los artistas y sus criaturas.