lunes, 2 de noviembre de 2015

Membrillos, soledades y pérdidas

Todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida la necesidad de llevar un diario, aunque ese impulso solo haya durado una tarde. Aquella tarde en la que cabía nuestro mundo propio en una pequeña hoja en blanco. El escritor de diarios es alguien que se ha preguntado alguna vez por qué decidió confiarle a una vieja libreta la realidad por la que atravesaba su alma, desde el dolor o desde la alegría, incluso desde el charco de la tristeza o el pozo de la desesperanza. Escribir un diario enriquece y disipa, agiganta trozos de la existencia y deja huecos dentro de uno, como fragmentos de esa vida que se interrumpió para llenarlo de recuerdos.

Después de un año de abstinencia, como subraya en la primera entrada del libro, el escritor José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) irrumpe esta vez en el género diarístico con Un año en la otra vida (Pre-Textos, 2015), una incursión literaria que se añade a su trayectoria dilatada de poeta y a otras más próximas de editor, narrador y aforista. Las 157 anotaciones que encierran este breve volumen abarcan el período de un año de su vida reciente y responden a una constante evaluación de su autor respecto al conflicto del vivir y a esa necesidad de seguir vivo, cuestionando la existencia ante la inevitable finitud de la vida. La vida, según cuenta, está llena de abdicaciones, de elecciones y de pérdidas, todo un reto que nos empuja a seguir apostando por la baza de vivir, un plus que permite olvidar incluso la principal amenaza que nos aflige, y que no es otra que la de nuestra desaparición física.

Mateos observa, otea y examina con esa naturalidad tan suya lo que le acontece entre el otoño de 2013 y la misma estación de 2014, se familiariza con lo extraño y se sorprende con lo evidente. Su mirada no es una mera impresión sensorial, sino un delicado ejercicio intelectual, una operación detallista que indaga en la existencia propia. Escribo –subraya– de aquello que, si no se escribe, desaparece. Escribo de aquello que desaparece cuando lo escribo.

En estos diarios, el poeta jerezano cristaliza instantáneas de su vida a través de sus meditaciones y paseos por la naturaleza, aunque el bullicio de la ciudad también esté presente. El escritor busca intencionadamente a un lector al que poder dirigirse, para hacerle su confidente, y, de la misma manera que sueña el diarista con ser otro, el lector tiene también la oportunidad de soñar con poder ser ése otro de cuya vida se le ha hecho partícipe. En la escritura de Mateos hay siempre una voz reconocible, sea en su poesía de cánticos y pesadumbres, en sus relatos menguantes o en sus aforismos que llama “divinanzas”. Aquí, en sus diarios, más que nunca, sigue con esa misma voz de observador que se implica emocionalmente en el detalle de la observación y que, al hacerlo, responde a la exigencia de su propia subjetividad, de su propia mirada y de su memoria. Algo en consonancia con lo que decía el escritor Antonio Porchia: “donde miran mis ojos, están mis ojos que miran”. O aquello otro que afirmaba Edvard Munch: “no pinto lo que veo, sino lo que vi”.

En Un año en la otra vida la escritura se presenta como sustancia reflexiva que transita consagrada al espíritu melancólico e insatisfecho que inciden en cada una de sus entradas, eso que la vida nos niega y nos limita, nos cercena y nos obliga a elegir, haciendo de nosotros personajes previsibles y rutinarios.

La principal particularidad de la prosa de Mateos es precisamente su identificación, su puesta en escena, con un yo que habla y se compromete con lo que siente e imagina. En cada frase hay un respiro, un resquicio de su mundo y de su particular sentido. Porque lo que inquieta al escritor y le impulsa a escribir sale de sus entrañas, de la conciencia irredenta de cuestionar la vida y la rutina de sus días. Pero sin desfallecer y sin dejar de contemplar el horizonte, la luz de un amanecer o la lluvia que la naturaleza desparrama con generosidad. Escribo a partir de una oscuridad –confiesa al final del libro–, no de un conocimiento. Y ya ni siquiera quiero iluminar esa oscuridad. Solo quiero acariciarla.

José Mateos, como poeta de la verdad, ha firmado un libro hermoso y profundo, que no se aparta de la sencillez de lo cotidiano y que interroga al lector sobre la verdadera naturaleza del vivir, sus logros y pérdidas, encuentros y soledades, latidos y muerte.

Quien escriba, como aconseja Voltaire en su Cándido, que cultive su huerto, y si a la larga da calabazas, qué se le va a hacer, pero si lo que produce son maravillosos membrillos, como los que aparecen por las páginas de estos diarios, entonces, sus lectores tendremos la ocasión de celebrarlo y saborear su jugo. [Reseña núm. 248]