martes, 8 de agosto de 2017

Punto de alcance

Escribimos lo que deciden las palabras, decía Carlos Pujol. Las palabras son, en verdad, las que determinan la validez de lo escrito, su trascendencia. En literatura las buenas ideas, los buenos poemas se reconocen enseguida: tienen ese hálito trazado, ese cauce de palabras que sorprenden y despiertan nuestro letargo. El poeta se juega la vida en cada palabra. Además, el poeta está para mirar y ver lo que no se ve. Para lo que se ve, como afirmaba el autor de Cuadernos de Escritura, ya está el resto de la gente. El lector, al fin y al cabo, es el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido.

Hablar sobre lo leído es interpretar el juego de palabras propuesto por el escritor. Pero cuando se trata de hablar de poesía es, además, descifrar un enigma, un misterio. Es aventurarse a seguir la cartografía trazada por su autor en sus poemas, andar por sus rutas sin intención de tomar atajos, solo con ánimo de explorar sus entresijos. Leer es ensanchar el mundo, dice el poeta; escribir es escarbar en él. Al poeta Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) le gusta ese verbo transitivo y todas sus acepciones para definir, o mejor dicho, para hacer su poesía: escarbar en el mundo, removerlo, ahondarlo, cavarlo hasta horadar repetidamente su superficie y extraer sus partículas.

Ultramor (Renacimiento, 2017) es el tercer poemario suyo publicado tras la senda emprendida con La noche tatuada (2013) y Don de lenguas (2015). Para un poeta tardío como él, secreto y ágrafo en su juventud, el bagaje de su alma poética se ha tenido que ir forjando a través de lecturas y referencias clásicas. Seguir la tradición, a fin de cuentas, consiste en recibir la herencia del ayer y entregarla con la otra mano al presente y al mañana, pero no sin antes haberle añadido algo propio: un matiz, un tono, una particularidad, un suspiro... En se sentido, Brezmes pertenece a ese prototipo de poeta que ha sabido esperar el paso de los años para emerger, desde su larga experiencia vital, y dar luz a ese mundo simbólico lleno de significados, escalofríos, temblores y perplejidades que le han acompañado durante décadas. Si en la primera entrega el poeta andaba sumido en contornos góticos y sentimentales, en el segundo poemario hay un propósito creativo de ensalzar el lenguaje. Ultramor es una puerta más amplia y más ambiciosa que sus dos obras anteriores, que pende del propio título e invita al lector a una travesía desde lo irracional a la reflexión, desde el asombro a la paradoja, desde el misterio al razonamiento: No sé bien por dónde empezar./ Verás, la realidad no existe,/ pero existe su posibilidad y eso/ es lo que mantiene al mundo en vilo (pág. 15). En realidad el que escribe nunca va solo, siempre lleva consigo al “otro”, que como decía Proust es el que sabe escribir de veras: Qué insensatez la tuya de leerme,/ pudiendo ser penumbra o muchedumbre/ haber caído aquí, y aquí soñar (pág. 17), se dice en los primeros versos de uno de sus poemas en el que homenajea con sutileza al novelista francés.

El poemario, tras una cita de Kafka, que pone el punto de inflexión hacia donde se encamina el poeta, inicia su andadura con una declaración al dictado de su propósito: No es mucho lo que pido:/ oblígame a decir lo que no sé,/ enséñame a escribir mi nuevo nombre/ (pág. 9). Tras esta apertura, el libro está divido en dos partes: en la primera, bajo el epígrafe de Ojos que no ven, el autor despliega treinta y cuatro poemas para mostrar sus latidos y preguntarse por qué está de nuevo aquí, como hacen los nadadores que se adentran en el infinito mar: por el puro placer de deslizarse,/ inmunes al abrazo de la lluvia (pág. 18). Pero también dice el poeta que está aquí para contar que: lo perdido me llama/ y algo de mí llama a lo perdido (pág. 21). Como lo está igualmente para acudir con cautela a la memoria: Me dan miedo los espejos, esos seres/ que, después de hechos añicos,/ siguen siendo uno en cada trozo (pág. 32); o desvelarnos el secreto de Las cosas impares: Lo impar se nos revela a cada instante/ y sólo es en su esencia indivisible/ que el ser se manifiesta sin su doble (pág. 51).

La segunda parte reúne treinta y dos poemas en torno al mantra Corazón que presiente, por donde transita mucho el tiempo, el sueño y la noche: Somos/ lo que cobra vida/ tras apagar los libros (pág. 65), dice en uno de ellos. En los versos siguientes: La droga de la noche vuelve/ con su dosis exacta para hundirse/ en la tinta sedienta de palabras (pág. 69), el poeta continúa desvelado en pos de sus exploraciones.

Quien se disponga a adentrarse en la lectura de Ultramor le resultará una experiencia poética provechosa: poemas con predominio del endecasílabo, bajo una mirada metafísica y escrutadora que no impide que la claridad de sus versos trascienda a pesar de su simbolismo. Hacer poesía es un ejercicio de tiro que exige tino y temple. No importa tanto lo que se dice como lo que se significa, pero se necesita puntería, y Brezmes es fiable y certero en sus lances. Para ello, solo basta que la tarea del poeta, como dice Claudio Rodriguez, esté del lado de lo que él entiende por poesía, más que preocuparse de explicárnosla y de adornarla.