lunes, 24 de octubre de 2016

La soledad de los días

Los buenos libros funcionan siempre, nos dice Iñaki Uriarte en sus Diarios. “Lo que sucede –añade–, es que los buenos libros tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no sólo son las más importantes, sino que son las cosas que nos pasan todos los días”. La enfermedad, el hastío, el amor, la violencia o la soledad son algunos de los más nombrados.

La soledad, en concreto, tiene la particularidad literaria de predisponer al lector con cierta generosidad ante el infortunio que padece el personaje de la novela que lleva entre manos. El lector sabe por experiencia que, además, ésta puede llegar a convertirse en una catástrofe, por mucho que uno esté acostumbrado a sobrellevarla. Porque la soledad no es aquello que sucede cuando uno está solo, sino aquello que se siente cuando, en verdad, no puedes estar ya más tiempo contigo mismo.

El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas es una hermosa cita literaria en la que podemos apreciar las costuras invisibles que anudan la soledad en la vida de las personas. Nosotros en la noche (Random House, 21016) es una conmovedora historia sobre dos seres que habitan en distintos techos, sobrellevando una vida discreta y apartada, en un pequeño pueblo donde todos se conocen. La soledad de ambos es tan exigente como frágil y maltrecha, hasta que uno de ellos emprende la aventura de conquistar la compañía del otro.

Nosotros en la noche arranca con la visita a la caída de la tarde que hace Addie Moore a su vecino Louis Waters, al que conoce de toda la vida y que vive en la calle de enfrente. Ambos son viudos y rondan los setenta años. Addie le hace una insólita propuesta: comenzar a dormir juntos, sin sexo, sólo para charlar en la oscuridad y proveerse del consuelo de la compañía del otro e intentar conseguir un descanso más confortable, cogidos de la mano. Ambos conocen poco de sus vidas privadas, pero la determinación sincera de ella propiciará que sus corazones se junten y compartan un trozo de cada jornada. Noche tras noche, el lector descubrirá la evolución de sus encuentros, al principio embarazosos, después íntimos y comprometidos, hasta despertar la curiosidad y posterior interés de sus vecinos y, por contra, la incomprensión de sus familiares ante una relación que tachan de impropia.

El escritor norteamericano Kent Haruf (Pueblo, Colorado, 1943 – Salida, Colorado, 2014), autor de cinco novelas, dejó para el final de su carrera literaria está conmovedora historia que no le dio tiempo a ver publicada. Esta obra póstuma tan concisa, sencilla y hermosa deja un poso duradero al lector ávido de buenas historias, ese lector que sabe que la modesta tarea del escritor, como diría Elias Canetti, quizá sea, a fin de cuentas, la más importante: la transmisión de lo leído. En eso Haruf es un maestro. Su estilo sencillo y ágil produce un nexo narrativo envolvente, con unos diálogos audaces y verosímiles que, aunque el autor prescinde de puntuar a los ojos del lector, no supone un obstáculo, ni va en detrimento de su lectura. Al final, este recurso de obviar el guion en los diálogos, ofrece otro matiz singular de su autor para agudizar la tensión del propio acto de leer.

Nosotros en la noche es una novela sobria, de mucha contención. Esta versión española, bajo la cuidada traducción de Cruz Rodríguez Juiz, pone por primera vez a nuestro alcance a un escritor desconocido en nuestro país, con una obra en la que su autor solo ha necesitado poco más de ciento veinte páginas para montar una historia verosímil y nada complaciente, repleta de emociones. Haruf muestra su maestría literaria con un inicio sorprendente y un final tan revelador como emotivo, hasta el punto de dejar al lector más sensible apesadumbrado o, al menos, con un sabor agridulce.


Quizás la felicidad sea menos previsible que la desgracia. Nunca la felicidad es segura, y mucho menos infinita. Pero, desde luego, puede ser real y, en este cautivador relato, podemos comprobar sus efectos y hasta compartir con sus personajes sus momentos más entrañables.