jueves, 12 de marzo de 2026

La consciencia del paso de los años


Las despedidas son un tema recurrente y central en la literatura, abordadas no solo como un final, sino como un punto de inflexión, de transformación, de amor, de dolor, de esperanza, o de cierre de trayectoria. Algunos autores lo han explorado como una mezcla melancólica de sabiduría. Y así, por ejemplo, en Romeo y Julieta, Shakespeare capta la paradoja de la despedida con esta luminosa frase: «La despedida es una pena tan dulce, que diré buenas noches hasta que sea mañana». La poeta Emily Dickinson se ciñó a resaltar que las despedidas conforman un sumatorio de la experiencia humana sobre la eternidad. El autor uruguayo Mario Benedetti enfoca la despedida a menudo como un acto necesario para el crecimiento emocional. De alguna manera, como apunta Clara Obligado, todos los seres estamos hechos de despedidas.

Julian Barnes (Leicester, 1946) aborda en su nuevo libro Despedidas (Anagrama, 2026) esta ceremonia del adiós a su trayectoria literaria tras cumplir ochenta años, y más de cuarenta como escritor, mediante una novela ensayo con aires de memorias, en la que el británico la presenta a sus lectores como su última obra. Celebra, por tanto, el final de un periplo creativo y vital, sintiendo, con elegancia y serenidad, que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Barnes acude a su memoria con soplo filosófico, partiendo de una historia de largo recorrido sentimental entre dos amigos suyos universitarios, Jean y Stephen, una pareja que vuelve a reencontrarse cuarenta años después, reanudando su relación hasta conformar un matrimonio tardío.

Barnes se sitúa en escena como personaje, narrador y como un depositario de las confidencias de Jean y Stephen, algo parecido a una caja de resonancia moral y emocional de ambos. Este reencuentro amistoso permite al lector asistir a un ir y venir entre escenas de la vida de la pareja, reflexiones del narrador sobre lo que recuerda o rectifica, y digresiones ensayísticas sobre la memoria como identidad, el paso del tiempo, las decepciones y su toma de conciencia, las verdades de la vida y, por supuesto, las despedidas. La novela trata, también, de la identidad construida por uno mismo y de cómo la mirada de los demás influye, sin olvidarse el autor de desplegar, a su vez, sus ideas y convicciones sobre el arte de la literatura: “Podemos y debemos confiar en los novelistas –subraya– cuando nos cuentan las hermosas mentiras de su ficción, pero tenemos permiso para ser cordialmente escépticos cuando nos hablan de sus métodos de trabajo... y desvelan «de dónde sacan sus ideas»”.

Despedidas revela verdades cristalinas de la vida, contadas desde la experiencia y la propia ficción, con todas sus ambigüedades, sus ambivalencias, sus paradojas imposibles de resolver. Parte, por tanto, de una situación autobiográfica. Barnes se mira en este trayecto final de su vida, diagnosticado de cáncer, y se pregunta cómo narrarse con honestidad cuando se es consciente de la proximidad definitiva de un final y se es consciente de que los recuerdos son frágiles y contradictorios. Igualmente, explora el deterioro físico, el duelo, las segundas oportunidades amorosas y cómo el pasado se reescribe cada vez que lo recordamos. Más que una línea argumental, el libro está estructurado en varios capítulos en los que abundan las disquisiciones sobre la memoria, el discurrir del tiempo, el cerebro y el propio acto de narrar.

Destaca su tono coloquial y elegante. No es un libro solemne, sino de una melancolía ligera y cercana en el que no falta el humor seco británico y una aceptación sobria del declive físico y la proximidad de la muerte. sin tener que acudir al resorte de ninguna épica, consciente de que “la cabeza y el corazón rigen mientras el cuerpo declina. Pero mejor así que al revés”, añade. Barnes repite en Despedidas muchas de las obsesiones de su anterior libro El sentido de un final (2012), casi un laboratorio sobre la memoria como construcción, pero llevándolo a un terreno más abiertamente crepuscular y autobiográfico, desde la meditación, preguntándose qué versión de uno mismo debería quedar como definitiva.


Diría, para finalizar, que pocas veces el lector se va a encontrar con un título más explícito como este. Barnes lo afronta con un tono de despedida cortés, insistiendo que este será su último libro, dirigiéndose directa y finalmente al lector con tintes afectuosos, como rúbrica entrañable de una vida de escritura: “espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años... no, no dejes de mirar y después me esfumaré. No, no dejes de mirar”, más próxima a una carta personal que a un desenlace propio de una novela de misterio. No es un libro triste, ni mucho menos, es un texto encomiable que destila la alegría de quien, por derecho propio, ha decidido el momento de decir adiós con una lucidez literaria admirable.