lunes, 30 de marzo de 2015

El lector leído


Manuel Díaz Soto

Cuando, tras una crítica positiva, se compra una novela y gusta, uno agradece haber sido bien orientado, se siente reconfortado ante una buena inversión de tiempo y por qué no, económica.

Pues bien, en el caso de esta novela corta, decidí adquirirla sin el menor influjo crítico, si exceptuamos la reseña de la solapa y me he sentido gratamente sorprendido. Con carácter retroactivo me he entretenido en obtener mayor información sobre el autor y observo que mi elección a ciegas ha sido una apuesta a ganador.

Jean Paul Didierlaurent, autor francés nacido en 1962, con esta su primera novela, ha conseguido triunfar tanto en ventas como en crítica, algo no muy habitual. Aunque ya obtuvo dos premios Hemingway de relatos, puede decirse que ha sido con esta sorprendente novela corta cuando ha dado un salto cualitativo en su carrera. El lector, al concluirla, queda con la sensación de haber saboreado una copa de buen vino.

El protagonista de El lector del tren de las 6.27 (Seix Barral, 2015) es una persona normal, con una carga-retruécano en su nombre y apellido, lector apasionado, paradójicamente es el encargado de poner en marcha y limpiar una infernal máquina destructora de libros (La Cosa); las escasas páginas que escapan a la masacre destructora son atesoradas y leídas en voz alta por el protagonista a los pasajeros del tren de cercanías que toma a diario para acudir a su trabajo. La obra se acelera con el hallazgo casual de un pendrive que incluye un particular diario escrito por una mujer desconocida durante su poco atractiva jornada laboral y cuyas reflexiones serán incorporadas por el protagonista en su performance del tren.

Son pocos los actores secundarios que aparecen, pero todos ellos con una impronta especial que los hace importantes. Entre ellos, un jefe despreciable, un vigilante que declama alejandrinos, un antiguo compañero de trabajo que intenta recuperar de un modo sui generis sus piernas trituradas por la máquina tragalibros, un pez rojo, dos hermanas octogenarias admiradoras del lector del tren y como estrella invitada, Julie, la propietaria del pendrive perdido y que, por sí sola, merecería una novela independiente.

Si debemos citar algún elemento discordante, ajeno al traductor, citamos la dificultad de trasladar el retruécano que supone nombre y apellido al lector castellano. Y si acaso, y esto es una apreciación puramente personal y discutible, el título del libro es demasiado explícito y puede restar algo de sorpresa.