martes, 20 de septiembre de 2016

Los libros son contagiosos

Los libros son unos invasores implacables que se van adueñando silenciosamente de la casa de uno con paciencia infinita. No tardan en desbordar los anaqueles de tu librería, hasta estrechar poco a poco sus márgenes. Según pasa el tiempo, los libros se convierten, inexorablemente, en colonizadores feroces a la espera de poder asaltarnos y complacernos a demanda, según la necesidad que de ellos tengamos o el interés que les mostremos. El verdadero empeño de los libros parece que no es otro que acaparar el suelo y las paredes de la casa de todo lector entusiasta que los adquiere para abordarlos en cualquier momento. El “lector ideal”, siguiendo la estela de Alberto Manguel, es acumulativo en ese sentido: cada vez que lee un libro, lo agrega a la formación de su ejército, alineándolo para futuras misiones. Además, como diría el argentino, al “lector ideal” no le preocupan los géneros, en ese sentido, es caprichoso, sin sentirse culpable.

Leer bien –viene a decirnos Harold Bloom– es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque –al menos, según su experiencia–, es el más saludable desde un punto de vista espiritual”. Uno puede leer meramente para pasar el rato o por necesidad. Los libros siempre nos esperan para complacer nuestros gustos. Ahora bien, Virginia Woolf decía, con mucho desparpajo, para que no lo olvidemos, que “el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”.

¿Y qué nos dice al respecto Alfonso Berardinelli (Roma, 1943) en Leer es un riesgo, recientemente publicado por el sello Círculo de Tiza? Este intelectual indómito, polémico y heterodoxo, pero a su vez crítico bien reputado en las esferas literarias italianas, viene a corroborar que los libros son contagiosos, acumulativos, colonizadores y silenciosos, y además nos advierte de que leerlos supone riesgos y de que empeñarse en dicha tarea “requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración”.

Leer es un riesgo es un volumen sustancioso y demoledor, un título sugerente, a modo de receta o prospecto literario, donde se recogen un buen puñado de artículos y reflexiones aparecidos en distintas publicaciones de Italia, que ponen a examen todo lo que rodea al hecho de leer, y que desarrolla, a su vez, con minuciosidad, toda una teoría acerca de la importancia vital de la lectura. Berardinelli, aun a riesgo de irritar a muchos, aborda los efectos inciertos de la literatura y la sobrevaloración de algunos afamados autores, en un texto bien armado, no exento de polémica, sobre el acto en sí de leer y sobre los cánones literarios que han forjado esa experiencia como punto de encuentro individual y universal tan común a todos ellos.

El libro, bien prologado y traducido por Salvador Cobo, arranca con una pequeña semblanza sobre el autor a cargo de Hans Magnus Enzensberger, que dice que Berardinelli es “el italiano invisible”, y desde su escondrijo observa a sus compatriotas. Los textos que agrupan esta obra están dispuestos en cinco secciones. En la primera de ellas, Los riesgos de la lectura, probablemente la parte más didáctica del libro, se adentra en los peligros y en las dificultades interpretativas del texto a los que se encaran tanto el lector como el crítico literario. Llega a afirmar con rotundidad lo siguiente: “la única función y la única utilidad que consigo verle a la lectura de obras literarias es esta: escándalo, conocimiento, evasión e identificación”.

En el siguiente apartado, Internet ya no es el paraíso, Berardinelli aborda el daño que las nuevas tecnologías ejercen sobre la experiencia de la lectura, una actividad que precisa de sosiego, de debate, y que anda distraída, sobrepasada por la avalancha y la velocidad de tanta información a la que nos enfrentamos a diario.

La tercera sección crítica está dedicada a la poesía, un género exigente que al ensayista romano le conmueve y al que le ha dedicado grandes trabajos en su carrera. Bajo el epígrafe ¿Fin de la poesía? plantea los grandes retos de siempre del género poético y el compromiso que sus creadores y el mundo de la edición han de mantener sobre este arte minoritario para evitar la banalización de publicar demasiados libros carentes de sustancia.

Con las dos últimas secciones, Italia: historia de un desamor y La tierra desolada, Berardinelli propone un repaso particular, polémico y divergente por determinadas corrientes literarias, así como por la trayectoria de algunos autores, como Umberto Eco o D.F. Wallace, sin miedo a poner en entredicho la popularidad y la calidad de sus obras.

Uno puede concluir al término de este libro meridianamente claro, beligerante y crítico sobre la escritura y el significado de leer, que la mejor manera de practicar la buena lectura es tomársela como una disciplina implícita. Los lectores, además, no somos sujetos de segunda fila en el proceso literario, y hay que admitir, como entrevé el profesor Berardinelli, que sumergiéndonos en un libro, acabamos, al fin y al cabo, dándole la razón a su existencia. Y eso, es una responsabilidad no exenta de riesgos.