martes, 9 de mayo de 2017

A merced del tiempo

La poesía vive últimamente un momento de ebullición que se manifiesta no solo por la cantidad de certámenes y premios, sino también por los numerosos recitales y tertulias que proliferan en los nuevos cafés, librerías y espacios alternativos que han ido surgiendo en torno a esta bohemia con personalidad tan propia, de tan amplio espectro y, paradójicamente, de tan pocos lectores. En cualquier ciudad es fácil encontrarse en un café-bar a jóvenes poetas recitando sus versos, presentando sus poemarios o fusionando la palabra con música en directo, con dramatización o performances.

Algunos asistimos esporádicamente a este llamado, aunque mayormente lo que más nos gratifica es encontrarnos a solas con el libro entre las manos, en las lindes de ese espacio más acotado e íntimo de nuestro hogar, más en concordancia con el lugar de donde realmente nace la poesía: en el recato de la escritura en soledad como único empeño del poeta.

Con ese privilegio sereno y apartado del mundanal ruido, como decía el poeta, acabo de leer la obra ganadora del XI Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez. La abogada y escritora Valeria Correa Fiz (Rosario, Argentina), ha conquistado dicho galardón con su libro El invierno a deshoras (Hiperión, 2017), un poemario hondo y maduro que nombra los anhelos y los límites de la memoria personal, con una poesía sin máscara dotada de gran desnudez. También es autora del estupendo libro de relatos La condición animal (Páginas de Espuma, 2016) y finalista del Premio de Poesía Manuel del Cabral 2016 con su obra El álbum oscuro.

Es inevitable cómo la vida sigue su curso sin soslayar lo absurdo que hay en toda existencia. Pero el absurdo se lleva mejor con unas gotas de belleza. Y siempre la alegría de leer acude a nuestro rescate para recuperar a cada instante el gusto de vivir a merced del tiempo. Abrir este libro de Correa Fiz es adentrarse en un mundo simbólico. No importa tanto lo que el lector encuentre en sus versos sino lo que estos significan. Hay un interés de su autora por llevarnos a alguna parte, por producirnos sensaciones que nos revelen algún misterio. Su poesía oscila entre lo real y lo imaginario. La arquitectura de sus piezas, de extensión mediana, se sustenta en los pilares del verso largo para acomodar mejor el espíritu narrativo del poema.

Son diecinueve poemas agrupados en tres secciones en las que el sentir y el pensar irradian en igual medida. En Habitación del silencio, poema que abre la colección, una voz ensimismada y esperanzadora clama en un cuarto silencioso tratando de salvar un amor herido. Para rogar también hay que ser valiente.../ La dulzura es, también, un arma, son los dos versos catalizadores de Ella, su siguiente poema amoroso. En la cartografía de El invierno a deshoras hay piezas nacidas en lugares con marcado acento autobiográfico. Poemas italianos son Vesubio, Mercadillos del Naviglio Grande, Egon Schielle a su hermana Gerti. Aquí la redención, la satisfacción personal, el amor, la sexualidad, la belleza y el materialismo conforman el caudal de sus versos. En el poema Los malnacidos de la soja infiere en la controversia ambiental, mediante el cual hace un alegato contra el cultivo de transgénicos, focalizado en la provincia argentina de Santa Fe. American Dream es una evocación de la poeta sobre su estancia en los EE.UU. alrededor de ese sueño americano reprimido, tan delicuescente y materialista. Teseo en el parque del Retiro es un poema que tiene como inspiración ese paraje madrileño laberíntico tan propicio a despertar y avivar recuerdos. Lázaro y Babilonia, quizás sus dos mejores piezas, tienen ambas un calado bíblico. En la primera, el hombre que escribe lo hace para alejarse de la muerte, no es ningún Lázaro a expensas de resucitar. En la segunda, el poema presenta un fresco inspirado en la obra pictórica de Hopper como profecía de aquello que la Historia repite continuamente acerca del becerro de oro que a todos nos subyuga: todo es igual desde el inicio/ pero distinto como un código de barras.

La poesía de Correa Fiz se enmarca en una voluntad narrativa de contar historias en los límites que otorga la condensación e intensidad que exige el verso donde la contención y el ritmo son imprescindibles. Hay, además, cierta sutileza pop en algunas de sus composiciones con título de canciones y epígrafes musicales como Nightswimming, un poema bajo los acordes del grupo estadounidense R.E.M., o Strawberryfields, título legendario de The Beatles, dos plegarias líricas, la una de amor desatado, la otra de infierno y castigo.


El invierno a deshoras se parece a una posada con muchas puertas. Se puede entrar en ella por distintos lugares y habitarla en cuartos distintos, pero en todos el sentir y el pensar se acoplan y se funden para hablarnos de ese raro asunto que llamamos vida.