lunes, 28 de octubre de 2013

Un viaje por la órbita Murakami


Hace diez años me habían trasladado a una de las sucursales que el Banco tenía en un pueblo de la bahía de Cádiz. Para mí, que procedía de los servicios centrales, aquel cambio lo interpreté como un castigo al principio, pero mi rápida adaptación al nuevo escenario laboral lo transformó, para mi bien, en una experiencia personal imborrable, gracias al contacto diario con los clientes. Es curioso cómo la gente habla sin reparos de sus intimidades cuando se trata de poner a buen recaudo su dinero. La oficina se convierte en una parroquia financiera donde los empleados, muchas veces, oficiamos de sacristanes y confesores espirituales al uso, mientras tanto, los clientes se transforman en feligreses y acuden a redimir sus deudas o a confiar sus ahorros al credo bancario. (Ahora, las cosas en este terreno han cambiado bastante con la crisis económica). Allí en la oficina conocí a un joven cliente que estaba casado con una japonesa. Solía venir una vez al año a visitar a su familia y, de paso, acudía a pedirme asesoramiento sobre sus yenes ahorrados para buscar mejor rentabilidad que la que le ofrecían los bancos del país de su esposa. Hicimos amistad con el tiempo y, como sabía de mi interés por los patrones culturales de los japoneses, me recomendó el libro de Ruth Benedict, El crisantemo y la espada. Compartimos otras lecturas y otros autores, y descubrí la literatura de Haruki Murakami (Kioto, 1949): Tokio blues, De qué hablo cuando hablo de correr, After dark, Después del terremoto..., libros que me parecieron tan cinematográficos como literarios. Desde entonces, el escritor japonés cada vez se afianza más entre los anaqueles de mi biblioteca.

Acabo de leer Los años de peregrinación del chico sin color, editado, como los anteriores, por Tusquets. Parece que el sello editorial lo había tenido impreso días antes de la designación del premio nobel de literatura para sorprender al público lector, ya que, nuevamente, Murakami entraba en las quinielas, pero como todos sabemos, la canadiense Alice Munro se interpuso.

Murakami vuelve a las librerías con una novela sobre la amistad, el amor y la soledad. Una obra con un sentido metafísico de la inocencia de sus jóvenes protagonistas, que aborda el sexo, la belleza y la muerte. Murakami es un rastreador incansable de historias de jóvenes e igual que les ocurre a muchos japoneses de su generación, también le apasiona el pop, el rock o el jazz. En Los años de peregrinación del chico sin color aparece la música, que siempre está presente en el escritor de Kioto, como una melodía que acompañará la trama de su novela para salvar la insatisfacción de sus protagonistas: “Le mal du pays”, una exquisita pieza de Listz que se hace visible por los diferentes pasajes del relato y que hará meditar a Tsukuro, hasta el punto de afirmar que la vida es una compleja partitura; aparece también el elemento del miedo a la vergüenza y el fantasma del suicidio como solución al rechazo originado por los otros. Con este planteamiento, los cinco personajes de la novela forman un grupo de fieles amigos que dan un valor superior a su relación que al destino individual de sus propias vidas. Para estos jóvenes no hay nada más importante que la amistad que se tienen, de manera que vivir unidos en Nagoya, compartir sus vivencias y no renunciar a este vínculo tan fuerte, supone que el grupo es una meta mayor que la que cada uno emprendería a solas. Pero Tsukuru Tazaki, el protagonista de la historia, ignora por qué ha sido expulsado del grupo, sin explicación alguna. Esta circunstancia se convertirá en un golpe tan duro que su infelicidad y autoestima, rebajada a los suelos, le conducen al borde del suicidio. Para describirnos los sufrimientos por los que Tsukuro transita, el escritor japonés recurre a los mitos y al mundo onírico, de modo que los sueños eróticos que el personaje comparte con Shiro y Kuro revelan que, incluso, la amistad, como vínculo, puede llegar a perturbar su propia existencia. No obstante, como afirma Fernando Aramburu, Murakami parece mostrar a sus innumerables lectores un camino más o menos de salvación. Entonces empieza su peregrinación y búsqueda. Tsukuro emprende un viaje, dieciséis años después, para reencontrarse con su amigos y liberarse de la atadura del pasado. El resultado de esa tarea, de la explicación sobre lo sucedido en los años de juventud, le activará una madurez que tenía truncada. No sabemos qué ocurrirá con esta vuelta a la realidad, un enigma que Murakami no resuelve al final de la novela.



Haruki Murakami vuelve con su sello inconfundible, y aunque Los años de peregrinación del chico sin color no sea lo mejor de su producción, su oficio narrativo y el conocimiento de una sociedad tan solidaria y atávica como la japonesa, hace que esta novela tenga su lado sorprendente: la órbita amena y literaria que Murakami traza con maestría..