lunes, 5 de marzo de 2018

Algo va a suceder


Lo visible es tan solo un ejercicio de lo real”, escribió el pintor Paul Klee en su diario. El artista no tiene que ver la realidad tal como es, sino que tiene que ver lo que la realidad esconde. Escribir, dice Juan José Millás (Valencia, 1946), no es más que tomar la materia prima de la realidad y convertirla en literatura para hacerla más digerible. Según él, lo insólito tiene la facultad de volverse cotidiano al vivirlo, y la literatura posee ese poder de reubicarse precisamente en lo insólito.

En las novelas de Millás, el lector asiste a presenciar una performance en la que las cosas raras parecen normales, y las normales resultan raras. “¿Una novela es como un mapa?”, le pregunta la protagonista de La mujer loca (2014) a su interlocutor. “Sí y no”, le responde. “Por un lado es un territorio autónomo, pero por otro es una representación. En lo que tiene de representación, la novela tiene también algo de mapa”.

Uno de los rasgos más destacables de su narrativa está en esa provocación intencionada de poner en un brete al lector que se acerca a leer su obra, una tarea que tendremos que dilucidar sobre lo que hay de verdadero y de falso en cada una de sus historias, un juego muy propio suyo sobre los límites de la realidad y de la ficción. La ficción, a la larga, nos parece que aguanta mejor el tipo de lo que lo hace la realidad. Y aunque la realidad es más incierta y caprichosa, sin embargo contiene muchos instantes de certidumbre y perplejidad.

En este sentido, Que nadie duerma (Alfaguara, 2018), encarna ese ámbito de misterio y provocación sobre lo insólito que puede derivarse de la realidad sobrevenida a alguien que representaba en ese tablero de ajedrez que conforma la vida el papel de un simple peón, y que ahora, en su nueva circunstancia laboral le toca jugar una partida inesperada bajo el impulso del amor. Para Lucía, la “falsa delgada” que protagoniza esta historia de amor y delirio, la realidad la ha conducido a una especie de escenario operístico donde se va urdiendo una tragicomedia entre la soledad de su vida y el trasiego que le lleva por las calles de Madrid, a bordo de su taxi, en pos de un hombre del que se ha enamorado perdidamente, escuchando sin parar el aria Nessun dorma, de la memorable ópera Turandot de Puccini.

El subconsciente de Lucía anda metido en ese bucle persistente que no le da tregua. El taxi es el lugar donde se encuentra mejor consigo misma, y el hilo musical que se repite una y otra vez lo dota de significado y esperanza, de conversación y de sentido del humor. Su vehículo y la música de Turandot la convierten en otra persona, le proporcionan una identidad de la que antes carecía. Es su deambular y su diálogo con los pasajeros los que activan su insistente búsqueda de Braulio Botas, el escurridizo vecino del piso de abajo que solo vio una vez y al que escuchó cantar el aria que ya no cesará de resonar en su cabeza.

Que nadie duerma es una novela de apariencia banal, pero muy al contrario de lo que se pueda pensar, induce al lector a seguir expectante y agarrado a sus páginas, con la sospecha de que algo va a suceder de un momento a otro. Y es así, bajo esa atmósfera inquieta y obsesiva de la que Millás se vale para transmitir, por medio de su protagonista, esa sensación de irresistible fatalidad con la que suelen terminar muchas historias de amor imposible.

El azar, como diría Borges, es un modo de casualidad cuyas leyes ignoramos, pero aquí, lo mismo que lo ocurrido al protagonista de su anterior novela Desde la sombra (2016), un tipo normal que acaba de ser despedido de su empleo igual que le ha sucedido a Lucía, se convierte en un fantasma extraño al mundo, aunque a ella la impulsen otros azares: desdoblarse en la convicción de sentirse un ave en forma de mujer y de sentirse una china, como la protagonista de Turandot, y con mucho parecido en su deseo de venganza.

El lector queda atrapado y, al mismo tiempo, perplejo ante los sucesos extraordinarios e insólitos que pasan por el escenario narrativo de esta novela de misterio, que admite también una lectura psicológica. Dicen que casi todos los sueños se cumplen. Quizá no suceda tanto en quien los ha soñado, pero sí en otros. “La realidad y el realismo no tienen nada que ver, aunque la mayoría de la gente confunde una cosa con otra”, le confiesa Braulio Botas a Lucía en su definitivo encuentro.

Esta novela de Millás se asemeja a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede alrededor de su protagonista, incluidos el tiempo y el espacio. En el horizonte de Lucía no estaba precisamente el sueño de convertirse en taxista, ni que tampoco el amor irrumpiera de aquella manera. La mayoría de las ambiciones casi nunca se cumplen. Cada uno se repone de su sed, de su hambre y de su soledad con lo que acontece en el día a día de su mundo cotidiano, pero en cuestión de amor todo resulta más imprevisible y temerario.