miércoles, 7 de marzo de 2018

El trajín de las palabras


Estamos hechos de palabras. Las palabras, además, viven en los sentimientos de las personas, no solo en la Historia, forman parte del alma de la herencia cultural y duermen en la memoria. Las palabras son gérmenes del pensamiento, de las ideas y, además, nos sirven para entendernos. El lenguaje, como sostuvo el poeta y ensayista venezolano Rafael Cadenas, es inseparable del mundo del hombre: “más que al campo de la lingüística, pertenece, por su lado más hondo, al del espíritu y al del alma”.

Por otro lado, la lengua natural que hablamos es, como diría Fernando Lázaro Carreter, el archivo a donde han ido a parar las experiencias, saberes y creencias de la comunidad. Pero este archivo, como subrayaba el académico, no permanece inerte, sino que está en permanente actividad: los hablantes mudan el valor o la vigencia de las palabras y de las expresiones. Este cambio es notorio y frecuente porque algunas veces se tornan obsolescentes, y tienden a la extinción; otras, por el contrario, se incorporan al uso, en no pocas ocasiones con connotaciones muy diversas.

El escritor peruano Fernando Iwasaki (Lima, 1961), historiador, novelista y autor destacado de libros de cuentos, como Ajuar funerario (2004) o España, aparta de mí estos premios (2009), afincado en Sevilla desde hace más de treinta años, acaba de ganar el IX Premio Málaga de Ensayo José María González Ruiz con un libro desenfadado que acerca el idioma español de las dos orillas del Atlántico abordando no solo la herencia cultural de las palabras o sus connotaciones, sino también su parentesco y controversia en muchos de sus vocablos, que no guardan ninguna relación en cuanto a su significado en uno y otro lado.

Las palabras primas (Páginas de Espuma, 2018) es un compendio de voces a través de los tiempos y, a su vez, un extenso pasadizo de conexión entre el habla española y el habla latinoamericana. A este propósito responde Iwasaki que su libro “será un conjunto de ensayos acerca de la perplejidad que supone hablar una lengua que es propia y ajena al mismo tiempo, porque es la misma de España aunque no es igual a la de América Latina”. En ese sentido, todos los artículos, conferencias e, incluso, hasta el pregón pronunciado en la Fiesta de la Vendimia Montilla-Moriles que conforman la obra, responden a esa intencionalidad de hablar de muchas “palabras primas” de aquí y allá que todavía continúan asociadas a nuestra memoria sentimental e histórica allende los mares.

Por estas páginas discurren palabras que se prestan a los juegos de naipes y otras muchas que responden a los placeres del vino, así como otras que derivan en la cocina y relucen en el mantel de la mesa. ¿Por qué la papa americana cuando llegó a la península se convirtió en patata? ¿Por qué la polla latina es una apuesta en las carreras de caballos, y la polla española se convirtió en lo que todos sabemos? Aunque Iwasaki demuestra que ambas pollas provenían de un mismo origen, de jugar a las cartas. El Juego del Hombre en el Siglo de Oro fue el más popular de la baraja española, con un repertorio extenso de estrategias y lances y ganaba el jugador que tras reunir cinco bazas se sacaba la polla o suma total de las apuestas.

Pero también hay otras voces, usos y costumbres que añaden variedad a nuestro idioma, dependiendo en qué meridiano se encuentre quien las pone en curso. En estas palabras que el autor denomina de ida y vuelta está el usted, que se sigue manteniendo en América y que aquí en España prácticamente se ha tornado en un globalizado tú. Palabras sonoras como ahorititita, fandango, ojana, jamacuco, malarrabia, sofardar y muchas otras más provenientes del campo andaluz, del flamenco, o de tierras peruanas se dan igualmente cita en continuados capítulos, todo ello con el rigor justo que precisa un trabajo literario de esta naturaleza, pero salpimentado con mucha chicha y desparpajo, hasta convertirlo en un fascinante texto con mucha sustancia narrativa. Y en estas lides, Iwasaki es la polla.

En todo este trajín de vocablos y hallazgos que surcan el libro, el lector curioso que se acerque al territorio de estos ensayos va a percibir que Las palabras primas es un dechado de textos eruditos y divertidos, un libro de palabras desenfadadas de aluvión y, a su vez, de historias y de realidades tejidas bajo un mismo idioma, que hacen posible que un libro misceláneo, como este, se convierta en un gratificante paseo por la historia de nuestra lengua, por los aledaños del habla de Cervantes y del Inca Garcilaso, para proveernos de los matices y de la textura de muchas de las palabras que nuestro idioma atesora y que conviene emparentar.

Las palabras, como bien apunta Juan Kruz Igerabide, significan lo que buenamente pueden. Leyendo este libro uno se percata de cómo el lenguaje ha sido totalmente colonizado a lo largo de su existencia, banalizado y abducido, pero eso no le ha restado su fuerza propia, y, cuando lo sacas a la luz con un texto como este, el hablante siente esa energía inusitada que sigue latiendo en todo el sumario de voces que nos llega a través de los tiempos y que permanece todavía saludable en nuestra lengua. Un premio bien merecido.