martes, 19 de noviembre de 2013

Un honorable y reputado editor


Durante una visita a mi librería habitual, andaba entretenido husmeando entre los estantes destinados a libros de memorias cuando me encontré con un ejemplar flamante, como los diseñados hace más de treinta años por la editorial Alfaguara, tan sobrios y elegantes: portada morada, perfil gris, dibujando una ele invertida, y el nombre del autor en grande, destacando sobre el título, todo en color blanco. Me pareció anacrónico al principio pero, a la vez, milagroso. Qué buen recuerdo me traía este inesperado hallazgo. Todavía conservo en mi biblioteca algunas de aquellas ediciones de autores como Günter Grass, Henry Miller, Isac Dinesen o Marguerite Yourcenar, entre otros, que empezaron a publicarse en los incipientes años de la democracia española. Toda esta evocación me surgía mientras acariciaba y hojeaba el libro recientemente impreso. La añoranza y curiosidad por el texto hallado fueron alicientes sobrados para añadirlo a la cuenta de los libros que ya tenía apartados.

El oficio de editor es un libro que tiene su origen en una extensa conversación de Jaime Salinas (Maison-Carrée, Argelia, 1925 – Islandia, 2011) con su entrevistador Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948), que se produjo en 1996 y que tenía prevista su publicación dos años después, pero que se postergó a petición del propio Salinas ya que se encontraba inmerso en la publicación de sus memorias, en la editorial Tusquets. Estas circunstancias hicieron que el libro pasara a la recámara de la editorial que, en esa misma época, dirigía el periodista canario. Pilar Reyes, la directora actual de Alfaguara, ha rescatado el texto como homenaje a Jaime Salinas, que fue un motor incansable, inventivo y reputado del mismo sello editorial, y como adelanto a las efemérides que se celebrarán en 2014 y que llevarán como reclamo publicitario: Alfaguara, 50 años de buena literatura. Una iniciativa que celebramos los lectores y que hace justicia a la labor editorial que Salinas propició en vida, montándonos al carro de la literatura contemporánea a tantos españoles, ávidos de otras propuestas literarias fuera de nuestra frontera. Fue un fantástico editor que hizo mucho desde dentro por aliviar la penuria cultural de la dictadura. Fue el alma mater de algunas de las iniciativas culturales que nos formaron y lo siguen haciendo: el libro de bolsillo de Alianza, casi nada, el auge de Alfaguara o los premios Biblioteca Breve y Formentor de la editorial Seix Barral.

Juan Cruz
Salinas comenzó en el mundo editorial cuando tenía treinta y un años, siguiendo la estela del venerado Carlos Barral, que fue quien lo formó en estos avatares. Luego pasó por Alianza Editorial, Alfaguara y Aguilar, tres de las editoriales más punteras del momento, hasta retirarse colaborando con Beatriz de Moura, directora de Tusquets. Estaba convencido que el editor es una especie de intermediario entre el escritor y el lector. Es más, tenía una sensibilidad especial por los libros y para él la función principal del editor es cultural, por encima de lo comercial. Javier Marías, uno de sus más fieles amigos, afirma en el testimonio final del libro (1997) que Jaime Salinas es una de las escasas personas del oficio que todavía sienten respeto por su materia prima, los autores, y no logran verlo como mercancía ni como condecoraciones. Nadie discute hoy en día del papel primordial que representó en la historia de la edición en España.

Jaime Salinas
En las conversaciones de El oficio de editor descubrimos toda la vida de un hombre dedicado al libro por medio de unos diálogos vivísimos. El libro está muy bien estructurado para acercarnos al Salinas editor y al otro Salinas, el exiliado comprometido, el amigo y memorialista. Hay lamentos clamorosos por la deriva del libro como producto de consumo y, como tal, producto de moda. El veterano editor, sin embargo, se mantiene en sus trece y se reafirma en que el libro es una cosa hecha para ser leída, no para lucirla. No es un simple objeto, no es un continente sino un contenido, y apoya sus reparos en el espíritu verdadero de las grandes editoriales europeas, como Gallimard, Bompiani o Faltrinelli, donde el libro aspira a ser el gran vehículo de enriquecimiento de la sensibilidad, de la imaginación, de la justicia y de la libertad.

Después de haber leído este libro, lleno de literatura y vida, tan ameno e intenso, no quiero cerrar esta reseña sin dejar mi propio testimonio, como modesto oficiante de editor que fui, una tarea tan propensa a las ingratitudes como a la ruina, para destacar, como lector, la gratitud que profeso a Jorge Herralde, de Anagrama, Beatriz de Moura, de Tusquets, Jaume Vallcorva, de Acantilado, Joan Tarrida, de Galaxia Gutenberg, Manuel Borrás de Pre-textos y Juan Casamayor, de Páginas de espuma, entre otros, por seguir en la misma senda que Jaime Salinas, editando con esmero y calidad, y dispuestos a superarse ante un libro malogrado.