lunes, 10 de octubre de 2016

El escritor de posdatas

En primer lugar, voy a tratar de cumplir con lo que decía el memorable Oscar Wilde, que me parece, además, un valioso consejo a tener muy en cuenta: “El principal deber de un crítico, –o en mi caso, de un reseñista entusiasta– es contener su lengua en todo momento”. Pero este aserto no impide tampoco desatarse un poco porque, en el fondo, la literatura en sí misma es apta para arrebatos y propicia para el fuego.

La literatura tiene mucho que ver con esto último, con propagar el fuego. El escritor –subraya Juan Tallón en su estupendo libro Mientras haya bares (2016)– escribe porque algo en él no anda bien, porque algo arde dentro, y el lector lee porque lejos de los libros hace mucho frío. En ocasiones –añade–, el fuego se descontrola y el lector inexperto salta por la ventana, con desorden. En cambio –concluye–, el lector curtido sabe que conviene aguantar porque la gracia de la literatura está precisamente en arder.

Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas (La Isla de Siltolá, 2016), de Álex Chico (Plasencia, 1980), contiene ascuas suficientes para alumbrar y abrigar a cualquier lector curioso que quiera adentrarse en un formato de hechura reducida, por donde transita todo un microcosmo radiante y fragmentario al calor de la literatura.

No es fácil abordar críticamente un libro de estas características, como tampoco lo es hablar de ninguno de los géneros breves de que dispone la literatura. La posdata siempre fue un salvavida, un recurso útil para añadir al final de una carta manuscrita, después de haberla firmado, y subrayar algo que se olvidó y no estuvo presente mientras se escribía. Sin embargo, las posdatas que encontramos en el libro del escritor extremeño no parecen provenir de un añadido epistolar, sino que su origen, más bien apuntan al ímpetu y a la fuerza propia que se formula en un encabezamiento, en una frase feliz, en una reflexión, en una experiencia vivida e, incluso, en una pulsión creativa.

Desde sus preliminares y desde el arranque del libro, el autor y el personaje se saludan y se desean todo tipo de suerte, a sabiendas de que “lo peor de un escritor es que piensa que todo le pertenece”. El escritor de posdata que transita por este libro es el trasunto de Álex Chico. El referido personaje, E.P., no es otro que el propio autor enmascarado, al que no le importa emitir señales para que el lector le identifique con él en sus juegos y disertaciones: “Mi única originalidad consiste en pasar como propias citas ajenas. En eso reside la destreza de un escritor: en que el lector piense que ha sido el primero en decirlas”. Más adelante confiesa lo siguiente: “Yo no escribo. Yo releo”. Y cuando se suelta el pelo, divaga y esparce las dudas de otros creadores: “Deberíamos prestar más atención al hecho de que alguien, en un momento de su vida, abandone aquello para lo que parecía destinado”, porque “el verdadero escritor –dice– prefiere lanzarse por la ventana, saltar al vacío”, y esto, ya saben los lectores experimentados, lo hacen muy pocos.

La memoria, los libros y la escritura son los anclajes que sostienen el universo de este inteligente libro. Sesenta y cinco momentos... es un compendio literario lúcido, un recipiente jugoso de pequeñas fugas y breves remansos, un inventario de poéticas que resumen al lector sobre quién anda detrás de todo ello: un escritor joven que contrajo, leyendo, esa infección crónica y enfermiza que tiene su origen en el contacto permanente con los libros.

Cuentan que Pessoa, al morir, pidió sus anteojos. De alguna manera expresaba así la última voluntad de un lector irredento, alguien que, incluso, en el más allá, quería seguir descifrando enigmas. Álex Chico firma un libro que sigue por esa senda marcada por el portugués, una preferencia que consiste en no dejar de leer ahora ni en el más allá.


Leemos para encontrarnos, dice Harold Bloom. Álex Chico convoca por igual a este llamado del crítico americano a escritores y lectores. En este texto tan bien cuidado hay sesenta y cinco puntos de encuentro, sesenta y cinco apelaciones, sesenta y cinco vocativos que confirman las intenciones de su autor, que no es más que dar lumbre a las confluencias de la literatura con la vida. Un librito audaz escrito con mucho gusto.