lunes, 18 de abril de 2016

Brevedades y flashes

Decía Nabokov que la palabra realidad es la única que no quiere decir nada si no va entrecomillada. Podíamos trasladar al aforismo ese entrecomillado, a fin de cuentas siempre que nos referimos a él, casi sin proponérnoslo, encontramos un pasaje, un tropiezo o un hallazgo de la realidad que nos insinúa, sugiere o apenas esboza algo sorprendente. En buena medida todo arte aforístico es documental. El aforismo, como la filosofía, es un medio muy apropiado para examinar lo concreto, lo cotidiano. Es, al mismo tiempo, una expresión literaria que aglutina poesía y pensamiento, narración e idea. Al escritor de este género le interesa dejar señales, marcas e interrogantes por la realidad donde transita. Sabe que ese trayecto es siempre la manifestación de una soledad, de algo que únicamente a solas ha podido llegar a conocer y examinar.

El poeta y articulista Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) reúne en Palomas y Serpientes (Editorial Comares, 2015) una colección de aforismos llenos de muestras sobre las paradojas y contrastes que ha ido alumbrando a través de una mirada poética profundamente humana y una actitud reflexiva de la vida. Muchas de estas sentencias adoptan una forma descriptiva como cuando dedica un ramillete de sus máximas a hablar del aforismo en sí o cuando vierte definiciones sobre el tiempo, el humor, las modas, los secretos, el cine. En otras, que tienen un carácter más que nada prescriptivo, el autor se expone a establecer verdades universales e intemporales que no sólo valen para el individuo de su entorno, sino que trascienden a la moral colectiva. Para García-Máiquez la realidad es el secreto de las cosas, un trabajo en equipo, dice en dos de sus perlas. En muchas entradas se intercalan la perplejidad del artista con la verdad secreta del mundo, la conciencia del tiempo que fluye sin otra opción que asumir sus consecuencias.

Palomas y serpientes, título de origen evangélico: Sed, pues, cautos como las serpientes y sencillos como las palomas (Mateo 10:16), está concebido en una estructura temática, poco común en este laboratorio literario, muy original, que contiene quince sesiones. En primer lugar comienza con un manojo de aforismos sobre aforismos. Por la mitad del libro el autor abre varias sesiones para hablar del carácter, de repliques concatenados sobre lo dicho por otros aforistas: Esquilo, Joubert, Chesterton, Bergamín, Ramón Eder..., o para jugar con el oxímoron: En el blanco tienen que dar los espacios en blanco, Elegía: un himno que llega con retraso, Para salvarse hay que pasar –lo dijo Ulises– por ser nadie... El libro termina con cinco puntos finales, el último de ellos determinante y definitivo que dice: Lo mejor de un libro de aforismos es la cantidad de puntos finales que atesora.

No hay parte que no contenga piezas felices y logradas, que no aspire a la rebeldía, a la reflexión o al asombro poético, como estas otras muestras certeras y punzantes:

Un aforismo auténtico siempre está plagiado. De la realidad, en el mejor de los casos.
Lo interesante de los que hablan de sí mismos es lo que se callan.
Me caigo bien, lo reconozco. (Espero levantarme.)
Todo lo que se guarda bien se vuelve valioso.
El camino más largo entre dos puntos es la pereza.
Traducir: traslucir.
Los días malos resultan más narrativos que los buenos.

Leer un nuevo libro de aforismos es la aventura de meterse en una mina en busca del grisú, del metal valioso. Uno lee con ese ánimo, no sólo para encontrar la sorpresa placentera de la palabra escrita, sino en busca de mapas y señales que muestren vetas de entusiasmo, reflexión y luz.

El asombro nunca es pequeño, siempre llega henchido de algo valioso, como muestran estas epifanías de ingeniosas palomas y serpientes agudas. El libro de García-Máiquez es intemporal e inteligente, una celebración en el que no falta el enigma, la anécdota, el pensamiento y el humor.

Cada vez es más frecuente y notorio en la actividad editorial la presencia de estos libros que cuentan igualmente con el entusiasmo irredento de muchos lectores. Cuando pienso en todos los buenos libros de aforismos que tienen que llegar, me embarga la alegría al saber el gozo que me queda por disfrutar.