lunes, 11 de abril de 2016

Oficio invisible

Contaba Jaime Salinas, editor reputado y concienzudo como pocos, en el libro de conversaciones con el periodista Juan Cruz, El oficio de editor (2013), que uno de los grandes problemas de siempre que ha tenido la edición en general es el papel del traductor, absolutamente ninguneado, por lo que es imprescindible darle siempre su protagonismo y consideración merecida. Su compromiso con este gremio llegó hasta el extremo, no solo de darle visibilidad poniendo en la portada de los libros que editaba en Alfaguara el nombre del traductor, lo que pudo contribuir, según él, a que los traductores se convirtieran en cómplices de la obra, sino que logró que el traductor cobrara derechos de autor, antes de ser reconocidos por ley. Más allá de estas consideraciones, reconocía el viejo editor que la verdadera traducción literaria es una labor impagable, sobre todo, porque es una función literaria de amor y vocación.

Javier Calvo (Barcelona, 1973), escritor y prolífico traductor de literatura en lengua inglesa, viene a desarrollar en su último libro El fantasma en el libro (Seix Barral, 2016) lo que Salinas apuntaba, y a afirmar que todavía persisten lastres de antaño y otros nuevos, añadidos por la era de internet y las nuevas tecnologías, que desafían constantemente a este oficio y que le obligan a seguir en alerta. Son ya muchos en el mundo editorial y también entre los lectores los que asumen la importancia crucial que la traducción literaria tiene en el campo de la cultura y en el universo específico de la literatura. Somos conscientes, y en eso coincidimos con el autor, que el daño que se le haga irá en detrimento de todos.

En este oficio invisible, tan necesario para que la cultura, la ciencia y las religiones se propagaran, hay todo un recorrido histórico que no debemos de olvidar. No habría habido Biblia si no hubieran existido hombres aventureros y entusiastas que fueran a otras tierras a aprender hebreo para poder traducir aquellas escrituras. En España, por ejemplo, Moratín en el siglo XVIII, entusiasta de Shakespeare, se traslada a Inglaterra para aprender inglés y versionar después las obras del gran dramaturgo británico, eso sí, dando pie a traducciones transgresoras, como por ejemplo, pasar de las veinte escenas originales de Hamlet a nada menos que ochenta y siete. Curiosamente, entre los dos tipos de traducciones: la literal, más ajustada y estricta al original, y la libre, corresponde a esta última la que más licencias permitió a grandes autores que alternaron la creación con la traducción, como Borges o Nabokov, recrear obras universales que, a la postre, así llegaron a manos del lector y así conformaron su inolvidable lectura para siempre. Aunque, como deja claro el autor del libro, a los traductores nos está vedada la interpretación.

El fantasma en el libro es un ensayo lúcido y nada académico en torno a uno de los oficios más ocultos e imprescindibles en la actualidad: la traducción, a no ser que el lector hable siete idiomas, como se presume que lo hacía Colón. El libro reivindica sin alharacas, en un discurso coherente y documentado, tocar la conciencia de propios y extraños sobre la dimensión e importancia del quehacer de los que ejercen este oficio, incluso referido a adquirir un protagonismo mayor en la edición. Reconoce Calvo que en las últimas décadas la traducción literaria ha recuperado el espacio perdido, no solo en el terreno de la censura, sino en aspectos formales de independencia a la hora de ejercer su labor artística como proveedor de servicios. La ley de 1987 de Propiedad Intelectual determinó que los traductores son autores y reguló en gran medida las relaciones entre estos y los editores.

Javier Calvo firma un libro ligero, ameno e interesante, nada retórico y muy accesible al lector común, divido en dos partes bien diferenciadas: Ayer compuesto por tres capítulos y Hoy y mañana por dos. Se corresponde con dos épocas: el pasado, que habla de la importancia cultural del traductor estudiando su evolución histórica y el ahora, que transcurre por los problemas de la traducción literaria en el contexto global de la actualidad cambiante de un oficio desplazado, casi sin remedio, hacia un tipo de traductor más técnico que literato, algo a lo que el autor del libro se resiste. El buen traductor, según él, reconstruye el estilo y el registro del original, porque su trabajo exige la misma competencia y argucia que la escritura literaria. Somos camaleones paradójicos –subraya–. Para desaparecer de la página, tenemos que llenarla.


El fantasma en el libro es un estupendo trabajo literario, un ensayo bien armado, en un lenguaje claro y honesto, que da visibilidad al oficio de la traducción, sacándolo de su escondrijo histórico y de su trastienda laboral, para mostrarlo, sin dogmatismos, a un público amplio y ávido de curiosidad.