martes, 6 de septiembre de 2016

Un conversador fascinante

Borges resulta ser un escritor que no tiene antecedentes. Sus fuentes literarias son infinitas. Le interesó absolutamente todo, y todo, al pasar por él, lo convirtió en literatura. Ahí radica su magia. De él han hablado voces relevantes, como Cortázar, Bioy Casares, Sabato, Piglia, Alberto Manguel, para ensalzar la importancia de su figura en las letras universales. Para muchos de ellos, ha sido el escritor más literario de todos los tiempos. Transformaba todo en literatura, en una literatura revivida, diferente, no solo de la escritura de su tiempo, sino, especialmente, del pasado. Por eso, como afirmó recientemente Vargas Llosa, Borges es una mala influencia: “como es tan original, sus imitadores se delatan inmediatamente”. En palabras del autor de Ficciones, lo fundamental para un escritor es ser auténtico: “Todo lo mío es plagio. El secreto está en saber hacerlo; de lo contrario yo recomiendo ser original”.

La gran lección del maestro Borges no obedece a una lección temática, ni de contenido, sino a una lección de escritura, de literatura universal, que se refleja particularmente en sus conversaciones. Hay que leer su obra para disfrutar de sus textos, y hay que leer lo que atinaba a decir en sus jugosos diálogos para gozar de su ingenio, de su imaginación y de su humor sarcástico. En los Diarios de su amigo Bioy Casares (Backlist, 2011), en los Diálogos con Sabato compaginados por Orlando Barone (Emecé, 1996) y en la colección de anécdotas, recopiladas durante una década al lado del escritor, por el poeta y ensayista Roberto Alifano (Buenos Aires, 1943), hay todo un arsenal inagotable de sorprendentes historias y desopilantes testimonios por boca del maestro argentino.

La editorial Renacimiento publica El humor de Borges (2016), un libro que corrobora la afirmación de su autor, Roberto Alifano, de que la extensa obra verbal de Borges compite en buena lid con la obra escrita y, por supuesto, la enriquece. Este texto, que ya fue editado en Buenos Aires en 1996, reúne un material ameno recogido de innumerables paseos, viajes, tertulias, encuentros de trabajo y situaciones cotidianas en los muchos años de amistad que ambos mantuvieron.

El libro de Alifano contiene más de ciento cincuenta anécdotas chispeantes de humor y genialidad que ilustran la teatralidad y ocurrencias del “tímido irreductible” que hizo del humor un acto deliberado al asumir los desmanes y el destino incierto de la vida. A lo largo de estas páginas vívidas aparece un Borges íntimo que divierte al lector con bromas ingenuas, con la agudeza incisiva de sus respuestas, con un ingenio sutil, malicioso y demoledor, sin menoscabo de tomarle el pelo a su interlocutor y también así mismo.

El humor de Borges es de raíz anglosajona, con la enjundia propia que extraía de aquellos escritores británicos a los que admiraba, como Chesterton, Bernard Shaw y Oscar Wilde, en los que la perspicacia y el juego de palabras encendían su sarcasmo. Hablar con Borges, un escritor propenso a lo sentencioso, “era siempre un festín de la alegría y de la inteligencia”, subraya el poeta español Luis Alberto de Cuenca en la presentación de esta nueva edición del sello sevillano. Dice Alifano en su prólogo que el sentido del humor puede ser una clave para comprender la vida, o para sobrellevarla, al menos. En el caso de Borges, tan imprevisible y singular en cada actitud o en cada reflexión, también era una forma de manejar su escepticismo. Consciente de la fragilidad de nuestra existencia –añade– se tomaba a broma muchas de las cuestiones trascendentales que algunos otros asumían inmerecidamente tan en serio. Borges –apunta Alifano– pensaba, como Bernard Shaw, que “toda labor literaria es a la larga voluntaria o involuntariamente humorística”.

En El humor de Borges el lector encontrará momentos sorprendentes de felicidad, siendo partícipe de la esencia vital, las alergias y las simpatías del gran maestro argentino de las letras, un ser excepcional, desbordante de ironía, ingenio y malicia, al que no le importó definirse como un ser incompleto e ignorante: “Soy tan ignorante que ni siquiera sé la fecha de mi muerte”.

Este es un estupendo libro, ameno y apto para un amplio abanico de lectores: para mitómanos y eruditos, para atrevidos y despistados, para omnívoros y vegetarianos. La magia de Borges es tal que nos sorprende desde una de sus vertientes literaria más sabrosas: la conversación amable, la anécdota pícara, el suspiro sarcástico de la reflexión. En definitiva, desde el humor inteligente de un conversador fascinante. Leerlo, como apostilla Roberto Alifano, involucra, en cierta medida, una necesaria cultura literaria para no despistarse impunemente.