sábado, 7 de noviembre de 2015

Vita brevis

En sus reflexiones sobre la vida y el paso de los años, dice Montaigne que la meta de nuestra carrera es la muerte. Para él, filosofar no es más que aprender a morir. Si esto que afirma el ensayista francés nos asusta, cómo poder dar un paso adelante sin agitarnos. Todo parece dispuesto para que se asuma que la vida del hombre no es más que una lenta gestación de un ejemplo póstumo. Para muchos, el remedio más socorrido para sobrellevar ese destino implacable, consiste en no pensar en ello.

Llegar a la decrepitud no es un plato apetecible, viene a decirnos Aurelio Arteta (Sangüesa, Navarra, 1945) en su último libro A pesar de los pesares (Ariel, 2015), un texto emotivo y personal al que subtitula como Cuaderno de la vejez. Si tuviera que resumir en una sola frase el contenido de las páginas de estos dietarios del profesor Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco, autor de ensayos éticos y manuales universitarios, diría que la vida se fundamenta en saber que uno es mortal.

Lo que nos ofrece este libro es un ejercicio de reflexión desde la experiencia de un pensador curtido en la docencia que aflora su cara más humana al aceptar el trance de la vejez como última etapa de la vida y que asume sus consecuencias, sin dejar por ello de vivirla con entereza y alegría. Dice en los prolegómenos que la vejez representa en la vida humana el período de prueba más concluyente, la etapa en que se concentran los mayores obstáculos para alcanzar la felicidad.

Atravesamos las etapas de la infancia, la adolescencia, la madurez, hasta llegar a la vejez, y, en todas ellas, afrontamos una variedad predeterminada de experiencias existenciales, como el amor, el desamor, las esperanzas, las frustraciones, el placer y el dolor. Reflexionar en cada una de las etapas de la vida es reparar en el paso inexorable del tiempo. La imagen de nuestra vida es el cómputo de estos elementos pautados bajo una forma personal. Para Arteta, el autoconocimiento es una tarea imprescindible para tomar conciencia en cualquiera de estas fases, pero adquiere mayor relevancia en la madurez tardía. Estos fragmentos de escritura, aunque no siguen pautas académicas, son en sí mismos un pequeño tratado universal y filosófico sobre la vejez. Cuando llega esta última etapa de la existencia, todo es recuerdo, no solo individual, sino colectivo. Recuerdos conscientes e inconscientes, porque en ambos van, no solo los datos de nuestra existencia, sino también los de nuestros antepasados. Somos, como decía el viejo Baroja, el resultado de una raza, de un ambiente y, por tanto, de una trayectoria material y espiritual.

Aunque hay pasajes que deploran los estragos de la vejez, sus arrugas, el desgaste de los años y en otros la melancolía, la pesadumbre y la desesperanza, Arteta trasciende a un estadio práctico de sacar jugo a la vida. El autor nos entrega su visión personal apoyándose en sentencias y diálogos de pensadores clásicos y escritores contemporáneos que opinan sobre la difícil tarea de sobrellevar los años con dignidad, ante el afán inevitable del hombre de prolongar su vida. El existir del hombre, según él, tiene que llenarse de deseos, porque el “ir tirando” apenas nos consuela. De manera que eso que alguien nombró como tedium vitae y al que muchos mayores se apuntan como mal menor, no sea la receta más favorable para la tercera edad; mejor habrá que irse distanciando de ese coro de derrotados, con la conciencia de un ser que vive acoplando su existencia al mismo ritmo del tiempo, según el sabio consejo de Cicerón: “Pero yo prefiero ser viejo menos tiempo que hacerme viejo antes de serlo”.

El cuaderno de Aurelio Arteta alumbra al lector joven sobre la fatalidad de envejecer, y alerta al lector maduro sobre su proximidad, con argumentos suficientes para conservar el aliciente de seguir vivo al tiempo que se envejece día a día, un punto de mira para aprender a sortear los achaques que asomen al paso de los años, con bravura y esperanza.

A pesar de los pesares es un repaso vital, una observación profunda, sincera y nada compasiva sobre la edad tardía, un libro hermoso y hondo que concluye que, a pesar de todo, la vida merece la pena vivirla hasta su última etapa, porque lo mejor que nos ha podido ocurrir es haber nacido. [Reseña núm. 249]