miércoles, 8 de mayo de 2019

Subterfugios y mixtificaciones


El aforismo se abastece de observaciones de la realidad circundante. Con ellas sacude al lector, subvierte incluso el significado habitual de las palabras que ocultan los hechos, y así procura incitar a la reflexión. Ensayar esto no es solo intentarlo, es abrir posibilidades, producir destellos, irrupciones, efectuar incisiones, permanecer en algo para decir mucho más, procurar desplazamientos y, en definitiva, procurar esa chispa en la que, como Platón nos recuerda, si uno se demora en ella, de repente se produce algo otro, para nuestra vida común, para la existencia, para la realidad, para el pensamiento. Esto implica asumir que lo que hay no tiene por qué ser inexorablemente así. Y, en cierto sentido, eso nos reconforta.

Javier Vela (Madrid, 1981) irrumpe con su nuevo libro en esa idea platónica que tiene por tanto mucho de llamada, de convocatoria y de pronunciamiento sobre lo que la escritura ofrece al lector de compañía y fingimiento en ese decir de las palabras. Con Libro de las máscaras (Pre-Textos, 2019), además, se une a otra idea literaria basada en el juego de la mistificación de la cita. La gran emboscada de estos aforismos amparados bajo el disfraz de un autor inventado, Juan Iturbe, es, precisamente, esa, la de hacernos creer que estamos ante su obra ecléctica, extraída de un cuaderno de notas del poeta. Y es desde ese supuesto manuscrito desde el que Vela despliega su pericia aforística urdiendo un juego burlón y misterioso por donde transitan las breverías de aquellos autores egregios que ponen nombre al texto implícito que conforman un espléndido arsenal de ideas y epifanías propiamente suyas y apócrifas.

Ya nos alerta en el prólogo con esta advertencia: “La confusión de géneros a que se presta Libro de las máscaras sigue en última instancia las trazas distintivas del cuaderno de notas, donde la glosa libre se avecina a la observación minuciosa, la máxima al adagio, el comentario lúdico al escolio y el verso neto al cuento filosófico de cierta concisión”. Vela con toda esta salvedad se ciñe y constriñe para que el lector transite por su libro como si se tratara de una antología de sentencias y ocurrencias pensadas por autores desconocidos, a los otros los entrecomilla, que le han valido para armar los pensamientos de filosofía que han derivado en un volumen en el que se entrecruzan ideas y perplejidades de muchas supuestas firmas dispersas por todo el libro.

Muchos parecen proverbios, como este adjudicado a un tal As-Alarif: “Más rápido que tú corre el camino; si quieres llegar pronto, sé paciente”. Otros se ciñen a la agudeza y observación: “A la verdad, como al teatro, se puede entrar por más de una puerta”, atribuido a otro tal Slöberg. Incluso hay retazos aforísticos sacados de entrevistas supuestas, como este de un tal Cassavettes: “Quien discute con otro habla contra sí mismo”. O este elogio de la naturaleza del pensador apócrifo Yakahashi: “Todo en el aire es vuelo”. O esta otra agudeza atribuida a Tabucchi: “El hombre es el único animal que come y ama a la carta”. El libro está repleto de ejemplos de este proceder de rescate brillante de supuestos anonimatos como estos que siguen: “El autor es un accidente del texto”; “Viajar es dar un paso hacia uno mismo”; “Por el dolor llegamos a la vida. Por él la abandonamos”; o este otro que es uno de mis favoritos: “Mi hogar es el instante”.

Viene a decirnos Javier Vela, que el aforismo no posee un aforo confortable en un solo sujeto, sino más bien vaga en el aire con esa pizca de misterio pendiente de mayor rescate hasta cumplir una función práctica de alcanzar la conciencia de más gente. Este libro posee esa gracia y licencia de otorgar al aforismo esa inclinación, lucidez y gusto por el fingimiento y la paradoja. Tal vez, a medida que vamos engarzando los aforismos que aquí están reunidos, nos acerquemos a esa idea que trasciende en su seno, como si se consumiera en esa otredad de la que nos hablaba Pessoa y que el portugués resume en estas tres consecuencias: “vivir es ser otro” y “leer es soñar de la mano de otro”, porque “cada uno es mucha gente”.

La libertad creativa desplegada en este Libro de las máscaras hace ver que, desde el género conciso, existen campos por explorar. Este es un excelente e insólito ejemplo de ello, un ejercicio de intensidad e imaginación fiel al capricho de su autor donde se conjugan la belleza y el pensamiento, compartidos con las aristas provocadoras de la realidad, un libro tan divertido como heterogéneo, escrito con vivacidad y tinta heterodoxa, un breviario pródigo en observaciones que sacude y subvierte la autoría de las palabras, y así, les son servidas al lector para que las tamice a su antojo y provecho. Para nuestro goce, nos encontramos ante un texto portátil, omnívoro y alimentado de todo, pero especialmente de literatura.


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