miércoles, 7 de agosto de 2019

Formas de estar


La literatura difiere de la vida en que la vida está, mayormente, salpicada de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos, mientras que la literatura nos enseña a observar, porque en el proceso de creación ya se ha encargado de seleccionar los detalles que le convienen para armar su artificio. Esta enseñanza tiene mucho de dialéctica, y como diría el crítico James Wood, lo asombroso es lo que la literatura no deja de hacer: que nos fijemos más en la vida, que ensayemos en la propia vida, “lo que a su vez nos hace mejores lectores de los detalles en la literatura, que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente”.

Échale la culpa a los otros de tu infelicidad, si crees que eso te ayuda. Pero tal ilusión durará poco: al menor atisbo de lucidez verás que eres tú quien ha decidido y escogido. Y que la vida te ha sucedido de esta forma porque no pudiste hacer nada para que te pasara de otra forma”. Este apunte del Cuaderno de Iowa responde a esa toma de conciencia del tiempo, de sus intermitencias y agitaciones, por donde transita la escritura de Envejece un perro tras los cristales (Random House, 2019) de Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957), un volumen que reúne dos colecciones de notas, más de setecientas entradas repartidas entre el Cuaderno de Tokio y el Cuaderno de Iowa en las que hay mucho de insumisión y poco de complacencia.

Aunque nacido en la capital hondureña, se le considera un escritor salvadoreño, ya que desde niño su familia se mudó a El Salvador, patria de su padre. Allí se educó en el liceo de los maristas donde realizó sus estudios primarios y secundarios. Es autor de una docena de novelas, y cuenta también en su haber con la publicación de varios libros de relatos y ensayos. Fue redactor de diarios y editor de revistas y agencias de prensa, mientras residía en Ciudad de México. En la actualidad ejerce de profesor en la Universidad de Iowa. Sus tres obras más recientes, ya editadas en nuestro país, son La sirvienta y el luchador (2011), El sueño del retorno (2013) y Moronga (2018), todas ellas impregnadas del ambiente de violencia y convulsión social que se ha venido desatando en El Salvador desde el último tercio del siglo pasado.

Volviendo al libro que nos ocupa, o mejor dicho, a estos dos cuadernos autobiográficos, con diez años de distancias entre uno y otro, podemos afirmar que ambos tienen mucho de diario personal y, por qué no decirlo, los dos revelan la cosmogonía de su autor, la del escritor que se interpela a sí mismo sobre sus deseos personales y desencantos amorosos, sobre la conciencia de su letargo creativo y sobre el propio sentir de la vida literaria secreta que lleva, que se muere por leer y escribir en libertad, apartado en su cueva, como un eremita, como un solitario testarudo y neurótico. Todo lo que por aquí transcurre: epifanías, sentimientos, aforismos y preguntas, son apuntes sueltos escritos en segunda persona, en una voz escogida con toda intencionalidad, inquisitiva y descarnada, la que necesita el autor para establecer un diálogo exigente consigo mismo. Ese interlocutor es severo y caustico con su soledad. Recurre a Onetti para nombrarla y despojarla de toda máscara: “la soledad tan deseada es también el infierno tan temido”.

Todo lo que trasciende por estos cuadernos de apuntes es lo propio de un artista consagrado a su oficio, esa adicción a su propio universo creativo, que no escapa del vacío, una realidad que Castellanos Montoya requiere observar y escribir sobre ella con descontento y sin disimulo: “Algo está pasando en mi vida que se me escapa. Ahora sólo puedo dejarlo pasar. Quizá después haya tiempo para la reflexión... La adicción a ti mismo crece día tras día. ¿Qué hacer?” No oculta esta agitación interna, la que sirve a cualquiera y se entabla con el mundo y nosotros mismos: “Escribes para esconder tu mentira. Lo que dices suena a verdad, pero es nada más una máscara, tu forma de no encontrarte contigo mismo”.

Conforme vamos leyendo salen al paso otras citas y evocaciones de autores como Carver, Kenzaburo Oé, John Keats o Kenko que le recuerda a Chamfort. También se suman a este llamado escritores hispanos como Piglia, Bolaños y Levrero o pensadores como Schopenhauer y Cioran. El consuelo que le proporcionan sus lecturas le da lustre a sus apuntes, lo que significa para él un ejercicio de escritura que le proporciona compañía en esos periodos de sequía narrativa. Lo que transpira Castellanos Moya en estas notas no es más que una constante desazón inconformista que, a veces, no es fácil de reflejar, como así lo expresa: “Ciertas percepciones no pueden ser mencionadas, no pueden ser alcanzadas por las palabras. El intento de nombrarlas es inútil”.

En estos cuadernos, sobresale el genio fluido del narrador que habla despojado de humor, pero no así de un lenguaje implacable, directo y serio, a veces recio y atormentado, que no le importa verterlo con cierta retórica moralista. Envejece el perro tras los cristales es un libro inteligente y provocador, fecundo en vivencias, que muestra el lado poco amable de compaginar la escritura y la vida. Castellanos Moya encuentra un terreno fértil para explorar los límites de su escritura y, al propio tiempo, sofocar sus obsesiones más profundas.


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