lunes, 20 de abril de 2015

Memoria y vida

La literatura siempre es una cuestión de punto de vista. No hay tema que se repita si se cuenta de otro modo. Dice la escritora Marta Sanz en la introducción del libro Para ser escritor (Círculo de Tiza, 2015), de Dorothea Brande, que cuando alguien toma la palabra y se compromete públicamente con su escritura es porque tiene algo que decir. Algo que aportar al conjunto de la comunidad. Esa es una actitud honesta, más allá de la búsqueda de una imposible originalidad esencial en la que tantos escritores nóveles se obcecan. Pues bien, el autor que traemos hoy a esta bitácora sintetiza con claridad el espíritu subrayado por la novelista madrileña.

Manuel Arroyo-Stephens acaba de publicar en Turner, la editorial creada por él mismo allá por el año 1970, un hermoso libro de memorias que encaja en esas coordenadas bien descritas anteriormente. Pisando ceniza es un artefacto entre relato, novela y autobiografía, en donde el librero de viejo, editor y apoderado en su día del matador Rafael de Paula se descubre a sí mismo con este su primer libro. Y lo hace con solvencia y maestría, como los grandes del género.

El autor de este estupendo libro recuerda sus andanzas como librero, sus viajes con un viejo poeta a través de la geografía española por las plazas de toros, para seguir las faenas de un torero gitano, y cuenta, también, la vuelta a su pueblo para escuchar, en una taberna, las historias de los viejos habitantes del lugar, aparte de compartir con su madre cuestiones de siempre alojadas en el pasado o perdidas en algún punto difuso del tiempo.

El libro de Arroyo tuvo sus inicios en 1984 con el relato Región luciente, el más extenso de todos los reunidos en el volumen, un texto que leyó Carmen Martín Gaite y por el que le animó a seguir escribiendo. Para un hombre como él, imbuido en el universo editorial y conocedor de sus entresijos, no parece haberle resultado difícil encontrarse en esta nueva vertiente de escritor y, ahora nos sorprende, a propios y extraños, con este debut narrativo repleto de experiencia vital y de buena literatura. Dice Andrés Trapiello, curtido escritor diarista, que lo más difícil de todo, en contra de lo que cree la mayoría de la gente, es hablar de uno mismo. Arroyo-Stephens sí se da trazas para conseguirlo. Pisando ceniza es un texto asombroso, precisamente por lo bien concebido que está, y más aún gracias a su tono narrativo que parece discurrir con la facilidad de un soplo.

Para Manuel Arroyo, la escritura es voluntad y es imaginación. Por eso mismo, entiende que la memoria es una invención permanente. Desde esa perspectiva, el autor homenajea a un grupo de amigos a los que siempre quiso. La muerte es un asunto que le importa mucho al escritor, de ahí el título escogido. Las cenizas del pasado y los seres queridos están presentes a lo largo de los seis relatos del libro. Su tarea consiste en recopilar estampas del recuerdo, mezclarlas y unirlas en frases con temple y sentimiento: “Hace años tuve un amigo a quien vi morir –subraya– y aunque no hice un pacto secreto con él, sabía que su presencia me acompañaría siempre. La memoria es triste porque su alimento es lo perdido. Escribir sobre él fue mi manera de no perderlo del todo, de no permitir a la muerte que mate tanto como quisiera...” José Bergamín fue ese amigo con quien compartió vida, literatura y afición a los toros, un maestro del aforismo que cuando enfermó gravemente le confesaba al oído que “más que la muerte, temo ahora la invalidez; no poder valerme por mí mismo”.


En verdad, no hay placer más gratificante e inmenso para un lector que acometer una obra bien concebida, abordada desde la honestidad y escrita con total solvencia. Con estas premisas, los buenos libros están destinados a perdurar en el tiempo y, Pisando ceniza, es uno de los escogidos que cumplen ese fin. Sólo el lector que caiga en sus redes podrá ser testigo de excepción y presa complaciente de este estupendo texto de memoria y vida.