jueves, 5 de enero de 2017

La deriva de las cosas

En los últimos años el relato breve en nuestro idioma ha experimentado un crecimiento descomunal e imparable. El cuento está en alza y, en gran medida, se debe a la apuesta valiente de editoriales que durante años han demostrado pasión y fe en este género, aupándolo con entusiasmo hacia cotas de aceptación sin precedentes y al gusto de un público lector afectado de cierto cansancio de tanta novela. El impulso de estos sellos ha propiciado que hayan florecido más certámenes de relatos y cuentos y, a su vez, han favorecido que muchos escritores vuelvan a su territorio, al poder persuasivo e impactante que, por naturaleza propia, tiene esta narrativa tan exigente y precisa.

Algunos debuts recientes en este género narrativo han sobrepasado las previsiones editoriales y se han convertido en un auténtico acontecimiento literario de gran atención por parte de la crítica que han generado igual curiosidad en un público lector cada vez más inclinado al género breve. Libros como La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016), de Almudena Sánchez o La condición animal (Páginas de espuma, 2016), de Valeria Correa Fiz, son dos ejemplos notorios de este fenómeno sobresaliente entre un público, cada vez con más prisas, ávido de leer buenas historias y, por ende, predispuesto a dejarse seducir por otro formato más ligero, pero a la vez que le exija una participación reflexiva con mayor prontitud que la novela.

Casi simultáneamente al éxito de las ediciones anteriores, en octubre de 2016, la periodista, editora y bloguera Laura Ferrero (Barcelona, 1984) irrumpe con Piscinas vacías, su primer libro de relatos, que a diferencia de los ya mencionados, ha tenido una trayectoria muy particular e insólita en su publicación: primero vio la luz en formato digital con gran eco, después pasó a papel impreso en autoedición y, por último, el sello Alfaguara lo lanzó de forma masiva a los escaparates de las librerías.

Ferrero ha escrito unos relatos con muchos contrastes y tonos. En Estación de tren, el primero de ellos nos presenta una historia narrada en segunda persona, una voz imperativa que propone asumir errores y cerrar capítulo a una relación imposible. El resto de los relatos alternan entre dos voces: diecisiete historias contadas en primera persona y las ocho restantes en tercera persona. Sofía, una de las mejores piezas, es una hermosa y conmovedora historia de amor sobre una hija no nacida. En La casa más vacía del mundo, la pena y el dolor por la pérdida de una esposa y madre inunda la casa de un padre y un hijo desconsolados. En Después de la lluvia, el miedo a la enfermedad todo lo trasmuta, pero el amor resiste. En El rastro de los caracoles, una mujer evoca su infancia sobre aquellas cosas desechadas que dejaron de cumplir su función. Todas son historias, en definitiva, sencillas, nacidas o malnacidas en el seno del hogar.

En los relatos de Piscinas vacías transita gente sumida en insomnios, en imposibilidades, gente inquieta y atragantada en su realidad cotidiana sin que lo sepan los otros personajes y en los que lo importante son los estados de conciencia de los seres que desfilan por sus páginas.

En este libro el lector no encontrará explicaciones ni porqués a las historias que se cuentan, como ya nos advierte la autora, y tampoco certezas. Aquí solo hallaremos interrogantes y dudas, silencios e incontables inseguridades, y mucha inquietud con ciertas verdades. Los relatos están repletos de detalles, escenas cotidianas que les ocurren a la gente corriente, hombres, mujeres, niños y parejas que arrastran sus silencios y desatinos para mostrarnos la inutilidad de sus pérdidas, sus miedos y sus soledades, como las que revela el título de uno de los cuentos que pone nombre al libro, Piscinas vacías, una metáfora de la deriva de las cosas.

Aún así, los seres que habitan este libro son criaturas interesadas en cambiar la deriva de las cosas, que no sucumben pese a las contrariedades de los hechos. No son héroes, ni gente extraordinaria. Se parecen mucho a nosotros, y mediante los cuales la autora viene a decirnos que, ante los atascos e imprevistos que nos suceden en la vida cotidiana, es mejor no tocar nada y dejar pasar el tiempo. A veces, la inutilidad de arreglar lo que sea es, en sí mismo, una solución a muchos males de la realidad de nuestra existencia.

Piscinas vacías es un meritorio libro de relatos, de prosa transparente y escueta, un buen compendio de historias verosímiles que bucean en el misterio de la vida, sin sentimentalismos, pero cuya llaneza nos aproxima al lugar y al momento donde se produce el contexto de cada suceso o la deriva de lo inevitable. Otro debut prometedor que viene a constatar que las cosas que nos suceden cada día son más literarias de lo que se piensa.