lunes, 8 de febrero de 2016

Náufrago voluntario

Leer determinados libros nos perturba hasta sacarnos de nuestras casillas y de la protección del hogar, nos arroja a la intemperie, nos convierte en nómadas e incluso llega a destapar nuestras contradicciones. Cuando esto ocurre sirve para confirmar que la buena literatura es transformadora, inquisitiva, capaz de estirar y ampliar nuestros límites, obligándonos a leer de otra manera, como si atravesáramos un pasadizo de arenas movedizas en donde nada parece estable y todo sospechoso. El buen lector ha de asumir, sin prejuicios, cuando se embarca en la aventura de un nuevo libro, tener disposición para dejarse sacudir condescendientemente por una historia, como esta que traemos hoy aquí, que lo ponga contra las cuerdas.

Después de su incursión en el género diarístico con Diario del hombre pálido (2010) y Piel roja (2012) publicados en Demipage, dos excelentes libros que siguen cosechando reconocimientos entre el público lector, Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) regresa a la ficción con La pecera (2015), editado en el mismo sello anterior, un título metafórico del que se vale para mostrarnos el torbellino malsano de la conciencia de un profesor de literatura a la deriva bastante castigado por los estragos del alcohol.

El protagonista y narrador de la novela, Miguel Quer, es un hombre descontento con su profesión y desencantado de la materia educativa que imparte. A él, la literatura ya no le vale como estímulo y, mucho menos, como algo provechoso para la vida. Cierto día conoce a Ana Ferrer, una diseñadora prestigiosa, de la que se enamora perdidamente. A esta mujer también le gusta beber, y ambos emprenden una vida de pareja en la que el alcohol les sirve de divertimento y como evasión en sus encuentros amorosos. Sin embargo, este camino intempestivo, de excesos con la bebida, hace mella en Ana hasta el punto de que consigue desengancharse de esa adicción tóxica poco después de que ambos cambien de domicilio y se instalen en plena sierra madrileña. Esta decisión valiente por parte de ella, de cambio de escenario y lucha contra el alcohol, propiciará, al poco tiempo, el desencuentro de la pareja hasta llegar a su ruptura. El narrador, con cierta nostalgia dice que “Ana dejó de beber, saltó de la pecera, abandonó el mar de fondo y se transformó en un anfibio, en un reptil, luego en un ave atenta e inmisericorde” (pág. 110).

La pecera se abre y se cierra con ese grito de desgarro existencial recurrente de Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “Soy malo y sentimental”. Aunque la novela de Gracia Armendáriz surca por otros derroteros a la del escritor ruso, en esta historia hay suficiente líquido metafórico y reflexivo acerca de los estragos que hace el alcohol en el cuerpo y en el alma de sus náufragos. El escritor navarro elige la primera persona como voz narrativa y el lector se pregunta cómo un narrador alcohólico puede estar sumido en la realidad de lo que cuenta. Pero el autor procura transmitir al lector que su personaje no delira, sino que rememora desde los escombros de la resaca los pasajes vividos y los sufrimientos que padeció en plena efervescencia etílica.

El haber elegido esta forma narrativa y los tiempos verbales son, a mi entender, un acierto que dan consistencia al relato. Cuando Miguel habla, el presente transcurre en ese momento, y es ahí, en ese instante, cuando se produce el impacto en el lector que no sabe qué vendrá a continuación, sobre todo en esos momentos en los que el personaje se encuentra solo y abatido. Sin embargo, cuando se produce un cambio temporal, Miguel evoca el pasado con Ana, su mujer, que lo abandonó definitivamente. Sus resacas dan un tipo de registro literario amargo, de hastío reflexivo. Los momentos de abstinencia reproducen un sentimiento de lucha y recelo. El alcohol tiene el efecto perverso de iluminar y, al mismo tiempo, ampliar todo lo que en estado sobrio reprimimos normalmente. Por eso, cuando suceden momentos de euforia a base de la ingesta alcohólica, hay una dislocación del alma que confunde la realidad y la reinterpreta con ese humor ácido tan característico de una borrachera.

Ya en las postrimerías de la novela, el protagonista de la historia se pregunta sin mucha convicción cómo lidiar con la situación para recuperar la dignidad, como si tuviera que llegar a un acuerdo con la aceptación de su pasado, tal como Ana Ferrer creía a pies juntillas, aunque Miguel Quer es un pez sumergido en la pecera tóxica de la bebida que no parece tener mucho empeño en saltar de la misma.

Juan Gracia Armendáriz firma una historia brutal, una novela violenta muy bien contada, desde la mirada distorsionada y chirriante de un hombre atribulado, pero, sobre todo, desde una voz desaforada, irreverente, cuyo emisor no se ajusta a ningún tipo de comportamiento social al encontrarse perdido, con la brújula rota que piensa en una redención mediante copas y más copas, desencantado y voluntariamente náufrago, que encontrará un resquicio final para secarse de la humedad adictiva de tanto whisky, sin estar apenas seguro de conseguirlo.