viernes, 1 de noviembre de 2013

Sueños y obsesiones


Dicen que los amigos de verdad son los únicos capacitados para atreverse a opinar sinceramente sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Esto fue lo que hizo la escritora Marta Sanz sobre el manuscrito que le dejó Luisgé Martín (Madrid, 1962), antes de publicar La mujer de sombra (Editorial Anagrama), cuando le dijo a su amigo que no se le ocurriera eliminar del libro nada de lo escrito, por muy duro de leer que resulten algunas de sus páginas, porque entonces tendría otra novela distinta.


Esta intimidad, contada públicamente por Luisgé, me precipitó a contemplar que La mujer de sombra sería mi próxima lectura, después de que concluyera la que tenía entre manos, su última novela: La misma ciudad, publicada en el sello de Herralde, una historia existencial que cuenta la ruptura vital de su protagonista, un hombre instalado en una vida rutinaria, sin estímulo y sumergido, para entendernos, en la llamada crisis de los cuarenta. “A esa edad culminante y melindrosa acostumbramos a pensar que nos hemos equivocado en todos nuestros actos... La vida de los demás, en cambio, nos parece cada vez más formidable (pág. 12-13)”. El personaje de La misma ciudad es un hombre anodino y corriente, acomodado a una vida sin sobresaltos que trabaja en unas oficinas en Nueva York. Brando Moy se dirige a su despacho como cada día, pero esta vez salió tarde de su domicilio y ya no llegaría al bufete instalado en las famosas Torres Gemelas. Aquella catástrofe del 11 de septiembre, televisada por las cadenas del mundo entero, le daría la oportunidad de hacer todo aquello que nunca se atrevió antes. Una novela corta, sobria y amena que no te deja abandonar su lectura. La misma ciudad es un libro con un planteamiento atractivo, que nos habla de segundas oportunidades que la vida ofrece para intentar alcanzar la propia felicidad. No sé si la vida de Brando ha sido una parábola o una patraña, como afirma el narrador al final del libro, pero a mí en todo caso, me evoca una consideración que Henry James reflejó en una de sus novelas y que decía: “Vive todo lo que puedas; es un error no hacerlo. No importa lo que hagas en particular, con tal que tengas tu vida. Si no lo has tenido, ¿qué has tenido?”. Esto es, en definitiva, el asunto por donde transita la novela.

Muy diferente es el tema reflejado en La mujer de sombra: la obsesión de un hombre atrapado en los tentáculos de la perversión. Eusebio, el protagonista, sabe lo peligrosas que resultan sus fantasías, pero le atraen tanto que sucumbe a ellas. La mujer de sombra es, como apuntó Marta Sanz, una novela dura y violenta, pero valiente y procaz. La historia discurre en una trama donde el personaje principal cae en las redes del abismo y de la violencia psicológica. La muerte accidental de su amigo empuja a Eusebio a obsesionarse por Marcia, la amante secreta del fallecido, de la que conocía las confidencias sexuales que Guillermo le contaba con todo lujo de detalles. Este es el caldo de cultivo que va corriendo por las páginas de la novela, hasta crear una atmósfera tan agobiante que en algunos pasajes resulta irrespirable y transgresora. La mujer de sombra es un viaje al subsuelo del alma, un recorrido por el sexo explícito, la pasión perversa y el territorio prohibido de un hombre convertido en un neurótico extremo. La eficacia de la novela de Luisgé se apoya en un estilo compuesto a base de elipsis, mediante breves secuencias, para mostrar la incursión de Eusebio en la vida íntima de Marcia; y en una prosa hipnótica que atrapa, aunque en algunos momentos incomode por lo que cuenta. Dice Luisgé que “la literatura es un arma para molestar”.

La misma ciudad y La mujer de sombra son dos propuestas equidistantes en el estilo y transversales en la temática. Ambas atrapan desde las primeras páginas y llegan a las emociones del lector y destapan algo de lo que circula por la fantasía de nuestro ser, pero en la primera, Luisgé descorcha la botella de los sueños hasta consumir su contenido y en la segunda, el escritor madrileño ofrece al lector un cóctel excitante y pernicioso que deja resaca.



Luisgé Martín viene a proclamar con estas dos novelas que lo importante de la literatura no es catalogar un libro de inmoral por lo que trata, sino que lo sustancial es que esté bien escrito, y que estas dos creaciones suyas gozan de ese buen estado.