lunes, 16 de junio de 2014

Seres humanos transfigurados


Contar historias es un proceso que transita dentro de las agujas de un reloj para narrar una trama que tiene un comienzo y un final. Ésa es la esencia de la narrativa: contar algo. Podemos discutir sobre el procedimiento y los recursos empleados por el escritor para lograr ese objetivo final, pero sin historia no hay narración, ni novela que valga. Puedes extenderte o constreñirte, lo que no puedes es dejar de contar una historia, eso sí, el veredicto de ese logro estará en las manos del lector que exigirá sorpresa y emoción.

La narrativa de Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) parece concebida y ajustada a la maquinaria de un reloj suizo que busca la precisión del lenguaje. Si en El arte de la resurrección (2010), el chileno construye una crónica inolvidable de una época y una geografía únicas, en La contadora de películas (2009), hace un alegato sobre el arte de contar historias gracias a los cines de los pueblos.

Acabo de leer El escritor de Epitafios (2012), una novela corta, de apenas 130 páginas, que transcurre casi por completo en un café de una ciudad de provincia. El protagonista es un ángel con ínfulas de poeta, dedicado al oficio de escribir epitafios. Por ese café desfilan otros singulares contertulios, como el Pintor de Desnudos, el Escritor de Locomotoras, el Actor de Teatro Infantil, el Fotógrafo de Cenas y la Poetisa Erótica. Estos personajes prefieren acompasar la vida sin estridencias. Un narrador en tercera persona, a través de distintas anécdotas, nos desvelará con gracia el sobrenombre que cada uno lleva consigo.

El punto álgido de la novela se centra en la historia de amor que surge entre el presunto ángel y la Niña Gótica, un asunto que promete, pero desfallece conforme se suceden los capítulos. Parece que Rivera Letelier quiso desarrollar una intriga amorosa calzada con los ingredientes de un puñado de personajes que, a la postre, no aportan empuje sustancial al conflicto que le ha supuesto al escritor de epitafios el encuentro con la bella adolescente que habla de la noche y la muerte. La niña Lilith alejará al escritor de sus amigos artistas del café.



El Escritor de Epitafios es un libro que se lee con facilidad y posee momentos líricos bellos, pero carece de garra y estremecimiento. Rivera Letelier despliega una narración sutil en la que la amenidad complaciente no es suficiente para bordar la historia propuesta, porque estos seres humanos fabulados por el escritor sudamericano se quedan romos e insustanciales.

En definitiva, El Escritor de Epitafios no es un libro malogrado, pero prescindible, inferior al conjunto de la estimada producción anterior de Hernán Rivera Letelier, un fabulador nato que habrá que probar de nuevo.