lunes, 13 de mayo de 2019

No ser nadie


De Robert Walser (Biel 1878, Herisau, 1956), más que su obra, se conoce la influencia que ejerció sobre muchas figuras literarias de su época. Admirado por Kafka, en cuya obra se refleja su influjo, elogiado por Thomas Mann, Hesse, Zweig, Canetti, Benjamin y, sobre todo, Robert Musil. Todos ellos lo consideraban un autor de culto, escritor para escritores que solo, desde hace poco, ha comenzado a ser acogido por un público lector más extenso, en buena parte gracias a algunos de sus seguidores que nos han familiarizado con su estilo y su poética, aquella en la que la fugacidad de lo cotidiano es fuente de agitación y posterior vacío.

Walser escribió elegantes fantasías poéticas en las que retrató a su vida como una feliz identidad de anónimo paseante por la nieve. Maestro en el arte de la fuga, buscaba desaparecer en la inmensidad de la existencia. Prueba de su gran talento narrativo y capacidad de provocar perplejidad también se debe a esa empatía compasiva que transmiten sus textos hacia su manera de entenderse con lo que le rodeaba. La enfermedad mental que padeció a lo largo de su vida no le impidió escribir una prosa refinada, ingenua y poética que sigue siendo referencia en la narrativa contemporánea. Cesó toda actividad literaria cuando fue ingresado primero en el sanatorio de Waldau y posteriormente en el de Herisau, un confinamiento total del mundo que le condujo a la desolación y, ante todo, a la renuncia del yo, a su grandeza y a su dignidad.

Jesús Montiel (Granada, 1984), profesor de Lengua y Literatura, poeta con cinco poemarios publicados, entre los que destacan Placer adámico (2012), Premio Hiperión, y Memoria del pájaro (2016), autor también de tres libros de difícil encasillamiento, entre narrativa fragmentaria, prosa poética y aforismos: Notas a pie de instante (2018), Sucederá la flor (2018) y El amén de los árboles (2019), acaba de publicar Señor de las periferias en la editorial Pre-Textos, una maqueta literaria profunda y sentida sobre la vida y obra de Robert Walser. Montiel, con ese estilo personal y preciso, tan característico suyo, nos hace caminar junto a Walser y mirar las cosas del mundo casi con los ojos del poeta helvético, con imágenes sorprendentes y prosa preciosista, como si su proceder narrativo se construyera desde la piel del poeta. Es esa la sensación cautivadora que transmite lo escrito en su libro, y se debe a la atención lírica del relato, en el que apura su presencia en cada uno de los pasajes escogidos de su biografía.

El libro está divido en cinco capítulos bien marcados cada uno en una determinada época de la vida de Walser, e ilustrado con fotos suyas para mostrarnos la singularidad como escritor y como ser humano de alguien nacido para vagabundear entre ensueños y fantasías, como Hölderlin, hasta caer, igual que el poeta alemán, víctima de una incurable alienación. Todo esto, nos dice Montiel, viene de esa etapa suya tan determinante como fue su infancia: “Un niño es todas las edades”. Y prosigue: “Podemos rastrear un niño en todos los Robert Walser. Sus libros, su vida entera, si pudiéramos cogerla como una flor, cerrando el puño, desprende la fragancia salvaje de la infancia, un olor insoportable a niño”. Para un niño sensible como él, esa adversidad de no ser tenido en cuenta entre los suyos, lo convierte en pura expectativa, en un ser necesitado de abrazos, en eterno deseo de hacerse visible entre sus seres más queridos, ser uno más, ser alguien. Se ha dicho de él que es el poeta más secreto de todos, y tal vez no sea exagerado.

Continúa el libro su senda por la vida de Walser, su paso de niño a joven y, luego, de joven a adulto, para mostrarnos su apego a la literatura y la inutilidad de su trabajo de oficinista. Lee con entusiasmo a Goethe y Schiller. Sufre sobremanera al enfrentarse a un padre autoritario que le arrebata sus libros para arrojarlos a la hoguera. Ni desespera, ni claudica. Memoriza mucho lo que lee y aprovecha cualquier resquicio para mejorar su dicción, aunque más pronto que tarde, se da cuenta de que no tiene cualidades para el teatro al que le hubiera gustado dedicarse. La oficina se convierte en el lugar propicio para resarcirse del mundo de fuera: “En ella se gesta el hombre contemplativo, un joven que aprende a reflexionar gracias a todo el tiempo que dispone”. Y entonces comprende que escribir le compensará de su infortunio: “escribe para ausentarse”, al tiempo que comprende que “la literatura es una soledad, una mesa, un papel en blanco y mucho tiempo sin hacer nada importante”.

A Walser se le diagnosticó esquizofrenia y a él, en cierto modo, ya le valió ese dictamen médico, pues, como le dijo a Carl Seelig, un gran amigo dispuesto ayudarle tanto en lo personal como en su obra, quería disfrutar de los años póstumos: “Son pocos los que saben disfrutar de su vejez, cuando puede ser tan satisfactoria. Está comprobado que el mundo aspira a volver siempre a las cosas sencillas elementales”.

Jesús Montiel ha escrito un hermoso cofre literario, una miniatura exquisita en tan solo setenta y cinco páginas capaces de resumir una biografía tan excepcional como esta de el Señor de las periferias, el personaje más enigmático y el escritor más original de todos los escritores suizos. Nadie sabe si este paciente estaba loco, pero, en cualquier caso, sus destellos de sabiduría han quedado grabados para siempre en la poética de su propia obra y en la posteridad de la literatura.


No hay comentarios:

Publicar un comentario