lunes, 4 de abril de 2016

Observatorio

Los lectores de poesía, cabe suponer que entusiastas de esta disciplina literaria, van a redoblar su fervor hacia el género cuando lean Un hombre sentado en una piedra (La Isla de Siltolá, 2016) del poeta, haiyín y aforista León Molina (San José de las Lajas, Habana – Cuba, 1959). El autor, en esta ocasión, propone un poemario de sesenta y ocho piezas que se entroncan a su vez en cinco partes por las que discurre su mirada poética a través del tiempo vivido, el espacio natural, sus confluencias literarias, el amor, y el devenir de los días.

Más allá de las razones que pudieran explicar y justificar la aparición del título, insertándolo como una pieza más en el contexto de su obra, y más allá incluso del valor general que esta posee, nos encontramos ante un libro que, de alguna manera, se sitúa en un plano superior al de otros anteriores suyos.

Desde cierto punto de vista, diríamos que los temas tratados son asuntos comunes en su poética. Más o menos son los mismos de siempre pero, en esta ocasión, trazados desde una perspectiva más sosegada y experimental. Por sus versos confluyen la naturaleza, el tiempo, el silencio, la memoria, el amor y el asombro del instante. Hallamos pinceladas de paisajes, siempre presentes en su poesía, estados de ánimo, desamor, reflexiones en torno a la vida y al paso del tiempo, evocaciones de días idos y atajos de la memoria. Y en cuanto a la forma, viene a estar en los parámetros a que nos tiene acostumbrados: coloquial, susurrante, íntimo y preciso.

Lo que cambia, en esta ocasión, en Un hombre sentado en una piedra es el tono que aflora desde la voz de la madurez avanzada, tamizando el devenir, convirtiéndolo en un estadio contenido, silencioso y personal, en un canto sereno a la vida. El título mismo encierra un mensaje reflexivo donde se nos anuncia ese atisbo de sensatez de los años acumulados que, en ningún caso, significa adocenamiento ni claudicación, sino todo lo contrario: el encuentro con la aceptación y la plenitud del sentido de las cosas: Los años que he vivido/ son una sombra azul/ alimentada por el musgo/ fosforescente de la pérdida... (pág. 25).

En gran parte de sus poemas, León Molina nos deja entrever que ese largo recorrido que supone observar el mundo y dialogar con él es una travesía vital que se inicia desde muy temprana edad cuando uno está más ávido de buscar respuestas: Yo era de carne y hueso/ cuando era joven./ Ahora miro mis manos/ y son dos palabras/ llenas de palabras (pág. 29).

De igual manera, encontraremos otros poemas de inusitada belleza que transitan por esa cosmogonía propia del autor en la que no falta su amor a los detalles vivos de la naturaleza en el campo y en la montaña, como la belleza de una polilla, los resortes de una tormenta, el fragor del chopo, el canto de un sapo partero o el viento de la noche. Después rendirá tributo a poetas contemporáneos que admira, como Ángel González, Ungaretti, Joan Margarit, César Vallejo y, sobre todo, por tres veces, a su maestro, como así llama a José Corredor-Matheos, citado al inicio, en medio y en el colofón del libro.

Hay un aire de melancolía que el lector detectará en gran parte de los poemas, pero nada que ver con la desolación y la tristeza. Al contrario, esa nostalgia y sentimiento de pérdida se transforman en una manera de canto sereno y evocativo de nuestro paso por el mundo.

Un hombre sentado en una piedra es un libro hermoso, urdido desde la sencillez narrativa, un propósito siempre bien anticipado en cada estrofa. Molina sabe extraer el fulgor de lo cotidiano de manera concisa, breve y natural.

Si en El taller del arquero (2014) el bosque es el lenguaje del poeta, en Un hombre sentado en una piedra el observatorio del tiempo y sus consecuencias son los que sustentan todo el poemario, como continuas indagaciones a la verdad sentenciada en las postrimerías del texto: La vida que me queda/ es la que puedo recordar.