martes, 4 de octubre de 2016

Las urgencias de la vida

En Nuestra historia (Páginas de Espuma, 2016), el nuevo libro de relatos de Pedro Ugarte (Bilbao, 1963), hay como una sensación de que algo necesariamente tenía que expresarse y contarse así, con esas mismas palabras y en ese mismo orden, hasta conformar un puzzle poliédrico por donde han de transitar diez historias familiares, cada una de las cuales con su propio descosido de infelicidad y sus propias tribulaciones, que propondrán otras maneras de dirimir las desavenencias que se dan entre sus personajes.

En este libro hay gente que está destinada a hacer todo lo que puede y, además, es lo único que se siente capaz de hacer de esa manera y no de otra. Gente admirable que posee un don especial al alcance de muy pocos, como saber hacer un regalo en cada momento sin equivocarse. Otro tipo de gente, en la misma línea de aciertos que la anterior, tiene la gracia particular de arreglar cualquier asunto que se le encomiende con tan solo hacer una llamada de teléfono. Pero no vayan a creer que todo resulta consecuente con lo supuesto, porque habrá que prepararse para lo imprevisto, habrá que indisponerse o compadecerse cuando aparezcan seres desubicados, depresivos y erráticos que pospongan las urgencias de la vida.

Las ilusiones para todos los Jorges que protagonizan estos cuentos, no desaparecen del todo, sino que parecen esfumarse de un modo temporal de sus legítimas aspiraciones. Quizá después, al retornar de los sueños que todos tienen, sus vidas cotidianas les parezcan insulsas, como una imitación defectuosa y solo aproximada de lo que anhelaban vivir. Aquel niño que un día sorprendió a su padre con la resolución de un crucigrama, o aquel amigo empeñado en reunir a la peña de antaño para rescatar de las cenizas el pasado que los unía, ambos, en sus respectivas historias, añoran ese tiempo en el que todo era más sencillo, “tiempos en que la moral de un niño, el bien y el mal, el premio y el castigo, aún tenían sentido e interpretaban con claridad un mundo sin mentiras ni doble fondo”.

No hace mucho que Ugarte dijo que las ideas para la concepción de sus relatos le vienen por tres conductos: por una frase feliz, por un personaje que se le presenta o a través de una situación. El lector tiene con esta confesión el germen de cómo el autor bilbaíno se enfrenta a este género tan exigente como es el cuento. Para un escritor de relatos, con la veteranía y oficio con la que se maneja él, que sabe desde qué ángulo tiene que exponer la peripecia de sus historias, que conoce lo complicado que es reducir al mínimo posible los artificios técnicos, a semejanza de los buenos actores que apenas se maquillan, no hay mayor preocupación que el arranque de la historia.

Podría decirse que para Pedro Ugarte enganchar al lector consiste en darle un empujón al comienzo y precipitarlo hasta el final del cuento, como evidencian estos tres ejemplos: “Entonces no supe darme cuenta, pero aquel iba a ser el día más importante de mi vida”, dice el narrador al principio del cuento Vida de mi padre, “De Elsa yo sabía lo que puede saber un hombre de su esposa: algo menos cada día”, así arranca el relato que lleva por título Enanos en el jardín, o como irrumpe Para no ser cobarde, otra historia pensada para encajar en ese arrebato: “Habíamos malvendido el piso”.

Nuestra historia es un puñado de relatos escritos con esa fuerza que otorga la narración en primera persona. Ugarte aprovecha esa fórmula eficaz para engatusarnos con las uñas afiladas de su prosa y contarnos estas historias extraídas de la vida contemporánea de la gente que habita nuestras ciudades, desde el seno familiar, desde ese núcleo primario en el que sus miembros guardan tantos secretos.

Una vez más, cinco años después de El mundo de los Cabezas Vacías, Ugarte regresa brioso y desafiante por el territorio del cuento, o lo que es lo mismo, por sus fueros, un género que tan bien conoce y domina, para mostrarnos con su prosa honda e incisiva el origen urbano de las historias precarias de sus habitantes. Nuestra historia es un libro hermoso que se sumerge, precisamente, en la cotidianidad de sus moradores para descubrirnos sus contradicciones y la parte risible de sus apuradas vidas.


La ficción hace que nos fijemos más en la vida, incluso en la ajena, una práctica que a su vez nos hace mejores lectores de los detalles que ofrece la buena literatura, que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.