martes, 13 de septiembre de 2016

El mal más próximo

La literatura que transcurre por estos tiempos anda en un continuo movimiento, difícil de parar. La instantánea de lo que hoy se publica al respecto será inevitablemente distinta de la de los próximos días, dada la cantidad de libros que promueve el mercado editorial y la velocidad de mostrarlos en el mayor número de escaparates posibles para sorpresa de sus futuros lectores, ávidos de novedades.

Ante este aluvión, nada produce más satisfacción al lector entusiasta que dar con voces narrativas nuevas, distintas, capaces de apuntar otras hechuras. Da gusto encontrarse con alguien que posee un mundo propio y un fraseo convincentes, distintos del resto de los otros narradores coetáneos, alguien con voz propia que se ocupe de mostrar un universo literario lleno de sorpresas e interrogantes, que acuda al rescate de una literatura que no juega a la doble moral ni a la equidistancia, ni que nos trate inocentemente, como si el mundo fuese mejor de lo que parece.

El debut literario de Valeria Correa Fiz (Rosario, Argentina) confirma estas premisas anteriores y viene a constatar que los doce cuentos reunidos en La condición animal (Páginas de Espuma, 2016), su primer libro, andaban como unos huérfanos indefensos emplazados secretamente a un incierto alumbramiento. En el apartado de agradecimientos, al final del libro, revela la escritora que once de sus relatos estaban ocultos en sus cajones y que vieron la luz gracias a una pregunta, que no sabemos cuál, le hizo Clara Obligado, hace tres años. Lo que sí corrobora esta confesión es que toda obra se hace antes de escribirla, cuando es proyecto, y se empieza a concretar cuando se convierte definitivamente en una necesidad de sacarla adelante por parte del autor.

Es poco probable que el lector que se adentre en estos relatos que conforman La condición animal salga de ellos sin raspaduras. Hay mucho estupor y, además, mucho sufrimiento entre las historias que albergan sus páginas. También trasluce la verdad de los pequeños hechos cotidianos de los que esta verdad deriva. Las criaturas que transitan a la intemperie por cada una de las piezas del libro andan expuestas al mundo hostil de los adultos, a las incomprensiones, a los tropiezos de la vida, a las turbaciones y sometimientos de sus prójimos, a la fragilidad de la propia existencia y al anhelo de experimentar lo insospechado en carne propia.

Doce cuentos palpitantes e inmisericordes, recogidos en cuatro secciones: Tierra, Aire, Fuego y Agua, en los que los elementos del planeta se mezclan con la incertidumbre, el dolor, el amor y el miedo de sus habitantes ante el desenlace impecable del destino, a veces cruel, y a veces necesario. En los tres primeros relatos el instinto animal pondrá en jaque a sus protagonistas: la venganza en Una casa en las afueras, los complejos y el acoso sufrido por un adolescente en La vida interior de los probadores, y la melancolía cruel del pasado de una gran guerra, a través de unos emigrantes japoneses, en Las invasiones, una pieza hermosa y conmovedora.

En la siguiente historia, Lo que queda en el aire, dos primos, un niño y una niña vivirán constreñidos la experiencia insólita para ellos de la muerte de un gorrión al que alimentaban con diligencia, mimo y amor. El quinto cuento es tan hermético como angustioso, El mensajero, un microrrelato que clama piedad y liberación ante un accidente repentino. Aún en la intemperie es una fábula triste de abandono, una cita con la muerte impertinente.

Nada tiene más fuego que la ausencia”, dice José Ángel Valente en la cita que precede al relato Regreso a Villard. Luego vendrá el cuento más largo, emotivo e intenso de la colección: Nostalgia de la morgue que es, quizá, el mejor relato del libro. En esta pieza sentimental y cruda, el tedio no se da nunca por vencido, y menos, entre las paredes de un hospital, donde todo se conjura contra el recuerdo. Allí, Aldo y Esteban, afloran un hálito desesperado de posible felicidad.

Decía el escritor portugués Miguel Torga que “lo universal es lo local sin fronteras”. Y esto es algo que ningún autor literariamente ambicioso debería olvidar nunca. Valeria lo sabe, por eso sus criaturas deambulan por lugares dispares para sentirse más universales. La escritora argentina es consciente de que escribir es siempre un camino para averiguar algo, un modo de conocer los resortes que activan la conducta humana.


Estamos de celebración ante un debut literario que dará mucho que hablar. La condición animal es un libro de relatos meritorio, una sorprendente epifanía bendecida por el talento y la imaginación, todo un ejercicio lúdico y sentimental por donde Valeria Correa Fiz se faja con destreza luciendo una prosa ágil y chispeante. El lector, como recompensa, se sentirá creador de esa corriente narrativa y copartícipe de las vidas frágiles que contiene, así como testigo de los desafiantes destinos de sus inquilinos.