miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hijos del exilio

Siguiendo la estela de Monasterio (2014) y Signor Hoffman (2015), sus dos anteriores novelas, Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publica Duelo (Libros del Asteroide, 2017), otra indagación, como ha venido haciendo en estas y otras obras predecesoras suyas, sobre sus raíces identitarias, un viaje permanente a sus orígenes y a su estirpe judía. No cabe duda de que el autor asume esta dimensión narrativa como proyecto literario en pos de seguir explorando en la memoria y en la genealogía de sus antepasados, hasta el punto de que dicha obsesión personal le propiciará inopinados encuentros con hombres y mujeres variopintos por diferentes países y lugares relacionados con el origen y con el éxodo de sus abuelos. Esa búsqueda perpetua por encontrar respuestas a su pasado, conducirá al narrador a estrechar vínculos sorprendentes con la historia reciente, y a nosotros, como lectores, a relacionarnos con personajes curiosos que recobrarán protagonismo, añadiendo lustre y significado a la existencia escrutadora implícita en la narración que nos acerca a su linaje.

En esta ocasión, Halfon se enfrenta a la autoridad paterna incumpliendo su orden de no escribir acerca de un tío suyo desaparecido hace décadas. Esta insistencia indagadora le llevará a rastrear los entresijos secretos de su familia a través de contactos de parientes por diferentes escenarios y hogares. También en las pérdidas se fundamenta la vida, viene a decirnos, aunque en silencio, el narrador de Duelo, su alter ego, un joven judío nacido en tierras caribeñas, crecido y educado en Norteamérica, que rastrea la muerte de aquel niño llamado Salomón, a orillas del lago Amatitlán, tratando de esclarecer, ante tanta nebulosa sin despejar y ante tantos puntos suspensivos sin acotar, cómo sucedió en verdad aquel infortunio.

Duelo continúa, además, con ese ciclo autobiográfico emprendido en sus inicios con Saturno (2003) y El boxeador polaco (2008) en el que el narrador recurre a personajes de su álbum familiar, deshilando sus historias errantes para explorar en esa condición de permanente desarraigo histórico a la que pertenece, judíos emigrados llegados a Guatemala antes de trasladarse a Estados Unidos, y poner marco a ese sentimiento de búsqueda de sus raíces. La novela arranca con un recuerdo infantil acerca de un secreto familiar que el narrador le oyó contar a sus padres. La muerte del hermano mayor de su padre, el tío Salomón, es el eje de esta autoficción, un engranaje literario habitual en el imaginario de Halfon, para conducirnos al territorio deslocalizado, sin asentamiento, de su gente. En esa peregrinación transversal al pasado, el narrador, después de recorrer la ruta de los suyos, desde tierras libanesas y polacas, pasando por el internado de uno de sus abuelos en el campo de concentración más fatídico de la historia, Auschwitz, regresará de nuevo al enigma de aquel accidente fatal para tratar de hilar sus cabos sueltos.

Tener una voz propia es un ejercicio que lleva toda una vida. De alguna manera, escribir es un ajuste de cuentas con la realidad y sus confluencias. Para Halfon la vida es un relato del que penden distintos argumentos cuyos desenlaces vienen del pasado y a esa memoria acude con inusitado empeño, para dialogar y buscar respuestas al presente.

Duelo es un libro hermoso y sentimental, ligero y profundo, escrito con una prosa destilada, sin adornos, pero muy emotiva, que bucea en los mitos familiares. Desde su sencillez narrativa, Halfon conmueve y seduce, llevando al lector al territorio de sus ancestros y de su linaje, tocando el alma de las cosas, alentado por la conciencia de saber que todo bagaje personal se fragua en lo que hemos sido y lo que nos resta por vivir y que nos empuja a seguir indagando.


Si como dicen algunos, la primera obligación de un libro es ofrecer hospitalidad al forastero que decide entrar en su posada, esta premisa no le resultará peregrina ni extravagante al lector que pruebe con la obra de Halfon. Porque si hay algo propio y singular en la escritura del escritor guatemalteco es, precisamente, esa calidez narrativa y esa prestancia para agarrar al lector hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura. Duelo es buen ejemplo del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con una voz sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, a través del universo definido que esa voz transporta y relata emotivamente para nuestro gozo.