viernes, 18 de agosto de 2017

Riego por aspersión

La literatura, en todo su ámbito, discute los mismos problemas que discute la sociedad, pero de otra manera, a veces lo hace por inundación, otras por aguacero o por goteo, pero también, por aspersión, y esa manera de hacerlo es, ciertamente, la clave de todo. La literatura tiene mucho que enseñarnos sobre la vida y sus consecuencias.

El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas destila mucha sintonía con esa idea de riego literario. Daniel Monedero (Valladolid, 1977) traza en diez relatos un fresco narrativo gozoso y perspicaz por donde transitan vidas anodinas que, a modo de riego por aspersión, deciden salir de ese anonimato en el que viven, como se puede entrever en la intermitencia de este subrayado obtenido de sus páginas: En la vida existe algún orden secreto, alguna narración coherente en la sombra, para no perder la cabeza... La gente teme lo que ignora... Qué difícil creer que un mismo libro pueda servir para tantos hombres y mujeres diferentes, cada uno con su páncreas y su dolor intransferible de vértebras... Las palabras son capaces de agrandar la propia geografía... Vivir es reunir valor... Por mucho que se viva no hay quien descifre la vida... La vida es una sucesión de lavadoras de ropa sucia... Todas las historias prometen cosas que nunca cumplen.

Todas estas conjeturas y reflexiones extraídas de Manual de jardinería (para gente sin jardín) (Editorial Relee, 2016) podrían avistar, a vuelapluma, de qué va esta ópera prima. ¿Para qué sirve un manual? A este respecto, el Diccionario de Uso del Español de María Moliner dice que un manual es un tratado breve de alguna materia, un prontuario, un vademécum, o también, un libro en que se compendia lo más sustancial de una materia, según el Diccionario de la RAE. Esto sería el concepto y el significado que justificarían la esencia de cualquier manual, menos de este. El guion narrativo de Monedero no propone ningún procedimiento didáctico, ni de vida ni de literatura para explicar lo que el lector presupone deducir del título, pero sintoniza con la poética de Sábato que no se cansaba de decir que la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, tal vez la más completa y profunda, de examinar la condición humana.

Todas las historias que se cuentan aquí se tejen con la trama de los seres que la habitan, enredados en sus quehaceres, y que tratan de tirar de su propio hilo para desmadejar el ovillo de sus vidas inconsistentes. Cada una de ellas pertenece a ese mundo que aglutina a tantas vidas paralelas e insólitas. Todas son vidas dispares igualmente, laboratorios donde sus moradores experimentan fracasos y pasiones en ciernes. Precisamente en el primer relato, el más breve de todos, que lleva por título Universos paralelos, el narrador, valiéndose del modo subjuntivo, vuelca con viveza, y en un sólo párrafo de cuatro páginas sin puntos seguidos, un monólogo interior desatado que evoca el desamparo de un amor ausente.

Manual de jardinería presenta un microcosmos de vidas inciertas que buscan resarcirse de un destino que no le es propicio, gente que prueba salirse de las ataduras de su existencia anodina. Llamadme Mississippi, Manual de jardinería y Sylvia & Ted quizá sean sus mejores relatos, tres homenajes literarios que van desde Mark Twain, pasando por Wislawa Szymborska, hasta Sylvia Plath. En el primero de ellos hay un monólogo escénico donde el amigo de Tom Sawyer se explaya sobre el vacío de su alma anhelante de felicidad, resumiéndola en que ésta solo consiste en “unas sílabas que burbujean en la lengua”. En el siguiente relato que pone título al volumen, su protagonista es un joven negro de cien kilos de peso que vive en el barrio de Queens de Nueva York y que ha sido inoculado por la poesía de Szymborska, siente ese prodigio, hasta el punto de creerse reencarnado en la propia artista polaca. Ray creía que el conocimiento se poseía viajando, pero tras llegar a Cracovia revela que los mapas del saber se amplían de un modo inimaginable con el conocimiento del idioma: Las palabras están habilitadas para ensanchar la propia geografía, viene a decirse. Y la última de estas tres piezas, la más trascendente, a mi juicio, Sylvia & Ted, es un cuento con aire cinematográfico en el que no falta nieve en la calle, fuego en el hogar y mucha literatura. “La vida es así –dice la protagonista del cuento–, uno se pasa el tiempo haciendo cosas horribles por temor a vivir otras cosas horribles”.

Daniel Monedero, con este destacado debut literario, gracias a la prosa poética exhibida, escrito, además, con mucha audacia, humor y frescura consigue atrapar a ese lector entusiasta e incondicional de la literatura breve. En ese sentido, lo que hay en este jardín es humus literario abundante en cada una de las historias subterráneas que esconden sus cuentos, ricos nutrientes narrativos que conviene probar y no perderse.

La buena literatura puede con todo. No hay manual ni maneras que se le resistan cuando la toma en serio quien la ejerce, con oficio y esmero, contando historias que pinchen, que atrapen y que arriesguen, propiciando la feliz tarea de seducir de lleno al lector más exigente. Esa es la tarjeta de presentación de Daniel Monedero, un escritor que, como afirma Matías Candeira en su sentido prólogo del libro, no es nuevo y sabe lo que se lleva entre manos.