jueves, 28 de noviembre de 2013

Los placeres de la caza del libro


Decía Jaime Salinas que un editor es una especie de go-between, de intermediario, entre el escritor y el lector, y esto, que parece simple, requiere de una vocación concienzuda e inquieta. Periférica es un sello independiente que, en sus siete años de existencia, se ha hecho un hueco entre las editoriales españolas, en esa labor impagable de ofrecer calidad literaria por encima de réditos comerciales. Su alma mater, Julián Rodríguez, es, ante todo, lector, y cuida con mimo de que su catálogo sea la fortaleza y aval que determine el perfil de ese rostro periférico. En los últimos tres años, gracias a la creación de la colección roja de Periférica, Largo recorrido, he leído a autores desconocidos del siglo pasado que me han deparado grandes satisfacciones, como: Gianni Celati, Fogwill, Elisabeth Smart o Christopher Morley con La librería ambulante. De manera que de un tiempo a esta parte las publicaciones del sello extremeño son cada vez más familiares para mí y no dejan de hacerme compañía.

Ayer leí, de una sentada, un libro de esos que llegan al corazón y creo que, en mi caso, permanecerá por largo tiempo. Los amores de un bibliómano, de Eugene Field (Saint Louis, 1850 – Chicago, 1895), publicado hace dos meses por Periférica, es, por encima de todo, un homenaje a los libros. Y es también una historia de amor y un elogio de la amistad que el propio autor profesó en tantos años hacia un reducido grupo de amigos que, como él, se embarcaron en la felicidad de leer y releer a lo largo de sus vidas. Los amores de un bibliómano tiene la apariencia de novela, pero se acerca más al ensayo-ficción camuflado en la biografía del escritor de Missouri; un texto apasionado y ameno. Desde las primeras páginas, Field, a través de su protagonista, deja constancia de las ventajas que el amor a los libros tiene sobre otros tipos de amor: ...las mujeres son por naturaleza volubles, y los hombres también; su amistad es susceptible de disipación a la mínima provocación o a la menor excusa. No ocurre esto con los libros, porque los libros no cambian. Dentro de mil años serán lo que son hoy, dirán las mismas palabras, expresarán la misma alegría, la misma promesa, el mismo consuelo; siempre constantes, ríen con los que ríen y lloran con los que lloran, (pág.13-14). Eugene Field habla de los libros con tanta entrega y entusiasmo que contagian al lector. Venera tanto el amor a los libros que anima a leer sin descanso hasta en la cama: ningún libro se aprecia de verdad hasta que no nos lo llevamos a la cama y soñamos con él, (pág. 29).

Los capítulos que siguen a estos primeros arranques nos hablan de los cuentos de hadas, de los inicios de la afición al coleccionismo, de los placeres de la pesca, de libreros e impresores antiguos y modernos, de los maravillosos olores que desprenden los libros o del gusto por los catálogos. Entre estas divagaciones aparecen charlas entretenidas de amigos al calor de la chimenea, bajo la compañía de una buena copa, que se interrumpen de vez en cuando para dar paso a los poemas del juez Methuen, uno de los personajes más carismáticos y omnipresente a lo largo de todo el relato.



Esta obra de Field tiene el encanto de otros tiempos, de una nostalgia reservada a los letraheridos aquejados del virus incurable de la pasión por los libros. Pero sobre todo, Los amores de un bibliómano, es una novela deliciosa, repleta de inteligencia y humor sobre los placeres de la caza del libro, que es como les gusta a estos fetichistas llamar a la aventura del coleccionismo de libros.

Nada más que por el título y la extraordinaria portada merece la pena curiosear su interior; cuando el lector esté dentro, es seguro que el germen lo infectará del gozo que atesoran sus páginas.