martes, 9 de diciembre de 2014

Cuaderno de campo



León Molina (San José de las Lajas, Habana, Cuba – 1959) nos propone un paseo botánico por El taller del arquero (2014), un título metafórico que se aleja de la caza, pero que invita a la mirada furtiva y a la agudeza del oído, para convocarnos a su verdad poética y mostrarnos el alma de sus versos. A los que nos gusta la naturaleza y el senderismo sabemos que no hay nada tan saludable y tan poético como una larga caminata por el bosque y el campo.

Molina, un haijin caribeño y vigoroso, unido y apegado a la naturaleza por la que siente pasión y entrega, afirma que su vida se reparte entre Albacete y la aldea de Yetas, en el municipio de Nerpio, en la sierra albaceteña, el lugar donde arma su mirada poética para trasladarla al cuaderno de campo que lleva siempre consigo y poner letra a todas las instantáneas que su cámara fotográfica alcanza. Llegó a España con apenas nueve años para, más tarde, en plena adolescencia, recalar en este rincón de la Mancha donde lleva afincado toda una larga vida.

El taller del arquero es un hermoso y deslumbrante poemario, un libro concebido para crear vínculos, con sentido de la hospitalidad, en un entorno que transita por el bosque mediteráneo donde las huellas de los pájaros son constelaciones que lo cubren. León Molina es meticuloso, capaz de despachar en verso el trino de un pájaro, desde una curruca mirlona, como la que aparece en la portada del libro, de melodioso canto que recuerda al mirlo, hasta las notas de un ruiseñor solista bajo el contrapunto de un cuco. Para un poeta ornitólogo, como él, estos habitantes voladores del bosque están impregnados de la savia poética de la naturaleza, capaces de inspirar un imperioso poema y susurrarnos que el encinar aparece envuelto en gasas de silencio o que cuando la tormenta comienza, después la lluvia se encarga de crear un bosque nuevo e imaginario en el que el musgo se abraza a la roca, o en un haiku certero glosar sobre la nieve/ las huellas del gorrión/ y las del gato, hasta llegar a incubar emociones mediante aforismos como éstos: La intensidad es lenta./ Pero sucede en un instante; Lo que no es/ forma parte de lo que es./ De ahí la poesía...

León Molina viene a decirnos cómo escribe su poesía, como el que oye el habla de los pájaros, sin nada que añadirle, sólo la curiosidad y prestancia del oído al asomo musical de sus picos, y subraya que el hombre en la naturaleza es un íntimo contraste. Molina encarna la estirpe de un cartujo biólogo que concita a la contemplación de la maleza, los árboles y sus pequeños habitantes, un monje de ese monte, templo del lenguaje y sus criaturas cantoras.

El poeta Molina, de espíritu caribeño y alma herida por la belleza del haiku, canta con la destreza de un arquero al bosque que adora, a sus aves y a las ramas incontables donde anidan. Sabe el poeta que escribir poesía no es sólo tener una verdad, sino encontrar las palabras y los efectos necesarios para contagiársela al lector y provocarle sentimientos. El taller del arquero ha sido un hallazgo hermoso, publicado en La Garúa, una editorial joven que lleva una década apostando por las voces emergentes de escritores y, aunque el cubano ya tiene su añada poética y ha publicado anteriormente varias antologías, encaja con holgura en el espíritu de este sello independiente que cree en el valor de la poesía y en el trabajo de sus artífices.

Decía Octavio Paz que “la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono” y Molina lo constata a su manera en el terreno que le es propicio: el campo y el bosque copado de vida. El taller del arquero es un compendio de salvación, un recopilatorio didáctico de instantáneas poéticas que destila resonancias orientales de los maestros del haiku, un cuaderno de campo elaborado con mimo, tiempo y emociones; sin duda, de lo mejor que he leído este año en verso.