miércoles, 14 de octubre de 2015

Aquí y ahora, nada más

Decía Susan Sontag con un arranque seco, tan propio de su estilo, en su libro La enfermedad y sus metáforas (1978), que “a todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos”. Y, aunque preferimos usar siempre el pasaporte bueno, es decir el del reino saludable, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano del reino de los enfermos. El mes pasado, la editorial Tusquets publicó Arenas movedizas, el libro más personal e íntimo de su autor, el novelista y dramaturgo Henning Mankell (Estocolmo, 1948 – Gotemburgo, 2015), escrito, precisamente, desde ese territorio adverso de la enfermedad, del que hablaba la norteamericana. Hace tan solo unos días, este gran maestro de la novela policiaca escandinava, creador del célebre inspector Wallander, falleció después de mantener una dura batalla contra el cáncer que padecía.

Parece que el destino conforma el puzzle de cualquiera de nosotros, de forma que algunas piezas encajan, para sorpresa de muchos, de una manera que nos predisponen a poner en entredicho la lógica del mundo, en favor del misterio que aguarda la aparición de la enfermedad en nuestras efímeras vidas. Sufrir un cáncer, dice Mankell en las primeras páginas del libro, es una catástrofe en la vida que solo después de transcurrir un tiempo, sabes si has sido capaz de enfrentarte a él de la forma más adecuada y le has ofrecido la resistencia más efectiva. No hay garantía alguna. En Arenas movedizas el novelista sueco comparte los miedos de la enfermedad, el duelo frente a sus estragos y el arte de sobrevivir a lo largo de 67 episodios extraídos de su propia vida, el mismo número de años que el destino quiso poner a su existencia.

No me cabe la menor duda de que este libro, que ha firmado Mankell en vida, es su verdadero testamento literario, su obra más profunda y reflexiva, un legado que resume su trayectoria por el mundo como hombre y como escritor. En ninguna de las facetas de su intensa vida se muestra alejado de los más necesitados, como tampoco desligado de ese sentimiento de velar y comprometerse con salvaguardar el futuro del medio ambiente. Para él, una persona solidaria y comprometida con su tiempo, nada de lo que ocurre a su alrededor le es ajeno y mucho menos esa conciencia de lucha perpetua para sobreponerse ante la adversidad y luchar por la supervivencia como cualquier otro ser vivo.

Henning Mankell despliega, por las casi cuatrocientas páginas de este conmovedor memorándum literario, una lucidez intelectual fuera de lo común. Quien lea estas memorias se reconfortará por la trascendencia de su escritura: un relato hermoso de la vida de un hombre enfrentado a la dura prueba de la enfermedad y la muerte. Los miedos de Mankell alumbran al lector, su voz narrativa le lleva por el laberinto intrincado de su recorrido vital entre el frío clima de Suecia y la tierra caliente de Mozambique, los dos puntos existenciales que resumen su deambular por el mundo, dos intersecciones que han dado sentido a su vocación literaria y a su vida. No solo fue un magnífico escritor de novelas policiacas capaz de desvelar la verdadera cara de los criminales, esos personajes de apariencia pacífica, como los que transitan por dentro de Asesinos sin rostro o Los perros de Riga, sino que empleó el espejo del asesinato para retratar de forma crítica a la sociedad contemporánea escandinava.

En Arenas movedizas se examina el hombre frente a la naturaleza y se alternan los recuerdos de la infancia de su autor con reflexiones en torno a la muerte, el miedo, la esperanza o sus creencias más íntimas, pero, sobre todo, lo que más se invoca en sus párrafos son esas ganas de vivir la vida en el momento presente, ya que, mal que nos pese, nada podemos hacer sobre la duración de nuestras vidas fútiles. Mankell advierte que la imaginación y las circunstancias peliagudas por las que atraviese uno en un momento determinado no soportan suposiciones demasiado improbables sobre cómo será la vida en un tiempo que sobrepasa nuestro horizonte.


Por último, cabe destacar del malogrado escritor sueco el testimonio sincero y luminoso que nos deja en este relato sobrio, escrito con maestría y hondura, que invita a pensar en las cosas importantes de aquí y ahora, de nuestro paso fugaz por el mundo. Y ahí reside también lo extraordinario de nuestra existencia y lo meritorio de la historia de este libro, nada que ver con un repique de campanas complaciente, sino que se parece más a la partitura melodiosa de un réquiem compuesto por un escritor sesudo y coherente que nos dejó para siempre hace tan solo una semana. Léanlo y escuchen el tono de su melodía. [Reseña núm. 245]