lunes, 12 de junio de 2017

La luz no es la misma

Han transcurrido más de treinta años en el significado de esta frase para la protagonista de la historia del libro que traemos a esta bitácora. La luz no es la misma porque, precisamente, el tiempo se ocupa de incidir en ella a cada instante. La vida de las personas, como la que se cuenta aquí, es un fiel reflejo de sus particularidades luminosas y de sus sombras. Incluso puede llegar a ser la consecuencia inevitable de toda una existencia puesta en un objetivo, en un destino, en un deseo irrefrenable. Esta es una historia que tiene como escenario San Petersburgo, la ciudad fundada por Pedro el Grande que la convirtió en la ventana de Rusia hacia el mundo occidental, una metrópolis que no tardó en liderar tanto las artes escénicas como en atraer la atención mundial por su intensa vida cultural. Fruto de esta ebullición imparable, se fundó una academia de baile que alcanzaría fama universal bajo el nombre de Ballet Mariinski.

Precisamente desde la ciudad del Neva, la narradora de esta historia de amor y de pasión por la danza rememora su vida y andanzas, ahora que ya cuenta con cincuenta años, desde que entró en la prestigiosa Academia Vagánova hasta que alcanzó su esplendor como primera bailarina del Teatro Mariinski.

Patricia Almarcegui (Zaragoza, 1969), ensayista, profesora de literatura comparada, filóloga y viajera impenitente, algo que le viene de lejos y que tiene mucho que ver con su dedicación profesional al ballet, desde que, con apenas dieciocho años, se trasladó a Roma para formar parte del elenco de artistas del Balletto di Roma durante tres temporadas, es la autora de esta intensa y absorbente historia de amor, sacrificio y dolor de la protagonista de La memoria del cuerpo (Fórcola, 2017), una bailarina de la que tan solo conocemos que se llama P.A., las mismas iniciales suyas.

Almarcegui desarrolla los hilos del tiempo en un relato que, en gran medida, alberga parte de su biografía. Podría atreverme a afirmar que en la novela de la escritora aragonesa hay una solapada intención de recobrarse a sí misma, como si se tratara de una Penélope atareada en deshacer e hilvanar el tejido de su propia historia sobre su gran pasión por la música y el ballet.

En la obra de un escritor, cualquier cuestión que implica experiencia y vida ajetreada es crucial, además de ser una fuente estimulante de inspiración. Estamos habitados y ocupados por nuestra propia historia viene a decirnos la narradora de estas memorias noveladas. A lo largo de las cuatro partes que conforman su estructura se va mostrando al lector la relación con ese mundo artístico que va exhibiendo el alma de su protagonista: sus anhelos, sus tropiezos amorosos, su afán de superación, sus éxitos profesionales, su extrañamiento y su soledad. Ese universo que percibe como artista, como cuerpo que siente el paso del tiempo y que se resiste a su degradación, sigue en pie y en alerta, vivo en su espíritu, en un flujo continuo de ponderar la trayectoria de una carrera artística que se ve limitada debido al desgaste del cuerpo, algo tremendo e insoportable para el artista de la danza: no sentirse ya en los comienzos prometedores, ni en la cima, sólo consolándose en recuerdos vívidos pero, al fin, pretéritos.

La memoria del cuerpo es una narración amena y emotiva, de título hermoso y metafórico, escrita en primera persona, con una voz narrativa potente y llena de evocaciones musicales y literarias. Estamos ante una obra que irradia pasión y vida, que destila emociones y que insiste en la hermosura de esa lucha y entrega persistentes, solo al alcance de unos pocos, por lograr sus sueños.

El espíritu de superación y los miedos escénicos se funden en un relato verosímil unido a la vida cultural intensa de una ciudad diseñada para ello como San Petersburgo, provocando en el lector una empatía natural con la narradora que hace que éste se sienta su confidente y, además, observador de los pasajes de su vida, de sus vínculos, de sus obsesiones y debilidades y de sus metas y fracasos.

Patricia Almarcegui firma un testimonio narrativo en el que está presente la cruda alegoría de la condición humana y sus azares, su memoria y sus huellas, un relato que cuenta una historia ajena de ambición y sacrificio que, inevitablemente, merodea por la suya propia.